Carta a los rectores de las universidades europeas

Señor rector:

En la estrecha cisterna que ustedes llaman “pensamiento”, los rayos del Espíritu se pudren como parvas de paja.

Basta de juegos de palabras, de artificios, de sintaxis, de malabarismos formales; hay que encontrar -ahora- la gran ley del corazón, la ley que no sea una ley, una cárcel, sino una guía para el Espíritu perdido en su propio laberinto.

Más allá de aquello que la ciencia jamás podrá alcanzar, allí donde los destellos de la razón se quiebran contra las nubes, ese laberinto existe, núcleo en el que convergen todas las fuerzas del ser, las últimas nervaduras del Espíritu.

En ese dédalo de murallas movedizas y siempre desplazadas, fuera de todas las formas conocidas del pensamiento, nuestro Espíritu se agita descubriendo sus más secretos y espontáneos movimientos, esos que poseen carácter de revelación, ese aire de venidos de otra parte, de caídos del cielo.

Pero la raza de los profetas se ha extinguido.

Europa se cristaliza, se momifica lentamente dentro de las ataduras de sus fronteras, de sus fábricas, de sus tribunales, de sus universidades.

El espíritu “congelado” cruje entre las planchas minerales que lo oprimen. Y la culpa es de sus sistemas enmohecidos, de su lógica de dos y dos son cuatro; la culpa es de ustedes -rectores- atrapados en la red de los silogismos.

Fabrican ingenieros, magistrados, médicos, completamente ajenos a los verdaderos misterios del cuerpo, las leyes cósmicas de la existencia; falsos sabios, ciegos de más allá.

El más pequeño acto de creación espontánea constituye un mundo más complejo y mucho más revelador que cualquier sistema metafísico.

Déjennos, pues, señores.

Ustedes son tan sólo usurpadores.

¿Con qué derecho pretenden canalizar la inteligencia y extender diplomas de saber?

Banalizan la inteligencia, señores, la bastardean. Ignoran sus más ocultas ramificaciones, esas huellas fósiles tan próximas a nuestros orígenes, esos rastros difusos que sólo excepcionalmente “alcanzamos” a localizar en los yacimientos más oscuros de nuestro cerebro.

En nombre de su propia lógica, les decimos: la vida da asco, señores.

Contemplen por un instante sus rostros, y presten atención a lo que observan.

A través de las cribas de sus diplomas, pasa una juventud demacrada, perdida.

Ustedes no son más que una plaga.

La plaga de un mundo, señores, y buena suerte para ese mundo, pero que por lo menos no se crea a la cabeza de la humanidad.

Antonin Artaud (La revolución surrealista N°3, París, 1925)

Fotografía original: Julia Rodríguez

IMPORTANTE: Como en toda la obra de Artaud la palabra “espíritu” DEBE despojarse de cualquier connotación religiosa . “Espíritu” será entonces sinónimo de voracidad/curiosidad irrefrenable, éxtasis sensorial, impulso disruptivo o estado existencial de latente destrucción. Jamás un estatismo.  Jamás un determinismo. Jamás una categoría dogmática, rígida o esencialista.

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