Un desprecio profundo por la categoría “verdad única”

Habla la pulga. 19 de febrero de 2032. Triángulo de las Bermudas. Conferencia de prensa con motivo de la publicación del MANIFIESTO LTF (revisado y corregido cien mil doscientas treinta y siete veces). Selección de extractos.

¿Qué es el abolicionismo de la cultura represiva?

Si sus preguntas van a ser de este tipo le recomiendo que se comunique con Platón. Conmigo pierde el tiempo. Ese miserable es especialista en conceptualizarlo todo. En brindar definiciones que enjaulan. Definiciones de escritorio. Definiciones con pretensión de objetividad.  Definiciones/encierro. Cárceles. Yo no. Antes que darle una definición del abolicionismo de la cultura represiva prefiero hablar en términos más abiertos, marginales, o –aún mejor- extra marginales.

¿Y eso cómo sería?

Imagine una hoja en blanco. Imagine un cuadrado dentro de una hoja en blanco. Imagine un cuadrado más chiquito dentro del cuadrado que imagina dentro de la hoja en blanco. Imagine un cuadrado aún más diminuto dentro del cuadrado chiquito que acaba de imaginar dentro del cuadrado que imaginó en la hoja en blanco. ¿Goza de los espacios reducidos? Evidentemente no tiene problemas de columna ni sufre de claustrofobia. Yo, por el contrario, tengo articulaciones muy precarias y, en lo personal, todo encierro me parece terrorífico.

Explíqueme, estimado periodista: ¿qué gracia tiene depositar palabras en esquemas tan rígidos? ¿Se atreve a prescindir de la propia hoja? ¿Dónde está la hoja? ¿La logra visualizar? ¿Está sobre un escritorio? ¿Y el escritorio? ¿Está dentro de una habitación? ¿Y la habitación? ¿Dentro de una casa? ¿Y la casa? ¿En un vecindario? ¿Y el vecindario? En un etcétera infinito que, si me dejo guiar por la palidez de su rostro (bastante filoplatónico por cierto), usted parecería preferir transformar en un minúsculo cuadrado abominable. Cuestión de gustos.

No obstante, en el Manifiesto LTF se dan herramientas de comprensión de lo que significa la posición política de la secta que usted integra. Se dan pistas. Se habla, por ejemplo, de la notable influencia en la formación de la cultura represiva (sic) de las religiones monoteístas y la filosofía helénico-occidental de Sócrates, Platón y Aristóteles. ¿Acaso eso no puede llegar a interpretarse como una “definición”?

No. Claro que no. A lo sumo estamos en presencia de aproximaciones embrionarias. De herramientas que facilitan cierto diálogo inicial. De referencias histórico/políticas que, lejos de transformarse en dogmas/límites, nos incitan en forma permanente a seguir incorporando líneas de análisis, pistas (como usted mismo dijo), eslabones perdidos de una cadena (de por sí) infinita.

Una definición encapsula. Lo que proponemos, por el contrario, rompe puertas con frenética terquedad. Odia las puertas. Incluso las que sólo abren. Destruye métodos. Aborrece los métodos. Construimos destrucción desde la premisa (obligatoria) de la mutación constante. ¿Eso es un método? No me haga reír.

Investigar, experimentar, leer, escribir, percibir, descubrir, vivenciar, interactuar con fantasmas, convocarlos para nuestra guerra de guerrillas espectral, resucitarlos, padecer con ellos y desde ellos, padecer nosotros, transgredir, subvertir, pervertir, deformar, vibrar, odiar, pensar desde el cuerpo: acciones polimorfas que, entreveradas cual rizoma indescifrable, nos motivan en forma permanente (no perpetua) a sacar la conclusión preliminar (nunca definitiva) de que nuestra cultura, nuestro comportamiento, nuestros hábitos, están sumamente ligados a las dos tradiciones que usted advierte y, muy especialmente, a la noción “verdad única” que las atraviesa a ambas.

Los que “ganaron” la batalla de la historia (al menos hasta ahora), los que oprimieron con éxito, los que instalaron –implacables- su vocación universal y totalizante, son los griegos, los romanos y los que creen en un sólo dios (muy especialmente los cristianos), no “los demás”.

Nos guste o no, esto es incontrastable. Contundente. Casi obvio.

Nos acostamos con un silogismo, nos levantamos con una cruz. No con un iglú esquimal. No con una nguillatun mapuche. ¿Triste? Mucho, pero no por ello menos cierto.

¿Esto quiere decir que desechamos enseñanzas anteriores derrotadas o “aparentemente” extrañas a las influencias culturales vencedoras? No. Para nada. Y no sólo no las desechamos sino que en muchas ocasiones nos parecen indispensables para profundizar nuestros análisis, adquirir consciencia plena del significado de la palabra “diversidad” o comprender algunas referencias y/o nociones que desde los recortes absurdos de la “historia oficial” nos resultan disparatadas.

¿Se puede abordar el estudio del saqueo de Roma perpetrado por Alarico en el año 410 d.c. o leer los primeros capítulos de “La Ciudad de Dios” de San Agustín, sin conocer los movimientos migratorios de los hunos y sus constantes enfrentamientos con los yuan yuan o los tibetanos? ¿Es posible analizar críticamente el mito hebreo de “El arca de Noé” sin conocer a Enki, Atrahasis o Utnapishtin? Quetzalcóatl nació el 25 de diciembre. El mismo dia en que la “historia oficial” dice que nació Jesús. Uno en el México de los aztecas, otro en el Israel de los esenios, los fariseos y los saduceos. ¿Arte de magia? Claramente la “Ética a Nicómaco” de Aristóteles o las “Etimologías” de San Isidoro de Sevilla no nos brindan explicaciones al respecto.
Krishna en India y Horus en Egipto también nacieron en esa fecha. Preguntarle a Platón los motivos será, desde ya, una pérdida de tiempo.

***
Por lo que veo, una línea muy recurrente en las posiciones políticas de la secta que usted integra es el desprecio profundo por la categoría “verdad”. ¿Sería capaz de profundizar esta noción?

Yo diría, mejor, desprecio (profundo) por la categoría (idea, voz, sentencia, recurso) “verdad única”. Aquella que supone como condición sine qua non para su supervivencia privilegiada la repulsión de todo lo que no se adapte (subordine) rigurosamente a su cosmogonía. Aquella que para legitimarse (y/o autosacralizarse) tilda de “falso”, “mentiroso” o, incluso “inexistente” a todo lo que se le oponga.

Dios + Platón. Matemática eficaz.

La verdad religiosa y la verdad filosófica juntas para generar la (LA) verdad “cultural”.
La verdad religiosa y la verdad filosófica juntas para dejar de ser elementos propios de la religión y la filosofía y pasar a ser vida cotidiana, presencia permanente, historia oficial, existencia oficial, buenas costumbres, hábitos permitidos.

Veamos:

¿El problema es creer en el “dios único” del monoteísmo? No. No se trata de eso. Cada cual puede “creer” (y/o “no creer”) en lo que se le cante.
El “problema” es que el “dios único” del monoteísmo fundamenta su existencia en el desprecio de todos los otros dioses (creencias y culturas) que no se ajusten (sometan) a su estricta hegemonía.
El “problema” es que el “dios único” del monoteísmo pone a sus “creyentes” entre la espada y la pared, promoviendo su martirio y su constante compulsión a desacreditar las variables “religiosas” alternativas.
El “problema” es que el “dios único” del monoteísmo, a partir de su vocación imperial, totalizante, global, universal, nos asfixia con sus mandatos en forma sistemática, impulsando su predominio “ideológico” en cada una de las instancias vitales que nos toca atravesar.
El “problema”, insisto, ni siquiera es el “dios único” en su dimensión rigurosamente religiosa. La cuestión del monoteísmo hace tiempo dejó de ser una preocupación exclusiva de teólogos o antropólogos interesados en el estudio pormenorizado de las creencias y/o rituales primitivos.
El monoteísmo es elogio de la verticalidad, la sumisión frente a la autoridad, la esperanza mesiánica, la exaltación del personalismo, la obediencia debida, la glorificación de la pobreza, el pacatismo sexual, el desprecio del cuerpo, sacrificio, misoginia, homofobia, xenofobia, etc.

Hay monoteísmo en las iglesias, mezquitas y sinagogas. Pero también hay (y mucho) monoteísmo laico, ateo, agnóstico, híper racional, híper científico, híper “progresista”, híper “revolucionario”.

Si ponés a la razón por encima de todas las cosas y te arrodillás frente a ella como si se tratara de una deidad suprema, sos monoteísta, por más que nunca en tu vida hayas leído “el sermón de la montaña”.
Si a los pobres los tratás de “incluir” creyendo que el lugar en el que vos estás es el mejor de los lugares posibles, sos monoteísta, aunque sientas asco por el “agua bendita”.
Si en tu cabeza no puede entrar la posibilidad de que las mujeres elijan la “prostitución” como medio de vida pero sí que esas mismas mujeres vendan su fuerza de trabajo para desarrollar cualquier otra disciplina o actividad, sos monoteísta, aunque luego incendies catedrales u odies con fervor profundo el conservadurismo infumable del rabino de tu barrio.

¿El problema son las “tesis doctorales” y/o el “método científico”? No. Claro que no.
El “problema” es que producto de la labor de personajes tales como Platón o Aristóteles, apuntalados sucesivamente por cientos de miles de lacayos del conocimiento disciplinado, se instaló la idea de que la “seriedad” en la investigación (y/o en la comunicación de lo investigado) se logra únicamente a través de estas variables.

Si la gente quiere perder su tiempo acumulando ridículos diplomas en las paredes de sus despachos, allá ellos. Este pormenor me resulta irrelevante como conjetura fáctica individual.

Lo que sí me preocupa (exaspera), por el contrario, es que este tipo de aproximaciones al saber (no saber) tengan más resonancia y reconocimiento que la poesía, el ensayo o el panfleto, por ejemplo. Que para dar una charla en determinados espacios y captar la atención de eventuales interlocutores tengas que acreditar en tu currículum que te sometiste a las reglas de la academia y sus constantes reduccionismos. O, todavía peor, que a cualquiera de nosotros le resulte más convincente (creíble) una persona X sólo por el hecho de tener una carrera universitaria finalizada o múltiples posgrados en el extranjero.

Y a no confundirse. Esto trasciende cualquier tipo de diferenciación política apriorística, lo que –por otra parte- no debe sorprendernos y resulta completamente coherente con la voracidad universalista característica de los discursos de la verdad única.

Basta participar, por ejemplo, de una asamblea de discusión troskista, para corroborar lo dicho. La notable platonización (y/o monoteización) que sufren sus habituales participantes (quiénes en principio –se supone- deberían ser más transgresores que la media) es angustiante. Esclavos de la cita (de Hegel, Adorno o Engels) no se permiten contemplar la posibilidad de pensar y/o decir sin la hegemonía del libro (bi-blos/biblia). Sin la autorización del “Dios Único Carlos Marx”.

¿Y si pensás algo por vos mismo sin haberlo leído antes en ningún lado? Sos un improvisado, un charlatán (un sofista).
¿Y si te atrevés a cuestionar/relativizar una decisión orgánica más allá de la arrogancia vertical del dogma de tu patrón ideológico? Sos un “posmo” (posmoderno), funcional al establishment.
¿Escribir poesía? ¿Para qué? Para un troskista prototípico no hay nada más intrascendente, inofensivo y harto menor que la poesía.
¿Quiénes creían esto? Sócrates y Mahoma, entre otros.
¿Casualidad? Claro que no.

***
¿El abolicionismo de la cultura represiva se identifica con algún partido político?

No. Sería imposible hacerlo. Un partido político juega un juego que nosotros repudiamos. Una carrera de acumulación de poder menor, minúscula, matemática. Los partidos políticos adulan y apuntalan lo que para nosotros es una gran farsa: la democracia. Una muestra más de la subestimación sistemática de los poderosos para con el resto de los mortales. Una práctica extorsiva. Una práctica basada en la paranoia colectiva. En la exaltación de la dependencia. De la subordinación de unos muchos para con unos pocos. De la falsa creencia de la “elección”. Nos convencen de que elegimos, de que participamos, cuando no elegimos nada y nuestra participación es apenas ornamental. ¿La política más trascendente e importante es aquella que se hace desde los partidos políticos? Yo creo exactamente lo contrario. Creo que la política que se hace recurriendo a estas particulares estructuras institucionales es por demás inofensiva.

¿Un abolicionista vota?

No lo sé ni me importa. Supongo que si tiene ganas, sí. Si no tiene ganas, no. Votar o no votar es indistinto. Lo importante es ser conscientes que votar es bastante parecido a jugar al waterpolo en una pileta vacía. Un mero acto de sugestión.

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¿Es cierto que a las pulgas les gusta la caca?

Sí, pero no la suya.

¿Conoce a Cartulina?

Por supuesto. Mi admiración hacia ella es total.

Maxi Postay (La humedad de los ombligos, Anexo II, Ediciones Aula 28)

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva. 

 

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