Nuestro deber: atacar a la consciencia pública

A René Gilly

Creí estar soñando esta mañana cuando leí su artículo en Combat. Sorprendido además de que se lo hubieran dejado pasar. Pero yo tengo sobre el famoso público masivo una idea mucho más elevada que usted. Lo creo mucho menos corrompido por los prejuicios de lo que usted piensa.

Los que el lunes por la noche estaban alrededor de la radio y esperaban, con una curiosidad y una impaciencia nunca vistas, la emisión titulada “Para terminar con el juicio de dios”, eran precisamente personas del público masivo, peluqueros, lavanderas, kiosqueros, ferreteros, carpinteros, trabajadores de imprenta, en suma, personas que se ganan la vida con el sudor sangriento de sus manos, y no capitalistas de mierda enriquecidos en secreto que van todos los domingos a misa y desean por encima de todo el respeto de los ritos y de la ley.

Son ellos quienes, junto a proxenetas de la Butte enriquecidos prematuramente, tienen ese miedo nauseabundo a las palabras, y a los que mi emisión hubiese podido asustar.

Sea como sea, hay que considerar un pecado y un crimen el hecho de haber querido prohibir que una voz humana que se dirigía por primera vez en esta época a lo mejor del hombre se expresara.

Los libros, los textos, las revistas son tumbas, señor René Guilly, tumbas que finalmente hay que profanar.

No podemos vivir eternamente rodeados de muertos

y de muerte.

Y si todavía quedan prejuicios

hay que destruirlos.

                    el deber

digo bien

                   EL DEBER

del escritor, del poeta, no es ir a encerrarse cobardemente

en un texto, un libro, una revista de los que ya nunca más saldrá,

sino al contrario

salir afuera

                    para sacudir

                    para atacar

                    a la conciencia publica

                    si no

                    ¿para qué sirve?

¿y para qué nació?

Sea como sea, no soy director de coro, pues nunca supe cantar ni mucho menos hacer cantar. A lo sumo, intenté en ese programa de radio, yo que nunca toqué un instrumento en mi vida, algunas xilofonías vocales en un xilófono instrumental y el efecto fue logrado. Quiero decir que esa emisión estaba en busca de un lenguaje que cualquier peón o almacenero pudiera entender, y que aportara por medio de la emisión corporal las verdades metafísicas más elevadas. Algo que usted mismo reconoció y por tal motivo era una abyección y una infamia prohibirlo.

Es todo lo que quería decir, señor René Guily

Antonin Artaud

(Carta del 7 de febrero de 1948, en respuesta a una nota periodística firmada por René Guilly, en la que éste afirmaba -entre otras cosas- que el “público masivo” no estaba preparado para entender la producción poética de Artaud, dada su “aparente” complejidad).

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