Anestesia

Olvidate de los hombres que se visten de blanco y desde el púlpito vociferan jactanciosos su verdad impoluta.

Olvidate de aquellos otros que se visten de negro y noctámbulos se pasean por los cementerios, buscando la redención en algún llanto huérfano de ataúd.

Olvidate del aliento de sus bocas.

Olvidate de la humedad de su respiración que enturbia hasta los espejos del cuarto más oscuro.

Olvidate del olor rancio que despiden sus abrigos en los inviernos de naftalinas.

Olvidate del cuadrado marco de sus anteojos que recorta su mirada matemática.

Olvidate del consejo más sabio que susurraron en tu oído.

Olvidate del silencio más cobarde que te proclamó cómplice, y de la palabra más oportuna que te consagró obsecuente.

Olvidate de aquellas ganas de dejarlo todo, de romperlo todo, de incendiarlo todo, y de su cobarde desenlace: terminaste en el baño –sólo-, llorando, cortándote las uñas del pie.

Olvidate de aquel día que el suicidio fue cuerpo y te faltó valor.

Olvidate del escalofrío que erizó tu piel aquel triste día que reconociste a un traidor en su abrazo.

Olvidate de las lágrimas de tu madre cuando aquella mañana secaron tu pequeño cuerpo desnudo.

Olvidate del contenido llanto de tu padre, brotando por sus poros, asfixiando las almohadas, mutilándose el cuerpo.

Olvidate de los años que pasaste de rodillas contra el suelo, mendigando amor, suplicando perdón y sintiendo culpa por sentir aquello que no puede ser sentido.

Olvidate de los predicadores del miedo que se congelan como estatuas cada vez que se atreven a mirar hacia el costado.

Olvidate. Sí, olvidate de todo eso. Olvidate de lo que sos.
Olvidate de reconocer en lo que te has convertido.
Olvidate. Sí, olvidate de las marcas de tu cuerpo.
Olvidate de preguntarte si realmente vale la pena tanta pena, tanta castración, tanto desprecio por la vida, tanto amor por la muerte.
Olvidate. Sí, olvidate de los que te dicen: “olvidate”.
Olvidate de aquellos que a diario se empecinan en hacer que te olvides.
Olvidate de esos hijos de puta, de esos militantes del olvido crónico.
Olvidate y convertite en un zombi, en un muerto vivo, en puro hueso y devenir inercial.
Olvidate y así obtendrás recompensa. La tan anhelada recompensa de los que caminan recto y en silencio, mirando hacia abajo y tocándose el culo de a ratos, por si acaso.

Cobarde el que despierta y decide cerrar los ojos.
Cobarde el que se obstina en decorar su memoria con frases hechas sobre papel de afiche.
Cobarde el que solo recuerda cuando la agenda le dice que debe recordar.

Para vos -que te despertaste, que abriste los ojos y ensanchaste los sentidos; pero que finalmente optaste por el silencio y el olvido cómplice- tengo un solo consejo: pegate un tiro en el medio de la cabeza. Tomá. Acá tenés un arma y una bala, sólo una. No podés fallar. Explotate la cabeza de un tiro. Apoyá el arma en el medio de tu frente. Ahí donde se aloja el cerebro. Ese molusco entrañable. Esa esponja deshidratada. Ahí, justo ahí quiero que te pegues el tiro. Pero, por favor, no te olvides de avisarme. Cuando decidas hacerlo quiero estar presente. Quiero estar presente para nunca más olvidar. Para nunca más olvidar cómo, por un instante, el mundo fue un lugar mucho más agradable con los sesos de tu cerebro desparramados por el suelo”.

Alejandro Castellani (La Palabra Encarnada, Ediciones Aula 28).

 LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.

 

 

 

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