Broncoespasmo

Pienso en voz alta. Pienso con angustia. Supongo.

No puede ser.

Quiero llamarte de vuelta y decirte que te quiero, pero no. Porque no te quiero. Pero quiero quererte y eso es como hacerlo. Casi.

Una tempestad, un suburbio, música de fondo y una cama.

Estoy tan solo.

Estoy tan muerto.

Refugio mis pasiones en palabras. En reflexiones improvisadas y en detalles que profundizan la infalible voracidad del todo.

Cicatrizo aquel poema que supe escuchar en la voz de un payaso como quien pretende acumular en su esófago todas las proteínas de la galaxia.

Me acuesto otra vez.

Quizás esté durmiendo demasiado.

Sin metonimias, sin sinestesias. Deconstruyendo el bien y el mal en una almohada.

No puedo, sí puedo. No quiero, no debo. Me jacto. Me demonizo. Me amo.

Agazapado sobre el flujo vaginal de María Magdalena, sobre su sangre menstrual, entre rodillas de plomo, interpelado, yuxtapuesto y rencoroso, dejo pasar el tiempo. Dejo pasar mi tiempo.

La siesta me llama. La siesta me roza. La siesta se empeña en venderme kimonos. El sueño se empeña en fingir transacciones. La siesta deprime manzanas heladas. La siesta congela pecados azules. El sueño, cual trampa de oso, alberga en su ano desfiles de moda. El sueño es Atila, el rey de los hunos. La siesta y el sueño prometen divorcios y un estado gnoseológico adverso, bastante parecido a la circuncisión.

Blasfemando sobre un círculo de bilis soy plebeyo de mis dudas y monarca de mi total pasividad frente a la guerra.

Maxi Postay (La sábana desnuda, Ediciones Aula 28)

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.

 

 

Sé el primero en comentar

Deja un comentario