Cada cual con su quimera

Bajo un amplio cielo grisáceo, en una amplia llanura polvorienta, sin caminos, ni hierba, sin un cardo, sin una ortiga, me crucé con muchos hombres que caminaban encorvados.
Llevaba cada uno, a sus espaldas, una quimera enorme, tan pesada como un saco de harina o de carbón, o la mochila de un soldado romano de infantería.
Pero el monstruoso animal no era un peso muerto; envolvía y oprimía, por el contrario, al hombre con sus músculos elásticos y poderosos; agarrábase con sus dos enormes garras al pecho de su montura, y su fabulosa cabeza dominaba la frente del hombre, como uno de aquellos cascos horribles con que los guerreros antiguos intentaban acrecentar el terror de sus enemigos.
Pregunté a uno de aquéllos hombres hacia donde se dirigían de aquella manera. Me respondió que ni él ni los demás lo sabían; pero que, sin duda, iban a algún lugar, ya que les impulsaba una necesidad irresistible de andar.
Reflexión curiosa: ninguno de aquellos viajeros parecía molesto por el violento animal colgado de su cuello y pegado a su espalda; hubiérase dicho que lo consideraban como parte de sí mismos. Tantos rostros agotados y serios, ninguna irritación mostraban; bajo la capa melancólica del cielo, hundidos los pies en el polvo de un suelo tan desolado como el cielo mismo, caminaban con la faz resignada de los condenados a esperar siempre.
Y el cortejo pasó por mi lado y se perdió en la atmósfera del horizonte, por el lugar donde la superficie redondeada del planeta se sustrae a la curiosidad del mirar humano.
Me resistí unos momentos en querer penetrar el misterio; pero pronto, la irresistible indiferencia se dejó caer sobre mí, y me quedé mas hondamente agobiado que los otros con sus molestas quimeras.

Charles Baudelaire (Pequeños poemas en prosa, 1862)

Traducción: Mercedes Sala Leclerc

Fotografía original: Alejandro Castellani

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