Charles Baudelaire (alias “el dandy de la quimera”)

Poeta maldito.

Rupturista.

Poeta de lo monstruoso, la decadencia y los excesos.

En su “tiempo libre”, dandy.

Conexión ineludible, dato marginal, casualidad causal:

Al igual que muchos integrantes de la secta, Baudelaire se graduaría de abogado. Al igual que muchos integrantes de la secta, Baudelaire -una vez graduado- jamás creería en las supuestas bondades del ejercicio de la abogacía.

En un siglo cuya producción estética solía limitarse a consolidar intereses burgueses, declaró abiertamente la guerra al parnasianismo, el romanticismo light y el positivismo.

La hipocresía de sus contemporáneos fue, ¿qué duda cabe?, el blanco favorito de los dardos envenenados de su verba.

Entre las piernas sin afeitar de las prostitutas del Barrio Latino (locación parisina que frecuentó asiduamente) fue el primero de los poetas de su época en vilipendiar a la “virtud”, la “nobleza”, la “realidad” y sustantivos del estilo.

Se enamoró de dos de ellas: una judía calva a la que apodó “la bizca” y una mulata coja de 21 años, Jeanne Duval. Le contagiaron sífilis.

Subvirtió a la belleza, a la que incitó buscar en lo feo, lo sucio, lo satánico y sin llorar por los vestigios perdidos de la civilización helénica.

Arthur Rimbaud, haciendo gala de la blasfemia que lo llevó a la trascendencia, declararía sobre Baudelaire: él “es el Rey de los poetas, el verdadero dios”. De hecho, es posible advertir la influencia de éste sobre l’enfant terrible en el famoso inicio de Una temporada en el infierno: una noche senté a la belleza sobre mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.

Corrector perfeccionista de su trabajo, cada vez que estaban por publicarse sus libros devolvía al editor los borradores con nuevas observaciones manuscritas. Aún se conserva una de esas copias en las que puede observarse como respuesta: “mi querido Baudelaire, llevamos dos meses para imprimir cinco hojas de Las Flores del mal”.

Las Flores del Mal, libro escandaloso según el parecer de la sociedad parisina de mediados del siglo XIX, se llamaría, inicialmente, Las Lesbianas.

Propugnó la desaparición del autor y la crítica literaria.

En un prefacio a Las Flores publicado póstumamente declararía: “Hace tiempo, ilustres poetas se repartieron las provincias más floridas del dominio poético. Me pareció divertido, y agradable en la medida que la tarea era difícil, extraer la belleza del Mal. Este libro, inútil en su esencia y absolutamente inocente, fue hecho con el único objetivo de divertirme y de ejercer mi gusto apasionado por el obstáculo”.

En efecto, Baudelaire fue condenado a suprimir seis poemas de la obra por “ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres”. Lo tildaron de anticristiano, “promotor más descarado de la lubricidad”. Suerte que, por el contrario, no corrió Flaubert, por Madame Bovary, pues consiguió la absolución escondido bajo la falsa distancia de la figura del “narrador”.

Baudelaire consideraba que sus poemas no podían ser entendidos aisladamente sino que cada uno de ellos constituía parte de un todo.

Flores enfermas, flores henchidas de pus, flores mortuorias.

Los poemas prohibidos recién vieron la luz 82 años después de su muerte. Por entonces, aparecería, también, el Epígrafe para un libro condenado.

Reivindicó, tiempo más tarde, la escritura en prosa, pues entendía que la métrica era un obstáculo que remitía a cierta pureza estética, con la que no se identificaba.

“¿Quién de nosotros no ha llegado a soñar, en sus días de ambición, con el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, lo bastante áspera y suficientemente flexible para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones de la fantasía y a los sobresaltos de la conciencia?”

Descubrió los paraísos artificiales a través de intensos viajes con opio, hachís y cannabis.

Odiador de “la realidad” y sus implicancias, trastocando la famosa sentencia de Perón que, parafraseando a Aristóteles, proclamó “la única verdad es la realidad”, Baudelaire afirmaría, por el contrario, que “la verdadera realidad está en los sueños”.

El spleen con el que se lo relaciona a menudo, no es otra cosa que el hastío por lo que tiene por ofrecer la realidad. Ya no debía hablarse de los mundos existentes, había que poner la imaginación al servicio de los mundos posibles.

Intentó suicidarse.

Representó su suicidio para su familia: “Me mato porque me sé inmortal y espero”.

Antes de morir también se clavaría, en una reunión pública, un puñal en el pecho.

Avanzó en las barricadas, junto a Proudhon, para derrocar a Luis Felipe, proponiendo el fusilamiento del administrador que su familia había impuesto para controlar sus gastos.

Murió de sífilis a los 46 años (en 1867). Enfermedad que debe su nombre a un poema cuyo protagonista, Sífilus, era castigado por haber dejado de adorar, justamente, a Apolo, el dios de la belleza.

Otra entrega de la saga “Dionisio contra el crucificado” de Nietszche: lo cierto es que la afición de Baudelaire por los placeres, la sublevación de los sentidos y el vino (al que declararía vencedor del duelo de sustancias tóxicas), lo sitúan claramente del lado del primero.

Fundamental para el abolicionismo de la cultura represiva, aportó a la secta la quimera que llevamos sobre los hombros, frente a los indiferentes, escupiendo fuego.

Belén Maletti

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva. 

Sé el primero en comentar

Deja un comentario