Intoxicación por ingestión de arsénico

Contraída como una pústula encaprichada. Acurrucada.
Cabellos se desenhebran acariciándome los párpados con la lascivia de los amantes borrachos. Es el único gesto de amor que conocí en siglos: soy hija de las plantas carnívoras

Nací y me dieron a la locura junto con mi nombre.
Horripilo.
Materia fetal, materia fecal
Soy esa, el horror de la neonatología, el error de Darwin
Soy la niña que sobrevivió
Soy el halo pérfido que se reservaron los inhumados
El esmalte que resiste en las uñas de las manos de los n.n. que desmiembran en la facultad de medicina.
Un charco de pis reconcentrado en el anden de los trenes a las ciudades perdidas.
Olvidada, expulsada, renegada como a un sacramento
“Está bien. Así son con todos. No es nada personal”, dijeron.
A los presos, también les tienen miedo. No se quieren quedar a solas con ellos, no les quieres dar trabajo, llevan sus estigmas oxidándose al aire como cristo resucitado.
A los linyeras, a los niños malabaristas, a los limpiavidrios, a los que duermen en la calle, a los pobres, también les tienen asco. Asco de sus mocos.Asco de las zapatillas rotas. Asco de las manos en posición de pedir hostias o monedas o caramelos. Asco a los utensillos que tocan con su baba en los comedores. Asco de compartir asiento en el subte. Asco de su olor. Asco de su suciedad superficial que se despega como láminas.
Y después queda el horror a los cadáveres, los fluidos saliendo al exterior, las inmundicias.
Pero nosotros… nosotros tenemos la razón sucia, lo indecible, lo imaginario. Tenemos sucio el interior. Las pesadillas nocturnas. La lectura de mapas. Los electrolitos. El idioma impenetrable de las neuronas. La consciencia. El 90% sin uso del cerebro.
Mi suciedad no se despega, contagia.

Soy un ácido gástrico. Heredé la lepra. No me toques: me desgrano como queso rallado.

Ellos hablan como si fuera un globo terráqueo sobre su escritorio antes de quitarse la servilleta. Me diseccionan con el tenedor. Luego siguen comiendo y siguen hablando. Oh si hablan de qué terrible, qué terrible el mundo mientras repasan el noticiero como quien cuenta las rayas de las baldosas.
Pero para ellos las baldosas son baldosas y punto. Y no saben el espanto de las baldosas coaguladas, las baldosas que se empequeñecen, cuánto espacio de baldosas necesita un cuerpo convulsionando de llanto la noche del cumpleaños del amor jamás conocido.
Mis atavíos de loca son mi carne, mi uniforme a rayas.
No, el blanco no es el blanco de la pureza, es el blanco de los locos. De los rituales de purificación. De ser blanco. El blanco es la obligación de las ovejas contadas. La obligación de la camisa de percal de los inmigrantes. La obligación de ser oveja por la fuerza. La obligación de la camisa de fuerza.

Blanco es el silencio.
Silencio de purgatorio. Silencio-alineate para los perdidos.
Me encierran mimetizada.Vacía. Ausente. Me obligan a la nada. A la nada del pensamiento obligatorio, del pensamiento no deseado que se vuelve lo todo. Me obligan a pensar el saludo negado y el círculo de sillas de plástico berretas que me condenaron en aquél asado familiar en el que con excusas se iban alejando de a uno.
El silencio redime como el blanco. El silencio es confesionario. Es el rincón de los niños con el banco mirando a la pared de los que ni siquiera merecemos ser el alimento de las ratas.

Yo no pertenecía a este mundo, pero en el de las rusalkas mis garras eran mis atributos más amados: con ellas cazaba peces, enhebraba guirnaldas, rascaba las costras de los carpinchos.
Ahora mis manos son garras y punto. Un ser humano en una celda con manos como garras. Deforme. Peligrosa. Atormentada.
Soy el monstruo.
Todo está asfaltado. Mi cuerpo inerte bajo el fuselaje.
Caja negra. Caja musical
No hay música. Sólo silencio. Sólo blanco. Sólo pensamientos que me juzgan. Me juzgan por mi mundo que ya no encuentro y por éste en el que yo no me encuentro pero en el que estoy forzada a permanecer. Sin salida. Sin aberturas. No puedo trepar. Me ahogo. Debo pronunciar las palabras de redención: no tengo garras, no soy sirena, pero cómo negar lo que ví y oí.

¿A quién hago mal?
¿Dónde está mi enfermedad? ¿En qué órgano? ¿Por qué bacteria?
Si estoy enferma
Operenme
Arranquenme los oídos
Arranquenme los ojos
Son ustedes los que no sienten, y ¿yo tengo la culpa?. Ustedes no pueden ingresar a los otros mundos. Los mundos en los que la mariposa es un artefacto que desarmo. Ustedes, inertes. Ustedes comprados por la razón como las lloronas de los sepulcros.
Por eso, no vuelvan.
Déjenme gárgola
Déjenme sola
Déjenme la cicuta

Belén Maletti (El complot de las esdrújulas, Ediciones Aula 28)

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva. 

Fotografía original: Maxi Postay

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