De identidades exclusivas: un plan de exterminio

Accademia

Tengo un propósito. Un objetivo. Una misión superyoica. Un anhelo que en las últimas semanas logró quitarme el sueño. Quiero que nadie sobre la faz de esta tierra tenga mi nombre. Que nadie se llame como yo. Que nadie lo use en cualquiera de todas sus variantes. Ni como diminutivo ni en su versión completa ni des-me-nu-za-do si-lá-bi-ca-men-te. Quiero escuchar mi nombre y saber que sólo es mío. Girar sobre mi eje frente al llamado de la gente y tener la absoluta confianza de que están hablando de mí, conmigo, para mí.

Entre ayer y hoy, hablé de esto sólo con dos personas: un amigo de la infancia y el sodero. Mi amigo se burló de mí en mi cara, me recomendó ir a un psicólogo, que olvide mis recurrentes obsesiones y que pruebe con multiplicar la intensidad de mis masturbaciones o con el consumo frecuente de prostitutas mujeres o travestis. El sodero me miró indignado. Su primer nombre es Roberto. ¿Será su segundo nombre idéntico al mío?

A los fines de la materialización de mi deseo pensé algunas posibles estrategias:

  1. Matar a todos los que se llamen como yo.
  2. Robar todos los documentos de identidad del mundo, destruir a aquellos que tengan mi nombre y devolver los restantes.
  3. Tomar por asalto las sedes de todos los registros civiles del universo, borrar archivos, expedientes, cartas y cualquier otra documentación donde consten identidades.
  4. Averiguar quiénes son los idiotas que osaron llamarse como yo, ir hasta sus casas, disimular trato cordial e intentar convencerlos de que es mucho mejor llamarse “Federico”, “Enrique”, “Florero” o “Mazapán”. En caso que mis intentos sean infructíferos, volver al punto número uno.
  5. Fabricar microchips de material orgánico, insertarlos en todas las cabezas de las personas que se llamen como yo y -a través de un sistema de control remoto, wifi termoeléctrico y fibra óptica biomolecular- anular sus memorias o, en su defecto, alterar al 100 % sus sistemas nerviosos para que sean ellos mismos los que anuncien públicamente -a los gritos y/o valiéndose de megáfonos- que se llaman de otra forma.
  6. Llamar por teléfono a todos los que se llamen como yo, utilizar un distorsionador de voz, hacerme pasar por Cristo, Mahoma, Jehová, Odín, Buda, Lao-Tze, Zeus, Júpiter, Pachamama, etc. (de acuerdo a la respectiva creencia de los nefastos personajes que de modo absolutamente incomprensible se atrevieron a utilizar mi nombre) y amenazarlos vehemente y sin derecho a réplica alguna, afirmando que si en los próximos ocho días no modifican su nombre en forma voluntaria, un ejército de pirañas pigmeas va a introducirse en sus tímpanos, o cuanto menos, en sus fosas nasales.
  7. Contratar ninjas filipinos y pagarles en doce cuotas por su servicio “llave en mano”, consistente en materializar la desaparición forzada de las personas que se llamen como yo. Si descubro que algún ninja de los contratados usa mi nombre, aprender artes marciales con los mejores maestros del continente asiático y retarlo “a muerte” en algún microestadio de Corea del Norte. El potencial impacto simbólico e intimidatorio del hipotético acaecimiento del citado combate me entusiasma muy especialmente.
  8. Asumir la fisonomía de una lombriz solitaria, meterme en el cuerpo de los que se llamen como yo y a través de alteraciones gástricas de diversa índole, mandar mensajes en forma de eructo que denoten cierta transmutación identitaria en el raciocinio de los eructantes.
  9. Impulsar mi carrera política, afiliarme a un partido político con buenas posibilidades de gobernar en el corto plazo, ganar elecciones locales, promover mi prestigio internacional y transformarme en un líder influyente en el ámbito de la Organización de las Naciones Unidas. Una vez adquirida dicha posición, transformarme abruptamente en dictador imperialista y por la fuerza -avalado por corporaciones legislativas y judiciales bajo mi dominio y financiado por empresas multinacionales- prohibir el uso de mi nombre (salvo para nombrarme) y obligar a los que se llamen como yo a autodenominarse, ad infinitum, “arañas”, “moscas”, “hormigas”, “mosquitos”, “alacranes”, “escorpiones”, “escarabajos”, “chinches”, “cigarras”, “parásitos”, “cucarachas”, “chicharras”, “alguaciles”, “ladillas”, “piojos”, “garrapatas”, “pulgas”, “cascarudos”, “abejas”, “avispas”, “langostas”, “grillos”, “polillas” o, de modo genérico, “insectos”.

La creatividad nunca fue la mejor de mis características.

Maxi Postay (La sábana desnuda, Ediciones Aula 28)

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.

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