Qué son y qué no son las prácticas restaurativas

La justicia restaurativa* no es modelo rehabilitador. No lo es tampoco ninguna práctica ni ninguna teoría que con el recurso de decir que es restaurativa intente una rehabilitación cuyo “fracaso” ya nadie debate sin avergonzarse.

Es que existe una tendencia en invocar prácticas como restaurativas y al mismo tiempo sostener la “rehabilitación” o la “resocialización” como parte de los programas, lo cual es contradictorio y se envilecen así los fines últimos de la justicia restaurativa que son la paz social y evitar la violencia.

Por ende la justicia restaurativa no es proposición de “reinserción social”no es resocialización, porque no es posible incluir (“reinsertar”) a una persona excluyéndola de la sociedad o estigmatizándola.

La justicia restaurativa no es un movimiento de reforma del sistema penal, porque tiene por objetivo su abolición. Desde esta posición teórica la justicia restaurativa se opone al sistema penal tradicional. De donde se desprende la originalidad de la concepción sobre la justicia restaurativa como una práctica del abolicionismo de la cultura represiva, porque no cabe asumir una posición legitimante.

De lo cual se deduce que la justicia restaurativa no es un complemento del sistema penal,porque busca su sustitución por otras formas de resolver los conflictos. En cambio las perspectivas teóricas y prácticas que sólo se limitan a proponer alternativas sin vislumbrar la sustitución de la pena sólo logran expandir la red de control social.

La justicia restaurativa no es reducir el volumen de expedientes de las agencias judiciales, más allá de considerar que en la experiencia se produce un efecto aparente similar, pero éste no es su objetivo.

La justicia restaurativa no es probation (suspensión de juicio a prueba), porque ésta excluye a la víctima del pacto entre el fiscal y el ofensor. En tanto el consentimiento de la víctima no es vinculante y por lo tanto su eventual oposición a dicho acuerdo no evita su puesta en marcha.

Justicia restaurativa no es principio de intervención mínima. No es justicia “minimalista”. No es minimalismo ni discurso de la aplicación del castigo como última ratio, porque es sabio que en la práctica para el ofensor el castigo posible será siempre la primera ratio. Y porque el castigo no debería forma parte del resultado de un proceso restaurativo.

La justicia restaurativa no es una herramienta de coacción para doblegar al ofensor. Porque una de las características centrales de las prácticas restaurativas es la voluntariedad para incorporarse al espacio de encuentro y diálogo.

Justicia restaurativa no es juicio abreviado ni negociación de pena. Porque en dichos acuerdos entre el agente fiscal y el ofensor se contempla el castigo ajeno al ser de la justicia restaurativa, y porque la víctima permanece excluida de dicho escenario. Y además en virtud de la naturaleza del eventual convenio sobre la pena se oculta una coacción psicológica inadmisible hacia el ofensor y así se lo oprime. Siendo que el consentimiento informado es otra de las características vitales para participar en un proceso restaurativo.

De ahí que en esencia la justicia restaurativa no es castigo. No se concibe como una mera reacción ante el conflicto; porque es una filosofía; es una posición distinta frente al conflicto, para resolverlo de manera consensuada. Porque es sabido que el castigo es político como decisión. El castigo es un no derecho, es un contra-derecho.

La justicia restaurativa no es olvidarse de las víctimas, porque implica atender sus necesidades sensatas y evidentes de manera urgente. Porque incluye también una responsabilidad para el ofensor en el marco de un proceso de diálogo. Se trata de una responsabilidad activa que consiste en asumir un compromiso serio sin coacciones, de hacer el bien, de reparar, en contraposición a la responsabilidad pasiva y estigmatizante ofrecida por el sistema penal tradicional.

Justicia restaurativa no es mediación penal ni conciliación, porque éstas son sólo algunas de sus herramientas. (1) La mediación penal en sus distintas formas como por ejemplo, los círculos de paz, las reuniones de grupos familiares y algunas prácticas de los pueblos originarios. (2) La conciliación es un encuentro directo entre las partes sin la intervención de un facilitador. Éstas son prácticas restaurativas.

En conclusión. Es vital determinar qué no es la justicia restaurativa, con el objeto de impedir la expansión de la red de control social y del derecho penal. La posibilidad de ensanchamiento de la red se acentúa en la actualidad, porque algunas posiciones se denominan restaurativas, pero mantienen el castigo o no lo descartan en el proceso restaurativo y ello desvirtúa la esencia de la justicia restaurativa.

* Posteriormente a la publicación  del artículo que antecede,  el autor mutó la denominación  “justicia restaurativa” a “prácticas restaurativas”. Así expresó los motivos de la decisión.

1 . Cada día que pasa estoy más que convencido  que la “justicia” es castigo.

En lo esencial elimino la palabra “justicia” porque se la utiliza habitualmente por quienes desean el castigo o por quienes dicen defender a la “justicia” restaurativa, pero en el discurso legitiman el poder punitivo, el derecho penal o el modelo rehabilitador.

No comparto las opiniones que venden a la “justicia” restaurativa como un complemento del sistema penal; o que sostienen un derecho penal o un sistema penal con perspectiva restaurativa. Tampoco adhiero a las opiniones que hasta llegan a hablar de una justicia penal restaurativa.

Es una causalidad que estas mismas posiciones legitimantes soportan mal la crítica y se dedican a denostar al abolicionismo olvidándose que es la base filosófica original del paradigma restaurativo.

Comparto los esfuerzos de las posiciones que promueven a la justicia restaurativa y no proponen el castigo.

Sólo estoy advirtiendo las desviaciones y los pasos en falso que están dando las perspectivas legitimantes, porque además tienen el efecto central de expandir la red de control social estigmatizante.

Braithwaite (2004), desde Australia en sus obras ya había advertido sobre este gran riesgo del paradigma restaurativo en cuanto a la ampliación de la red.

Pero en esta etapa nos encontramos con algo mucho más grave: la utilización de la justicia restaurativa con fines rehabilitadores y estigmatizantes que es otra cosa.

La prueba de ello es que dichas posiciones legitimantes no descartan éticamente el castigo.

Es que además las visiones que sostienen el castigo en un marco restaurativo o que no lo descartan por completo son contradictorias filosóficamente.

Porque el castigo es causar un daño al otro, es querer ese daño en el otro.

Porque el castigo es venganza. Es una reacción desproporcionada frente al conflicto. La prisión es un castigo.

La prisión es otra forma repugnante de tortura legalizada.

De ahí que la práctica restaurativa se opone a la justicia retributiva.

La práctica restaurativa descarta categóricamente el castigo en todos los casos  como reacción  ante el conflicto.

Pueden brindarse “ejemplos” acerca de cómo se ha desvirtuado a la “justicia” restaurativa.

En efecto, con la excusa de siempre: una nueva “emergencia”, esta vez, la situación de las cárceles. Y por ese motivo se acudió a otras denominaciones o “nombres/máscaras”: “Prisión Restaurativa” (Coyle, 2001), “Prisión Virtuosa” (Cullen, 2001), “Detención Restaurativa” (Peters, 2003), “Restorative Prison Projet” (Canadá, 2001), “Sycamopre Tree Project” (Estados Unidos y Nueza Zelanda, 1998).

En el plano teórico Ollero Perán (2014) advierte sobre estas posiciones mencionadas a la sazón legitimantes del castigo y que a su vez utilizan “nombres/máscaras” a los que me refiero: “Unidad de Justicia Restaurativa” (Sidney); “Unidad Restaurativa Gand Cache” (Canadá, 2001); y todavía algo más pavoroso: los “Albergues de Sanación para Aborígenes” (Canadá, 2001); y otros proyectos que no resisten el menor análisis epistemológico abolicionista: la “detención restaurativa” (Bélgica, 1998).

En América Latina además, agrego, se están introduciendo en las cárceles por efecto colonizador algunos programas (que invocan la denominación de “justicia” restaurativa) y que promueven la escritura de cartas de los detenidos a víctimas imaginarias o reales, con invitaciones al “arrepentimiento” y algunos basados en la promoción a su vez de la religión para la “rehabilitación” o “reinserción” social. Como sucede en San Martín, Provincia de Buenos Aires (Argentina). Evidenciándose así el modelo rehabilitador que nada tiene que ver con el modelo de una buena práctica restaurativa, más allá de sus denominaciones formales.

El modelo rehabilitador es transportado de diversas formas y con distintos disfraces, máscaras y denominaciones, en una triangulación por contagio de la epidemia de la punición, de la mano dura y del discurso de ley y orden provenientes de la UE y EE.UU. .

Y luego son adoptadas de manera acrítica en América Latina, sin considerar el contexto político legitimante del modelo rehabilitador hegemónico del cual provienen. Y por lo tanto sin analizar las necesidades de la región ni mucho menos sin considerar a las víctimas reales. Así está todo desvirtuado.

¿Cuáles son las consecuencias directas que trae aparejada esta legitimación del modelo rehabilitador o de haberse desvirtuado en parte el paradigma restaurativo ?.

a) La primera consecuencia es: otra vez el olvido de la víctima,por la ausencia  de contención y protección integral hacia ella.

b) Mientras tanto son las víctimas las primeras que sufren el desamparo y la desprotección, al poner el foco en la rehabilitación que tampoco se realiza en la práctica. Porque en un contexto vertical y autoritario como es la cárcel es imposible la resocialización.

2 . Aunque cabe destacar que México (2016) y Colombia (2016) son los dos países más avanzados de la región en el desarrollo del paradigma restaurativo.

En México (2016) existen programas de prácticas restaurativas en el ámbito carcelario, escolar y ante la violencia de género; promovidos por profesionales altamente capacitados (facilitadores certificados), comprometidos y con gran experiencia, que no se identifican con el modelo rehabilitador.

Colombia (2016) es otro ejemplo en América Latina sobre cómo es posible la solución de conflictos violentos con otras herramientas y no con la punición. El proceso de paz que culminó con la firma del acuerdo entre las FARC y el gobierno de Colombia es la mejor prueba acerca de cómo es posible la paz a pesar de la violencia vivida. Y así se terminó con más de 50 años de una violencia que ocasionó unas 220.000 muertes y el desplazamiento de millones de personas. Sin necesidad de acudir al castigo ofrecido por la “justicia” tradicional. Ello más allá de los otros serios esfuerzos que allí se hacen para la reducción de la población carcelaria con perspectivas restaurativas como asimismo para la atención de las necesidades de las víctimas.

De ahí que es ineludible subrayar cómo estos dos países mencionados, los más golpeados por la violencia desde los últimos años con víctimas y sobrevivientes que más sufren en la actualidad y hasta con desaparecidos y desplazados, son los primeros países de la región que están haciendo esfuerzos serios para la construcción y creación (con imaginación no punitiva) de programas y marcos teóricos conciliatorios y reparatorios, basados en prácticas restaurativas. Y no se dejan llevar por la venganza ni por la trampa del modelo rehabilitador dominante y colonizador. Deben valorarse y compartirse los esfuerzos y resistencias de estos dos países en la región, porque además hacen todo lo posible por no desvirtuar la perspectiva restaurativa original.

3 . Independientemente de ello en América Latina debería ser deseable hablar de práctica restaurativa como concepto filosófico y no de “justicia” restaurativa, como una de las tantas formas de evitar que se siga desvirtuando el paradigma restaurativo.

Así puede decirse que la práctica restaurativa no es castigo, porque implica un trato horizontal entre las partes, que se encuentran en igualdad de condiciones para conversar sobre conflicto.

La práctica restaurativa es otra forma de resolver los conflictos de manera consensuada, con reparación, con responsabilidad activa.

Ello en el contexto de una sociedad inteligente que sea capaz de resolver sus propios conflictos.

4 . Acerca de  algunos lineamientos teóricos

(1) Cualquiera sea la denominación que se le asigne en definitiva al paradigma restaurativo, se deberían realizar más esfuerzos urgentes para darle prioridad a la atención de las víctimas, como asimismo para crear espacios de contención y protección integral a las víctimas del conflicto penal; como así también para satisfacer las necesidades serias de la víctima. 

(2) La práctica restaurativa es un concepto filosófico en plena formación, que tiene su base teórica en el diálogo reparador y en la imaginación no punitiva.

(3) Para evitar que se siga distorsionando al paradigma restaurativo original, es vital en esta etapa histórica el cambio de nombre aludido por “práctica restaurativa” y así dejar de lado el concepto represivo que se le asigna frecuentemente a la palabra “justicia”.

(4) De ahí queda claro que la práctica restaurativa se opone a la justicia retributiva. 

(5) Por ende, las posiciones que sostienen teóricamente el castigo o no lo descartan por completo desvirtúan la esencia de la práctica restaurativa e incluso de la justicia restaurativa originalmente concebida.

(6) Porque el castigo es una forma de reacción violenta ante el conflicto y que no lo resuelve.

(7) Siendo que la no violencia y no causar daño al otro son valores que integran el ser de la práctica restaurativa propuesta.

(8) Es importante que se profundice el estudio sobre el paradigma restaurativo y que se realicen los esfuerzos necesarios para evitar que el mismo se siga desvirtuando en su esencia y en su filosofía abolicionista original.

Horacio Zárate

http://justiciarestaurativaamericalatina.blogspot.com.ar/

Fotografía original: Lewis Baltz

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