Defecar sobre el rostro del creador…

Era un día de primavera, los pájaros derramaban sus melodías de trinos, y de humanos, entregados a sus diversas ocupaciones, se bañaban en la santidad de la fatiga. Todos trabajaban en su destino: los árboles, los planetas, los escualos. ¡Todo, excepto el creador! Estaba echado en el camino con las ropas destrozadas. Su labio inferior pendía como un cable somnífero; sus dientes no estaban lavados, y se entremezclaban el polvo con las ondas rubias de sus cabellos. Amodorrado por un irresistible sopor, molido por los guijarros, su cuerpo hacía esfuerzos inútiles para levantarse. Sus fuerzas lo habían abandonado, y yacía allí, débil como una lombriz de tierra, impasible como la corteza. Chorros de vino llevaban las huellas dejadas por los sobresaltos nerviosos de sus hombros. El embrutecimiento de hocico de cerdo lo cubría con sus alas protectoras, y le arrojaba una mirada amorosa. Sus piernas con los músculos flojos, barrían el cielo como dos mástiles ciegos. Manaba sangre de sus narices, pues al caer, su rostro había dado contra un poste… ¡Estaba borracho! ¡Horriblemente borracho! ¡Borracho como una chinche que ha sorbido durante la noche tres toneles de sangre! Llenaba el eco con palabras incoherentes que me cuidare de repetir aquí; si el beodo supremo no se respeta, yo debo respetar a los hombres. ¿Sabíais que el creador… se emborrachaba? ¡Piedad para ese labio manchado en las copas de la orgía!  El erizo que pasaba le clavó sus púas en la espalda y dijo: « Eso para ti. El sol está en la mitad de su carrera; trabaja, haragán, y no comas el pan de los otros. Espera un rato y ya verás si llamo a la cacatúa de rostro ganchudo ». El pico verde y la lechuza que pasaban le clavaron el pico en el vientre y dijeron: « Eso es para ti. ¿Qué vienes a hacer a esta tierra? ¿Has llegado a ofrecer esta siniestra comedia a los animales?  Pues ni el topo, ni el casuario, ni el flamenco te imitarán; te lo juro ». El asno que pasaba le dio una coz en la sien y dijo: « Eso es para ti ¿Qué te hice yo para que me dieras unas orejas tan largas? Hasta el grillo me desprecia ». El sapo que pasaba le arrojo un chorro de baba a la frente y dijo: « Eso para ti. Si no me hubieras hecho el ojo tan voluminoso al encontrarte en el estado en que te veo, habría ocultado púdicamente la belleza de tus miembros bajo una lluvia de ranúnculos, de miosotis y de camelias para que nadie te viera ».  El león que pasaba inclino su real semblante y dijo: « En cuanto a mí, lo respeto aunque nos parezca que su esplendor sufre un momentáneo eclipse. Vosotros que presumís de orgullo, y no sois más que cobardes, pues lo habéis agredido mientras dormía, ¿Os gustaría estar en su lugar  y sufrir de parte de los que pasan, las injurias que no le habéis ahorrado? » El hombre que pasaba se detuvo ante el Creador irreconocible y, con los aplausos de la ladilla y de la víbora ¡defecó durante tres días sobre su augusto rostro! ¡Malhadado el hombre culpable de esa injuria, que no supo respetar al enemigo, caído sobre una mezcla de barro, sangre y vino, indefenso y casi inanimado!… Entonces, el Dios soberano, despierto al fin por todos esos mezquinos insultos, se levantó como pudo; tambaleándose fue a sentarse a una piedra, con los brazos caídos como los dos testículos de un tísico: y lanzo una mirada vidriosa, sin fuego, sobre toda la naturaleza que le pertenecía. Oh humanos, sois los niños terribles, pero os suplico que perdonemos a esa gran existencia que todavía no ha concluido de dormir el líquido inmundo, y no habiendo recuperado bastante fuerza para mantenerse de pie, vuelve a caerse pesadamente sobre una roca en la que se sienta, como un viajero. Poned atención en ese mendigo que pasa; vio que el derviche extendía un brazo hambriento, y, sin saber a quién daba limosna, arroja un trozo de pan en la mano que implora misericordia. El Creador le expresa su agradecimiento con una inclinación de cabeza. ¡Oh, no, nunca sabréis lo difícil que resulta empuñar constantemente las riendas del universo! Hay veces que la sangre se sube a la cabeza, cuando uno se dedica a sacar de la nada un último cometa, con una nueva raza de espíritus. La inteligencia, demasiado removida hasta las heces, se retira como alguien derrotado, y puede caer, una vez en la vida, en los desvarío de que habéis sido testigos.

Isidore Ducasse (Los Cantos de Maldoror, Canto III, 1869)

Traducción: Aldo Pellegrini

  Fotografía original: Konstantin Alexandroff 

Sé el primero en comentar

Deja un comentario