Del inconveniente de haber nacido. Selección.

1) No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento. Nos debatimos como sobrevivientes que tratan de olvidarla. El miedo a la muerte no es sino la proyección hacia el futuro de otro miedo que se remonta a nuestro primer momento. Nos repugna, es verdad, considerar al nacimiento una calamidad: ¿acaso no nos han inculcado que se trata del supremo bien y que lo peor se sitúa al final, y no al principio, de nuestra carrera? Sin embargo, el mal, el verdadero mal, está detrás, y no delante de nosotros. Lo que a Cristo se le escapó, Buda lo ha comprendido: «Si tres cosas no existieran en el mundo, oh discípulos, lo Perfecto no aparecería en el mundo…» Y antes que la vejez y que la muerte, sitúa el nacimiento, fuente de todas las desgracias y de todos los desastres.

2) No reducirse a una obra; sólo hay que decir algo que pueda susurrarse al oído de un borracho o de un moribundo.

3) Necesidad física del deshonor. Me hubiera gustado ser hijo de verdugo.

4) Des–hacer, des–crear, es la única tarea que el hombre puede asignarse si aspira, como todo lo indica, a distinguirse del Creador.

5) Haber cometido todos los crímenes: salvo el de ser padre.

6) Aspirar, en lo más profundo de uno mismo, a estar tan desposeído, a ser tan lamentable como Dios.

7) Me gustaría ser libre, inimaginablemente libre. Libre como un ser abortado.

8) La única, la verdadera mala suerte: nacer. Se remonta a la agresividad, al principio de expansión y de rabia aposentado en los orígenes, en el impulso hacia lo peor. No es de extrañar que todo ser venido al mundo sea un maldito.

9) La visión de la no–realidad, de la carencia universal, es el resultado combinado de una sensación cotidiana y de un brusco temblor. Todo es juego.: sin esta revelación fulminante, la sensación que uno arrastra a lo largo de los días no tendría ese sello de evidencia que necesitan las experiencias metafísicas para distinguirse de sus imitaciones: los malestares. Pues todo malestar no es sino una experiencia metafísica abortada.

10) La lucidez es el único vicio que hace al hombre libre: libre en un desierto.

11) No me perdono el haber nacido. Es como si, al insinuarme en este mundo, hubiese profanado un misterio, traicionado algún compromiso de magnitud, cometido una falta de gravedad sin nombre. Pero a veces soy menos tajante: nacer me parece una calamidad que, de no haberla conocido, me tendría inconsolable.

12) El pensamiento no es nunca inocente. Porque es implacable, porque es agresión, nos ayuda a romper nuestras trabas. Si se suprimiera lo que entraña de maldad, e incluso de demoníaco, habría que renunciar también al concepto de liberación.

13) El no–saber es el fundamento de todo, crea todo mediante un acto que repite a cada instante, engendra este mundo y cualquier otro pues no cesa de tomar por real aquello que no lo es. El no–saber es la gran equivocación que sirve de base a todas nuestras verdades; el no– saber es más antiguo y más poderoso que todos los dioses reunidos.

14) Hubo un tiempo en que el tiempo no existía… El rechazo del nacimiento no es otra cosa que la nostalgia de ese tiempo anterior al tiempo.

15) Si, antaño, frente a un muerto me preguntaba: «¿De qué le sirvió nacer?», hoy me pregunto lo mismo ante cualquiera que esté vivo.

16) Es imposible sentir que hubo un tiempo en que uno no existía. De ahí ese apego al personaje que se era antes de nacer.

17) Frente a la ansiedad y al enloquecimiento: la calma súbita al pensar en el feto que se ha sido.

18) No es humilde aquel que se odia.

19) Sólo se deberían escribir libros para decir cosas que uno no se atrevería a confiar a nadie.

20) Sólo me entiendo bien con alguien que se encuentra en lo más bajo de sí mismo, sin el deseo ni la fuerza de recuperar sus ilusiones habituales.

21) Ninguna originalidad literaria es posible si no se tortura, si no se machaca el lenguaje. Otra cosa sucede si uno se atiene a la expresión de la idea como tal. Es este un sector donde las exigencias no han variado desde los presocráticos.

22) La negación no parte nunca de un razonamiento, sino de un no se sabe qué de oscuro y antiguo. Los argumentos vienen después, para justificarla y apuntalarla. Todo no surge de la sangre.

23) Siempre que no pienso en la muerte tengo la impresión de trampear, de engañar a alguien dentro de mí.

24) No merece la pena matarse: siempre lo hace uno demasiado tarde.

25) El espíritu que duda de todo llega, al cabo de mil interrogaciones, a una apatía casi total, a una situación que justamente el apático conoce a primera vista, por instinto. Pues ¿qué es la abulia, sino una perplejidad congénita?

26) ¡Qué decepción que Epicuro, el sabio que más necesito, haya escrito más de trescientos tratados! Y qué alivio que se hayan perdido.

27) Frases de mi hermano a propósito de los trastornos y las enfermedades que padeció nuestra madre: «La vejez es la autocrítica de la naturaleza.»

28) No hay arte verdadero que no contenga una fuerte dosis de banalidad. Aquel que emplea lo insólito de una manera constante cansa pronto, pues nada es tan insoportable como la uniformidad de lo excepcional.

29) Ser objetivo es tratar al prójimo como se trata a un objeto, a un muerto, es comportarse con él como un sepulturero.

30) Una obra existe cuando se ha preparado en la sombra con la atención, con el cuidado con que el asesino medita su golpe. En ambos casos lo principal es la voluntad de golpear.

31) Mientras más avanzo, menos reacciono frente al delirio. Ya sólo me gustan, entre los pensadores, los volcanes apagados.

32) Cada vez que algo me parece todavía posible, tengo la impresión de haber sido embrujado.

33) Sólo conozco una visión de la poesía que sea enteramente satisfactoria: es la de Emily Dickinson cuando dice que en presencia de un verdadero poema se siente sobrecogida por un frío tal que tiene la impresión de que no habrá fuego alguno que pueda reanimarla.

34) Una obra está terminada cuando ya no podemos mejorarla, aunque se la sepa insuficiente e incompleta. Cuando se está tan harto que no se tiene ya la fuerza de agregar una sola coma, aunque sea indispensable. Lo que decide el grado de perfección de una obra no es de ninguna manera una exigencia de arte o de verdad, es el cansancio, y, más aún, el hartazgo.

35) Ella me era totalmente indiferente. Pensando, de pronto, después de tantos años, que pasara lo que pasara no volvería a verla nunca más, estuve a punto de ponerme enfermo. No comprendemos lo que la muerte es sino cuando recordamos de repente el rostro de alguien que nunca nos importó.

36) Por más que lo intento, no consigo despreciar todos esos siglos durante los cuales no se hizo otra cosa que intentar una definición de Dios.

37) Todo lo que aún permanece vivo dentro del folklore es anterior al cristianismo. Lo mismo ocurre con todo lo que está vivo todavía en nosotros.

38) Aquel que teme al ridículo no irá nunca muy lejos ni para bien ni para mal; permanecerá más acá de sus talentos, y, aunque tenga genio, estará condenado a la mediocridad.

39) Mi curiosidad y mi repulsión, y también mi terror, ante su mirada de aceite y metal, ante su obsequiosidad, su astucia sin disfraz, su hipocresía curiosamente no velada, sus continuos y evidentes disimulos; ante esa mezcla de canalla y de loco. Impostura e infamia a plena luz. Su falta de sinceridad es perceptible en todos sus gestos, en todas sus palabras. El término no es exacto, pues falta de sinceridad es ocultar la verdad, es conocerla y en él no existe la menor huella, la menor idea, el mínimo asomo de verdad, ni tampoco de mentira, nada sino una aspereza inmunda, una demencia interesada…

40) Una vieja camarera, sin detenerse cuando le lanzo un: «¿Cómo va?», me responde: «Vamos marchando.» Esta respuesta banal me conmueve hasta las lágrimas. Las frases que se refieren al devenir, al pasaje, a la marcha, cuanto más gastadas están, suelen adquirir el cariz de una revelación. Sin embargo, la verdad es que no crean un estado excepcional, sino que uno ya se encontraba en él sin saberlo y era necesario una señal o un pretexto para que lo extraordinario ocurriera.

41) Lo que hace a los malos poetas más malos aún es que sólo leen a poetas (así como los malos filósofos sólo leen a filósofos), cuando sacarían gran provecho de un libro de botánica o de geología. Sólo hay enriquecimiento cuando se frecuentan disciplinas alejadas de la propia. Es claro que esto únicamente es válido en los dominios donde el yo hace estragos.

42) Tertuliano nos enseña que, para curarse, los epilépticos iban a «chupar con avidez la sangre de los criminales degollados en la arena.» Si yo escuchara la voz de mi instinto, esa sería la única forma de terapia que adoptaría para cualquier enfermedad.

43) Me gustaría una plegaria con palabras–puñal. Por desgracia, en cuanto se pone uno a rezar hay que hacerlo como todo el mundo. Ahí reside una de las mayores dificultades de la fe.

44) «Comete usted un error al creer en mí.» ¿Quién podría hablar así? Dios y el Fracasado.

45) «¡Maldito sea quien en las futuras reimpresiones de mis obras cambie a sabiendas cualquier cosa, ya sea una frase o una sola palabra, una sílaba, una letra, un signo de puntuación!». ¿Fue el filósofo, o fue el escritor quien hizo hablar así a Schopenhauer? Los dos al mismo tiempo, y esta conjunción (si se piensa en el pésimo estilo de cualquier obra filosófica) es muy rara. No es Hegel quien hubiera proferido semejante maldición. Ni ningún otro filósofo de primera magnitud, excepto Platón.

46) Ante una tumba se imponen las palabras juego, impostura, broma, sueño. Imposible pensar que la existencia sea un fenómeno serio.

47) Sólo se desea la muerte durante los malestares imprecisos: ante el menor malestar concreto, se huye de ella.

48) Los hijos se vuelven, deben volverse contra sus padres, y los padres no pueden hacer nada pues están sometidos a una ley que rige las relaciones de los seres vivos en general, a saber: que cada cual engendra a su propio enemigo.

49) En un libro gnóstico del siglo segundo de nuestra era se dice: «La plegaria del hombre triste no tiene nunca fuerza para subir hasta Dios.» … Como sólo se reza en momentos de abatimiento, se deduce que nunca ninguna plegaria ha llegado a su destino.

50) Ese filósofo carece de compostura, o, para decirlo en la jerga filosófica, de «forma interior». Es demasiado elaborado para estar vivo o ser solamente «real». Es un muñeco siniestro. ¡Qué felicidad saber que nunca más volveré a abrir sus libros!

51) En la Antigüedad, los «libros» eran tan costosos que no se podían acumular a menos de ser rey, tirano, o… Aristóteles, el primero en poseer una biblioteca digna de ese nombre. Un cargo más en el expediente de ese filósofo tan funesto en todos sentidos.

52) La fuerza disolvente de la conversación. Se comprende por qué tanto la meditación como la acción precisan del silencio.

53) Para el ansioso no hay diferencia entre éxito y fracaso. Su reacción frente a ambos es la misma. Los dos le molestan igualmente.

54) Antes en una alcantarilla que en un pedestal.

55) El hombre acepta la muerte pero no la hora de su muerte. Morir cuando sea, salvo cuando haya que morir.

56) Una sola cosa importa: aprender a ser perdedor.

57) Lo molesto en las desgracias públicas, es que cualquiera se estima competente para hablar de ellas.

58) Mi visión del futuro es tan precisa que, si tuviera hijos, los estrangularía en el acto.

59) Sólo tiene convicciones quien no ha profundizado en nada.

60) Montaigne, un sabio, no tuvo seguidores; Rousseau, un histérico, alborota aún a las naciones. Sólo me gustan los pensadores que no han inspirado a ningún tribuno.

61) La vida no es nada; la muerte es todo. Sin embargo, no existe algo que sea la muerte independientemente de la vida. Y es justamente esa ausencia de realidad distinta, autónoma, lo que hace a la muerte universal; no tiene un dominio propio, es omnipresente como todo lo que carece de identidad, de límite y de decoro: una infinidad indecente.

62) Para medir bien el retroceso que representa el cristianismo en relación al paganismo, basta comparar las mezquindades que propalan los padres de la Iglesia sobre el suicidio, con las opiniones emitidas al respecto por Plinio, Séneca y Cicerón inclusive.

63) Es un privilegio vivir en conflicto con la propia época. En todo momento uno es consciente de no ser como los demás. Ese agudo estado de desemejanza, por muy indigente y estéril que parezca, posee, no obstante, un rango filosófico que inútilmente se buscaría en las lucubraciones que otorgamos a los acontecimientos.

64) A veces uno quisiera ser caníbal, no tanto por el placer de devorar a fulano o a mengano como por el de vomitarlo.

65) La poesía excluye cálculo y premeditación: es inconclusión, presentimiento, abismo. Ni geometría ronroneante, ni sucesión de adjetivos exangües. Todos estamos demasiado heridos y demasiado decaídos, demasiado fatigados, y somos demasiado bárbaros en nuestra fatiga como para encima apreciar el virtuosismo.

66) «Llegando a la plaza de la Concordia, mi intención era destruirme » (G. de Nerval.); nada, en la literatura francesa, me ha obsesionado tanto.

67) No leeré más a los sabios. Me han hecho demasiado daño. Debí de haberme entregado a mis instintos, dejar expandirse mi locura. He hecho todo lo contrario, he adquirido la máscara de la razón, y la máscara ha terminado por suplantar al rostro y por usurpar todo lo demás.

68) Sólo se enseña la filosofía en el ágora, en un jardín o en casa. La cátedra es la tumba del filósofo, la muerte de todo pensamiento vivo, la cátedra es el espíritu enlutado.

69) El conocimiento agudo de tener un cuerpo, eso es la ausencia de salud. Lo cual equivale a decir que nunca estuve sano.

70) Dios es, incluso si no es.

71) Si Rimbaud hubiese podido continuar (es como imaginarse el futuro de lo insólito; un Nietzsche en plena producción después de Ecce Homo), hubiera terminado por retroceder, por tornarse sensato, por comentar sus estallidos, por explicarlos, por explicarse. Sacrilegio en todos los casos, el exceso de conciencia es una forma de profanación.

72) ¿Qué le ocurre hombre, pero qué le ocurre? Nada, no me ocurre nada, es sólo que he dado un salto fuera de mi destino, y ahora ya no sé hacia dónde dirigirme, hacia qué correr…

Emile Ciorán (Del inconveniente de haber nacido, 1973)

Traducción: Esther Seligson

Selección: Maxi Postay

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