Desearía ser un sátiro…

Yo no soy en modo alguno un espantapájaro, un monstruo moral, e incluso soy una naturaleza contraria a esa especie de hombres que hasta ahora se ha considerado virtuosa. Y, dicho entre nosotros, me parece que es esto lo que me honra. Yo soy un discípulo del filósofo Dionisio; en verdad, desearía ser un sátiro antes que un santo. Pero que este escrito sea leído. Tal vez haya logrado expresar esa oposición de un modo sereno y jovial, tal vez ése sea el único propósito de este escrito. La última cosa que yo prometería hacer sería “mejorar” la humanidad. No vengo a erigir nuevos ídolos; los antiguos aprenderán lo que cuesta tener pies de barro. Derribar ídolos (tal es mi palabra para referirme a los ideales), eso sí forma parte de mi oficio. A la realidad se la ha deshecho de su valor, de su sentido, de su veracidad en la medida en que se ha fingido mentirosamente un mundo ideal. El “mundo verdadero” y el “mundo aparente” (dicho con claridad: “el mundo fingido” y “la realidad”). Hasta ahora, la mentira del ideal fue la maldición contra la realidad y la humanidad misma, atravesada por esa mentira hasta sus más bajos y profundos instintos, ha llegado a adorar los valores inversos de aquellos que le hubieran garantizado la prosperidad, el futuro y el supremo derecho al futuro.

Friedrich Nietzsche (Ecce Homo, 1888)

Traducción: Clara Inchauspe de Sanz

Imagen: Borel

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