Discurso de Vaillant contra sus jueces

Dentro de unos minutos iréis a juzgarme; pero al recibir vuestro veredicto, tendré al menos la satisfacción de haber herido a la sociedad actual, esta sociedad maldita en la que vemos a un sólo hombre gastar inútilmente lo que podría nutrir a millares de familias, sociedad infame que permite a algunos individuos acaparar todas las riquezas sociales, en tanto que hay centenares de desgraciados que ni siquiera tienen un pedazo de pan –que no se rehúsa a los perros– y familias enteras que se suicidan por falta de lo necesario.

¡Ah, señores, si los que dirigen pudieran descender hasta los desgraciados! Pero no, ellos prefieren hacer oídos sordos a sus llamamientos. Parece que una fatalidad los empuja del mismo modo que a la realeza en el siglo XVIII, a rodar hasta el precipicio que ha de engullirlos. Pero desgraciados los que son sordos a los gritos de los hambrientos; desgraciados los que, creyéndose de una esencia superior se abrogan el derecho de vivir en la inacción y de explotar a los que están bajo su férula, pues llegan momentos en que el pueblo no razona y se levanta como un huracán y corre como un torrente. Entonces es cuando vemos sangrientas cabezas en la punta de las picas.

Entre los explotados existen dos clases de individuos: unos que, no dándose cuenta de lo que son y de lo que podrían ser, toman la vida tal como está, creyendo que han nacido para esclavos y se contentan con lo poco que les dan a cambio de su trabajo; pero hay otros que, al contrario, piensan y estudian, y que, lanzando una mirada a su alrededor, se aperciben de las iniquidades sociales.

¿Es acaso culpa suya ver claro y sufrir al ver sufrir a los demás? Éstos son los que entran en la lucha y se constituyen en portadores de las reivindicaciones populares. Yo soy uno de estos últimos. Por todas partes donde he ido, he visto desgraciados encorvados bajo el yugo del Capital; por todas partes he visto las mismas llagas que hacen verter lágrimas de sangre hasta en el mismo corazón de las inhabitadas provincias de la América del Sud, donde creía yo que el que estaba fatigado de las penas de la civilización podría reposar a la sombra de las palmeras y estudiar la naturaleza. Pues bien, allí, como en todas partes, he visto al Capital que, semejante al vampiro, chupaba hasta la última gota de sangre de los infelices parias. Luego he vuelto a Francia, en donde me estaba reservado ver sufrir a los míos de una manera atroz. Ésta fue la gota que hizo derramar el vaso.

Cansado de llevar esta vida de padecimientos y vilezas, he lanzado una bomba entre los primeros responsables de los sufrimientos sociales.

Se me reprochan las heridas de los que han sido alcanzados por mis proyectiles. Permitidme hacer notar que si los burgueses no hubieran matado o hecho matar durante la revolución, es indudable que estarían aún bajo el yugo de la nobleza. Por otra parte, sumemos los muertos y heridos en el Tonkin, en Madagascar y en el Dahomey, añadamos los millares, ¡qué digo!, los millones de desgraciados que mueren en los talleres, en las minas, en todas partes donde el Capital impera, y agreguemos todavía los que mueren de hambre. Y todo esto sucede con el consentimiento de nuestros diputados.

Al lado de lo relatado, ¡qué poco significa lo que hoy me reprochan a mí!

Es verdad que lo uno no borra lo otro; pero, en suma, ¿no estamos en nuestro derecho de defensa contestando a los golpes que de arriba recibimos? Bien sé que se me dirá que hubiera podido propagar las reivindicaciones por medio de la palabra; pero, qué queréis, cuanto más sordos están, más es necesario alzar la voz para hacernos oír.

Hace ya mucho tiempo que a nuestros goces responden con la prisión, con la cuerda o con los fusiles y no os hagáis ilusiones: la explosión de mi bomba no es solamente el grito de Vaillant rebelado, sino el grito de toda una clase que reivindica sus derechos y que bien pronto juntará los hechos a la palabra, y estad seguros que por más leyes que se hagan, no se detendrán las ideas de los pensadores. Del mismo modo que en el siglo pasado todas las fuerzas gubernamentales no pudieron impedir que los Diderot y los Voltaire sembraran las ideas emancipadoras entre el pueblo, todas las fuerzas gubernamentales actuales no impedirán que los Reclus, los Darwin, los Spencer, los Ibsen, los Mirbeau, etc. siembren las ideas de justicia y de libertad que aniquilaron las preocupaciones que tienen a la masa en la ignorancia; y esas ideas, acogidas por los desgraciados, se manifestarán en actos de rebeldía, como lo han hecho en mí. Y esto sucederá hasta el día en que la desaparición de la autoridad permita a todos los hombres organizarse libremente siguiendo sus afinidades, y cada uno podrá gozar del producto de su trabajo y desaparecerán esas enfermedades morales que se apellidan preocupaciones; todo lo cual permitirá a los seres humanos vivir en armonía, no teniendo como aspiración más que el estudio de la ciencia y el amor a sus semejantes.

Termino, señores, diciendo que una sociedad en la que vemos desigualdades sociales como las que nos rodean, donde todos los días contemplamos suicidios causados por la miseria, la prostitución ostentándose en cada esquina de calle, una sociedad, en fin, cuyos principales monumentos son los cuarteles y las prisiones, debe ser transformada lo más pronto posible, bajo pena de ser eliminada, en el más breve plazo, de la especie humana.

¡Salud, pues, al que trabaja, no importa por qué medio, para lograr esta transformación! He aquí la idea que me ha guiado en mi duelo contra la autoridad; pero como en este duelo sólo he herido a mi adversario, éste me herirá a su vez.

De todos modos, señores, cualquiera sea la pena que me impongáis, no me importa; pues mirando esta asamblea con los ojos de la razón, no puedo menos que sonreírme de veros, átomos perdidos en la materia, que razonáis porque poseéis un prolongamiento de la médula espinal, queriendo vosotros mismos reconoceros el derecho de juzgar a uno de vuestros semejantes.

¡Ah, señores! ¡Qué poca cosa es vuestras asamblea y vuestro veredicto en la historia de la humanidad; y la historia humana, a su vez, es igualmente bien poca cosa en el torbellino que la arrastra a través de la inmensidad, estando llamada a desaparecer, o al menos, a transformarse para empezar la misma historia y los mismo hechos, perpetuo juego de las fuerzas cósmicas, renovándose y transformándose hasta lo infinito!

Auguste Vaillant (1894)

El 5 de febrero de 1894 Vaillant fue guillotinado.

Segundos antes del momento de su muerte gritó: “Larga vida a la anarquía, mi muerte será vengada”.

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