Dog FUCK goD

Los surrealistas aman la blasfemia. En nuestro caso cuando embardunamos sus ídolos con mierda, nos sentimos felices en admitir que no se trata de una cuestión menor el hecho del enorme placer infantil que nos proporciona ofender aquello que despreciamos: actualmente llevamos nuestro infantilismo con orgullo y consideramos, en su propio derecho y en su uso corriente, a todos los placeres eróticos de esta clase como políticamente válidos.

Pero para los surrealistas la blasfemia es una crucial arma política,  no solamente por la aflicción que causa a las instituciones religiosas y sus millones de estafadores, sino también por el desorden que ocasiona entre los apologistas del estado liberal “democrático”, cuyas supuestas defensas de la libertad se ven de este modo desenmascaradas como hipocresías.

Al examinar el furor actual sobre las historietas  de Mahoma en los periódicos europeos, preferimos partir, no de la “libertad de expresión” como un principio liberal abstracto, sino desde una evaluación de los hechos actuales. El recurso al principio abstracto –el optimismo a ultranza sobre cómo el mundo debería ser, antes que una apreciación sobre lo que es realmente en la actualidad–  representa una maniobra habitual de argumentación liberal, y como tal es rechazada por nosotros. Entonces tengamos claro desde un principio que, la publicación de estas historietas en un periódico danés de la derecha despreciable, era un acto racista previsto deliberadamente para provocar una reacción entre los musulmanes. Tal vez la ferocidad con que ciertos musulmanes politizados, diseminados por el mundo, cayeron en el sebo, pudo tomar a los protagonistas de sorpresa –y en este caso pueden justificadamente ser considerados como ingenuos–, pero ingenuidad no significa inocencia.

A consecuencia de esta provocación, líneas de batalla completamente predecibles –entre el “religioso” Medio Oriente y el “secular” Occidente– se han visto reafirmadas, y miles alrededor del mundo se han atrincherado en sus cerradas posiciones. Esta maniobra de “choque entre civilizaciones”, sirve solamente a los intereses del militarismo, el imperialismo y el poder del estado, y los surrealistas no están para caer en esos alineamientos ni para defender los valores “occidentales”. A nuestro juicio,  ni la civilización “oriental” ni la “occidental” son dignas de ese nombre sino que, por el contrario, gustosamente celebraríamos su inmediata y mutua destrucción. Respecto de nuestra ventajosa posición en el Reino Unido, doble lazo en el cual ahora se anudan tanto la prensa como el gobierno, ésta ha llegado hasta el  punto culminante en que todo discurso sobre “derechos” y “libertades” bajo el estado liberal, ha llegado a ser simplemente pura mierda. El ministro de Asuntos Exteriores Jack Straw, por ejemplo, ha afirmado el derecho a la libre expresión (¡cuánta generosidad de su parte!), mientras declara que este derecho no debe ser utilizado para insultar u ofender. En otras palabras, se tiene el derecho a la libre expresión, pero no necesariamente el derecho a ejercerla. El mantra del “respeto” y la  “responsabilidad” ha sido repetido tanto por la prensa como por los políticos, y demuestra  que los supuestos derechos fundamentales y libertades del liberalismo son poco más que favores de los que se espera que estemos agradecidos, y a los que no debemos confundir con posesiones genuinas para servirnos de ellas a voluntad. Por lo tanto tenemos poco interés en defender la libre expresión tal como existe en nuestra sociedad, los regalos de oropel de una “democracia” hipócrita. Los surrealistas somos unos niños ingobernables que dicen lo que se les da la gana, incluso cuando los adultos no se lo permiten. No apoyamos ni a la prensa derechista ni a la liberal, porque ellas combaten contra la blasfemia. Más que ninguno apoyamos las protestas de los musulmanes, simplemente porque abrieron fuego contra los puestos de avanzada y los símbolos de los estados europeos. Las metas del surrealismo son cambiar la vida y transformar el mundo. Cambiar la vida significa la total destrucción de toda forma de religión, no sólo la religión en tanto que instituciones y poderes materiales, sino como un sistema de creencias privadas, el cual, lisa, llanamente y sin excepción, constituye un paquete de mentiras. En la búsqueda de esta meta, impulsamos a todos a rebelarse, a blasfemar, a expresar su desprecio por todas las religiones del mundo. Transformar el mundo significa, no menos que la de todas las formas de ley religiosa, islámicas o cualesquiera, la general destrucción de todo lo que actualmente se considera como civilización “occidental”, con su enajenación, explotación, militarismo, patriarcado, racismo y antropocentrismo autodestructivo. En búsqueda de esta meta, con todas las armas de que se disponga, impulsamos a todos a hacerse cargo de su propia libertad y a combatir contra la opresión, cualquiera sea la forma que ésta adopte. Ambas metas exigen la abolición del estado, ya sea en su modalidad secular como religiosa: el estado es el enemigo de toda forma de vida en la tierra y quienquiera que considere al estado como garante de su libertad o protector de su dignidad, no es otra cosa que un loco.

Los surrealistas se alzan en favor de la blasfemia, pero no como una demostración de “libertad” bajo un régimen liberal, ni como una simple expresión de secularismo: la blasfemia sólo puede tener algún sentido o valor para nosotros en tanto participe del más amplio movimiento de total rebelión, en la búsqueda de una genuina libertad –la erotización del mundo, la encarnación diaria de la poesía, la revolución permanente del Amor Loco; en síntesis, la interminable, extática explosión de LO MARAVILLOSO.

SLAG  Londres (Texto colectivo, 7 de febrero de 2006)

Traducción: Juan Carlos Otaño

Diseño original: Charlie Hebdó

Sé el primero en comentar

Deja un comentario