La “escala de valores” de dos asesinos seriales

Elasticidad súbita (relato basado en un hecho real)

Éramos una hipótesis dramatúrgica frente al espejo. Dos crucigramas con vocación de líneas rectas. Dos parapentes. Un remolino a cuentagotas en la hipnosis puntiaguda de una estaca. Monotemáticos, pasábamos las horas matando niños en el patio de tu casa. Éramos artesanos de gangrenas, editores de epitafios, monaguillos del ácido muriático.

Lo hacíamos sólo los días feriados. Festejábamos homenajes patrios o jornadas religiosas amputando extremidades, olfateando cartílagos, disecando tejidos capilares. Adorábamos manchar escarapelas con sangre o estampitas santorales con fluidos gástricos o sustancia excrementicia. Salíamos a la calle irguiendo nuestros cuerpos con impertérrita soberbia. Con la escarapela en el pecho, del lado del corazón, o las estampitas entre los dedos, sutilmente amarronadas.

Ciento treinta y cinco criaturas de no más de siete años. Tampoco de menos de cuatro. El volumen del proyecto cadavérico era muy relevante para nosotros. No nos conformábamos con escuálidos bebés (si hubiéramos querido abastecernos de algo tan minúsculamente asqueroso hubiéramos matado también a perros o gatos). Lo exageradamente grande, por su parte, nos generaba idéntico rechazo. En el equilibrio estaba nuestra magia. Hablábamos de aquello como asesinatos gourmet.

El 9 de julio de 2007 fuimos a la Plaza de Mayo. Nuestro objetivo: aprovecharnos del tumulto y elegir correctamente a una víctima a la altura de tamañas circunstancias.

Vos estabas obsesionada con una nena de rasgos asiáticos; yo, por mi parte, me inclinaba por capturar a un gordito mofletudo, vestido con una remera con la cara del chapulín colorado. Como siempre, ganó tu propuesta.

La chinita se llamaba Rocío. Sin dificultad, la cargamos al hombro envuelta en un poncho que habíamos comprado un año atrás en Purmamarca.

Sospecho que la gente a nuestro alrededor supo presentir que algo “extraño” sucedía, no obstante prefirieron ignorarnos… comer manzanas acarameladas y copos de azúcar, andar en bicicleta, pasear a sus mascotas…

Luego de unos ocho minutos de periplo llegamos a tu casa. Estábamos especialmente ansiosos. Nunca antes habíamos exterminado piel amarillenta. La curiosidad nos desbordaba. “¿Serán también amarillos los intestinos de los chinos?”, me preguntaste sonriente. Yo respondí: “Ver para creer”.

Tu excitación era notable. Me agarraste con tus dos manos el pene y me hiciste eyacular sobre la cara de la nena. Nunca habíamos procedido en esos términos. Mi semen salió grumoso. Lo comiste, lo escupiste y comparaste su sabor con berenjenas. Abofeteaste a la china y le dijiste que la amabas.

Estabas sobresaltada. Poseída. Fuiste a la cocina, agarraste veneno para ratas y se lo inyectaste en la vena más gorda que le detectaste en el cuello. La china murió al instante. Su boca vomitaba espuma. Sus ojos rasgados nunca lograron cerrarse del todo. Jugabas con sus pestañas. Lo recuerdo vívidamente. Arrancaste uno a uno los pelos de sus cejas y con ellos escribiste palabras en inglés sobre tu pubis. No sé como lo hacías, pero lo hacías. Virtuosismo puro.

Intersección, cometa, cataclismo, vozarrón eléctrico, automatismo frágil, sentencia: “Te detesto, sos nauseabundo”.

Dejaste caer el cadáver de la china, que por lo visto ya no te importaba, y me humillaste como nunca antes lo habías hecho hasta entonces. Tus palabras me dejaron en silencio, estupefacto: “Siento asco hacia tu persona. Mucho asco. Tu aliento es hediondo. Tu aliento es insoportable. Tu aliento es lo más repulsivo que olfateé en mi puta vida. Nunca jamás vas a poder besarme con esa boca pestilente. Mis labios son, desde siempre y para siempre, tu más perfecta prohibición”.

Juro por mi santa madre que desde aquel día hago todo lo posible para intentar comprender tu intempestivo comportamiento. Fuiste diabólica, maligna, macabra, lúgubre, viscosa, insensible. Fuiste la crueldad personificada.

Compré catorce kilos de dentífrico, los mejores cepillos y cuatro litros de digluconato de clorhexidina. Fue inútil.

¡Estábamos tan bien matando a la china! ¡Estábamos tan bien cortando sus falanges! Arruinaste todo.

Maxi Postay (La sábana desnuda, Ediciones Aula 28)

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.

 

 

 

 

 

 

 

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