El abolicionismo penal requiere extremismo cultural

El fracaso del sistema penal es cada vez más evidente.

A la vez se asiste al enloquecimiento de la sociedad en la que éste reside, en el sentido de que se acude a la exasperación penal para remediar la crisis que esa misma exasperación había creado en los años ochenta. Se puede añadir, además, que también frente a la crisis económica se observa lo mismo: por ejemplo, los gobiernos ayudan a los bancos que han causado este daño con el fin de… remediarla.

En Italia siguen en pie escandalosa (y silenciosamente) los manicomios judiciales, pues la ley Basaglia de 1978 solo abolió los manicomios civiles y el número de locos recluidos se mantiene constante (1.348 en 2007). Pero también han aumentado las cadenas perpetuas (1.500), junto al número de presos en general (67.000). Se presenta, no obstante, una novedad: la cadena perpetua «impeditiva» (ergastolo ostativo), sobre cuya base muchos condenados a cadena perpetua han quedado excluidos a priori de cualquier beneficio penitenciario, estando por ello condenados a morir en prisión, en la denominada cárcel «dura», después de una larga expiación. A menos que… se «arrepientan»,  se transformen en delatores, si es que todavía
tienen algo o alguien a quien vender. Al final, por lo tanto, la obtención de la libertad condicional (o de la puesta en custodia de los servicios sociales) ha quedado subordinada a la solicitud de perdón por parte de todos los reos, la cual se debe dirigir a los familiares de las víctimas. Se trata de una praxis instaurada por los magistrados, sin que lo exija ley alguna; como si los jueces abdicaran de su función para poner allí, en lugar del Estado, a los familiares de las víctimas en tanto nuevos ejecutores de la pena.

Obviamente, a través de estos y otros mecanismos,  las cárceles están sufriendo el así llamado «hacinamiento»; eufemismo detrás del cual gran parte de la prisión se convierte en un instrumento de verdadera tortura, en el infierno de los cuerpos.

Este último ejemplo, humillante tanto para los reos como para las víctimas, marca un claro regreso de la sociedad civil a la venganza personal. Por eso es evidente que al infierno del alma contribuye muchísimo el impulso que, en tal contexto de hacinamiento y tortura de los cuerpos, se ha dado al dispositivo de fidelización de las conciencias que en parte se describe en este libro: el premio que sustituye al derecho, la punición para quien no merece el premio o no lo solicita («trato diferenciado»).

Es más, podemos decir que la nueva lógica penal que  se describe en este libro ha invadido la sociedad, redefiniéndola en lo que Frank Furedi ha llamado la «sociedad terapéutica».

En esta no se es ya ciudadano, pero tampoco se ha retrocedido simplemente a la anterior condición de súbdito, sino que más bien, quizás, se va hacia algo peor: un «paciente» o un «enfermo»; una frágil persona que se pone en las piadosas manos de esos nuevos confesores-médicos  que son los magistrados y su cada vez más ingente y variado grupo de «expertos» de la mente  y del control social. Pero no olvidemos que los pacientes
lo son, en nuestro caso, por ser víctimas de algo y, con mayor precisión, de alguien. El principio victimario, colocado en el centro de los nuevos procedimientos judiciales, en línea con el sistema anglo-americano, ha sido seguido con ejemplar voluntad vanguardista por Italia gracias a la
ausencia de verdades, o antes bien al delirante exorcismo enfocado hacia el áspero conflicto social (y armado) que tuvo lugar en el país en los años setenta. El principio victimario juridifica progresivamente todos los aspectos de las relaciones sociales; cada vez partes más amplias de la vida cotidiana pierden su autonomía; se buscan y encuentran  chivos expiatorios para el altar victimario.

Hay que decir que ha sido precisamente la izquierda  oficial, y no sólo la derecha neoliberal, la que ha dado un enorme impulso a esta corriente reivindicativa y victimista de renuncia al propio concepto de autonomía personal, además de a las antiguas y autónomas reglas de los espacios de solidaridad. Hay nuevos «síndromes»  tomados del lenguaje médico que presentan hechos que hasta ayer se dejaban a la autorregulación social y con los   que se denuncian nuevos delitos para establecer nuevos derechos e, inevitablemente, nuevos delitos dirigidos a indicar los culpables que tienen que ser entregados al castigo.

Piénsese en cuántas leyes quieren crearse hoy sobre el embarazo, el parto, el trauma post-parto; en lugar de hacer de esto el objeto de atención pública de una conciencia social. Bajo el triunfo del principio victimario, se impone, como la única religión verdadera del inconsciente colectivo,
la gigantesca base del rito de la cacería al chivo expiatorio en su más pura expresión. Mientras escribo esto, me fumo un cigarrillo casi completo sin por ello denunciar a quienes producen el tabaco (sin embargo, me ha dicho un médico que a uno como yo, en un país civilizado como Inglaterra, no se le daría, justamente, tratamiento médico). Y ya hay quien empieza a reflexionar sobre los daños que provoca el vino…
Todas las técnicas de tortura de la Inquisición romana del siglo VI vuelven a emerger, aunque sea camufladas  con un nuevo lenguaje «técnico» para no confesar la reaparición a toda marcha de los viejos «tribunales de  conciencia».

Por dar un ejemplo, entre los tantos posibles, retomando de nuevo a Furedi, no podemos sorprendernos si en Inglaterra un detenido expía su pena más que otros porque se haya obstinado en no reconocer que es una víctima y que sufrió agresiones por parte de sus padres cuando era pequeño y que por ello al hacerse adulto cometió delitos. Hasta hace una treintena de años un comportamiento así habría podido ser considerado desde el sentido común como algo digno, prescindiendo obviamente de cualquier otro juicio sobre los actos de esa persona. Pero hoy, en el nuevo contexto, cualquier educador (o psicólogo, psiquiatra, asistente social, director, etc.) actualizado pero todavía humano, un poco ilustrado, abierto, le tendrá que decir de manera… algo cínica: «Tu eres demasiado moralista, déjate llevar un poco, se más realista». Y os garantizo que esta pequeña paradoja de la moral moderna se ha presentado muchas veces. En este punto, se está por lo tanto tentado  a concluir que no sufrimos solamente una cárcel criminógena (primera tesis de todo abolicionista), sino todo un sistema de vida; es más, una nueva Weltanshauung (concepción del mundo).

Por esta vía, el juicio se separa de la pena y se concentra en la necesidad de «seguridad» de los exciudadanos / nuevas víctimas; se aleja del delito para concentrarse en la presunta peligrosidad del autor: el extranjero, el árabe, el mafioso, el terrorista, el tóxico-dependiente, etcétera; en el lugar que antes ocuparan el hebreo, el hereje y la 3 Adriano Prosperi, Tribunali della coscienza. Inquisitori, confessori, missionari, bruja. Por esta vía de las definiciones a priori y abstractas  de los sujetos peligrosos, el racismo se ha vuelto, ya hace tiempo, política oficial de las instituciones. Y esto gracias a un gobierno de centro-izquierda que con una ley (la Turco-Napolitano) de 1998 construyó campos de concentración para los inmigrantes, llamados eufemísticamente «Centros de Permanencia Temporal» (CPT).

Este eufemismo era también un oxímoron: ¿no habría sido mejor para jugar con las palabras llamarlos Centros de Temporalidad… Permanente? En todo caso, el posterior gobierno de centro-derecha de Berlusconi y de los racistas de la Liga Norte de Bossi fue menos hipócrita, confirmó esa decisión y al menos eliminó la ambigüedad lingüística explicando lo que se hacía concretamente en estos campos llamándolos: Centros de Identifi cación y Expulsión (CIE).

En conclusión, campos de concentración gracias a los cuales inmediatamente después de que entras al país te declaran clandestino, y si te cogen te expulsan, y si no te cogen serás un individuo chantajeable y te harán trabajar por una miseria hasta que les dé la gana. Y así los diferentes
nuevos racistas italianos hacen una pequeña fortuna con estos nuevos esclavos extranjeros que se ubican junto a los nuevos siervos, inconscientes exciudadanos nacionales en busca del estatus de víctimas. Una primera conclusión podría resumirse así: el sistema victimario-penal se introduce
como la única política social reservada a los pobres que de diversas formas son etiquetados como peligrosos a priori, hasta el punto de recurrir al racismo institucional de los CIE ex CPT.

Junto a todo eso  hay bastante gente que está en prisión desde hace más de treinta años: los chivos expiatorios, precisamente por poner un ejemplo.
Porque, como dicen los franceses, tout se tient; una cosa está ligada a la otra. Pero creo también que este triunfo de la pena, neo-inquisitorial y racista, comienza a ser vagamente sentido e intuido fuera de las cárceles. ¡Quizás  (y esta nota está llena de quizás)!

Recientemente (septiembre de 2011) en Italia, en una gran manifestación sindical, se podía leer en un cartel: «Nos queréis siervos, seremos rebeldes» [las cursivas son mías].  En España, un movimiento de precarios y proletarizados se declara indignado. Indignado es aquél que se considera  ofendido en su dignidad, que no quiere ser tratado como siervo. Hace un tiempo esta palabra resultaba genérica y ambigua; la usaba con frecuencia la derecha. Actualmente puede asumir un signifi cado profundo, marcar —quizás— el inicio de una época de no colaboración a la sumisión voluntaria.

Pero para entender mejor de lo que se trata, conviene volver a hablar de esa pequeña minoría recluida en los manicomios judiciales. Allí, nos dice la hipocresía  moderna, hay un loco que, en cuanto tal, no merece una pena, pero que, por motivos de «seguridad», es necesario encerrarlo durante un tiempo indefi nido, de prórroga en prórroga, precisamente porque es un loco. Y así su pena indefi nida (porque no es una pena) puede llegar a
ser infinita siendo siempre renovada como una permanencia… temporal.

Me parece que toda la justicia penal aspira a alargar sus horizontes en este sentido, más allá de sí misma, hacia  ese infierno innombrable, que es la otra cara de la moneda  del «todos somos víctimas» de la nueva sumisión voluntaria.

Repitámoslo: se tiende a que en la cima de la pena ya no esté la pena; la relación del delito con esta desaparece y su lugar es ocupado por la relación de su autor con la presunta seguridad de la «víctima». Pero hacer estar a alguien  en la cárcel, en el manicomio o en un CIE por lo que es y no por lo que hace, signifi ca haber dado el primer paso de la lógica de los campos de concentración.

Ser abolicionista es simplemente estar convencido de la imposibilidad de reforma del sistema penal. No puedo ser extremista en el ámbito político porque quiero hacer todo lo que sea posible en el presente para que haya menos cárceles y tribunales de conciencia. Por eso, el abolicionismo
es extremista en el ámbito cultural, porque para realizarse tiene que exigir un cambio de mentalidad, una puesta en discusión de sí mismo, una mirada diferente sobre la miopía de la sumisión voluntaria: a partir del rechazo del muy antiguo rito del chivo expiatorio sobre el  que se funda nuestra civilización y que nos hace a todos ciegos, arrastrándonos a un camino suicida.

La esperanza es todo aquello que no se basa en el cálculo, decía el historiador holandés Huizinga (que murió  en un campo de concentración nazi), y los cálculos crean no pocos desastres e ilusiones, nos dice la crisis actual.

 

Vincenzo Guagliardo (De los dolores y las penas, 1997)

Fotografía: Lalo de Almeida

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