La conducta espectacular del “aspirante a rebelde”

Incluso las actividades que podrían amenazar la propia existencia del espectáculo se pueden integrar dentro de los confines de los estilos de vida mercantiles, y, para los situacionistas, la colonización de los gestos más radicales constituía uno de los mecanismos de control más sútiles del espectáculo. El de comunista y de rebelde pueden consumirse tan fácilmente como todos los demás papeles, y su aspecto espectacular descarta cualquier posibilidad de vivirlos de verdad. Uno no puede ser un rebelde de verdad, pero puede adoptar y consumir la imagen del rebelde, manifiesta sobretodo en las mercancías materiales -insignias, camisetas, carteles, cortes de pelo-, para provecho del sistema entero. La disensión es convertida en un espectáculo más, y los rebeldes se convierten en espectadores de su propia rebeldía, consumen la vida en la que desean participar, y se introducen en un papel seductor en el que en realidad no pueden afectar a nada: “toda realidad individual, al depender directamente del poder social y venir su expresión determinada completamente por ese poder, ha adoptado un carácter social. En realidad, únicamente en tanto que la realidad individual no existe, se permite su expresión“. Habiendo comprado las prendas adecuadas y leído los libros indicados, el aspirante a rebelde se encuentra apoyando sin querer las relaciones mercantiles. Consumidores de la lucha y mirones de una revolución lejana, se les presenta una serie de caminos predeterminados: hay partidos a los uno que puede unirse, periódicos que se pueden vender, mitines a los que se puede asistir y manifestaciones en las que se puede intervenir. Incluso para el activista más sincero, la imagen del revolucionario, del líder del sindicato u organizador de un partido tiene una fuerza seductora propia que menoscaba la realidad de su compromiso político. La insatisfacción, escribió Debord, “se convierte en una mercancía en cuanto la economía de la opulencia encuentra la manera de aplicar sus métodos de producción a esa materia prima en concreto”. Hasta el adicto a la heroína, el hooligan, el graffitero y el truhán se ofrecen como opciones predefinidas a los desencantados, quienes, al esforzarse por escapar de la alienación a una expresión de individualidad, son acomodados en un papel de enemigo y apartados de los papeles de los que intentan escapar. Cualquier cosa que surja dentro del espectáculo, está sujeta a su equivalencia, e incluso la acción más hostil puede emplearse para reproducir la enajenación del todo.

Sadie Plant (El gesto más radical, Fragmento, 1992)

Traducción: Guillermo López Gallego

 

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