El más bello acto de amor

Odiá con la misma intensidad que un bebe odia a su madre
aquel día que lo sacan de ese supuesto microclima placentero que llaman panza.

Estoy convencido que si aquel niño tuviera fuerzas para sostener un cuchillo con la mano,
le daría muerte, en ese preciso instante, a ese ser tan despreciable que lo acaba de engendrar.

Odiá como odia quien no tiene otra salida más que la de vivir.
Odiá como odian aquellos a quienes no les preguntaron si querían.
A quienes no les preguntaron si realmente aceptaban esta realidad tan miserable,
tan fría, tan hostil, tan fatalmente moribunda.

Esta mañana, como todas las mañanas de mi vida, me detuve en la esquina norte del parque donde el camino hace un recodo para darle vida a la alcantarilla que emerge de las profundidades urbanas. Apoyé mis rodillas sobre el suelo, entre jirones de bolsas sucias y viejos pañales enrollados, y acerqué mi oreja a la Escoria que justo se asomaba.
La encontré profundamente excitada.
Al verme, se abalanzó sobre mí y a los gritos me preguntó:
“¿Te acordás de aquel bebé maravilloso del que hablabas? ¿¡Te acordás, no!?”.
Y luego de que yo le afirmara con la cabeza, continuó diciendo:
“Bueno… sí tuvo la fuerza para sostener el cuchillo que traía consigo desde las entrañas de su madre. Sí tuvo la fuerza y el coraje que se necesitan para darle muerte a tanta muerte.
Para darle vida a tanto desfallecimiento, a tanto dolor inconmensurable.

Tendrías que haberlo visto elevarse sobre los hombros de su madre y blandir la cuchilla filosa con el mismo encanto con el que Dalí tomaba un pincel, con la misma elegancia con la que Maldoror se paseaba por el jardín de las tullerías.

Tendrías que haberlo visto. Su rostro, enternecido por la belleza del acto.
Sus ojos, enormes y brillosos. El grito de desenfreno. El aullido de lobo.
Y la sagacidad, la tenacidad, con que finalmente bajó la mano que envolvía por el mango aquella hoja filosa, dadora de vida, de eternidad, de infinito, para ensartarla finalmente en el centro del pecho de su madre, logrando que la punta atravesara los tejidos de su corazón.

Una y otra vez, envuelto en un violento frenesí, subía y bajaba su mano.
Una y otra vez, el cuchillo penetraba en el cuerpo de su madre.
Una y otra vez, la vida, afirmándose sobre la muerte.
Una y otra vez, para que al fin el rojo enchastre desnude la ridícula sala vestida de blanco.

Tendrías que haberlo visto. Eran gritos de sangre. Eran chillidos de sangre dando saltos desde el cuerpo de aquella mujer directo hacia mi cara, penetrando mis pestañas hasta empantanarme los ojos.

Por un instante, quedé totalmente ciega y la sangre llegó hasta mis labios, colmándome de una dulzura jamás experimentada. Junté mis labios, me los mordí y los saboreé con la lengua. Acerqué mis dedos y repasé con las yemas el contorno de mi boca. Estaba profundamente erotizada. Nunca había presenciado cómo mataban a dios”.

Alejandro Castellani (La Palabra Encarnada, Ediciones Aula 28).

LTF Abolicionismo de la Cultura Represiva.

Fotografía original: Joel Peter Witkin.

 

 

 

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