El rey Rachord

En el año 699 los frisones aceptaron convertirse al cristianismo. En el mes de marzo del año 700, el primer día del año, el rey Rachord, el primero entre los frisones, ante la asamblea de sus tribus, se preparó para recibir el bautismo. Ya estaba completamente desnudo, había puesto un pie en la fuente, presa de dudas, vacilando en sumergir el otro pie en el agua que estaba bendita, preguntó con inquietud al cura que se disponía a ungirlo:

-Pero, ¿dónde están los míos?

No hubo respuesta.

Entonces el rey de los frisones alzó la vista. Miró al sacerdote cristiano. Este último permaneció inmóvil. Había empezado a levantar la mano. Se disponía a tirar la sal alrededor del hombre que iba a sumergirse para espantar a los demonios.

El rey repitió su pregunta:

-¿Dónde está la mayoría de mis ancestros?

El hombre de dios, siempre silencioso, obstinadamente silencioso, mantuvo su mano llena de sal blanca levantada en el aire encima de la pileta, esperando a que el rey de los frisones se terminara de arrodillar.

Rachord, irritado, alzó la voz. Repitió por tercera vez su pregunta aclarándola. ¿Dónde estaban sus antepasados? Sus ancestros, ¿estaban en el infierno? ¿estaban en el paraíso?

El cura terminó girando su cara hacia Rachord.

Pronunció la palabra INFIERNO.

Cuando supo que todos los reyes que lo habían precedido y que la mayoría de los miembros de su parentela estaban en el infierno, el rey Rachord sacó de la pileta el pie que había introducido. Se alejó del cura, de los monjes, de la pileta bautismal. Fue al encuentro de sus caballeros que permanecían en la primera línea de la asamblea. Les dijo en voz baja:

-Es más santo seguir a la mayoría antes que a la minoría.

Y abandonó la iglesia sin darse vuelta. Pero fue el único de todos los frisones que actuó de esa manera. No sólo ninguno de sus súbditos lo siguió, sino que tampoco ninguno de sus caballeros imitó su ejemplo. Incluso el compañero que andaba a su lado sobre su caballo en las batallas se negó a acompañarlo.

Pasaron tres días.

El cuarto día, el rey Rachord no despertó. Descubrieron que había muerto. Su boca se había vuelto negra.

Pascal Quignard (Morir por pensar, Capítulo 1, 2014)

Traducción: Silvio Mattoni

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