El sonámbulo y el cucú

El sistema dominante basa su razón de ser en el mantenimiento del statu quo. En la sensación de que todo marcha bien. En la convicción de que tarde o temprano cada uno de nosotros descubrirá que nada es mejor que lo que tenemos. En el mesiánico pronóstico de la resignación.

“De joven quise cambiar el mundo pero el mundo me terminó cambiando a mí”. Leo esta frase en un baño público de Constitución bajo la atenta mirada de un hombre cansado. Lavo mis manos. Enjuago mis ojos. Camino. De noche, todos los gatos son pardos.

Especulación. Plurales singularizados. “Únicos”, “Omnipotentes” y “Perfectos” humanizados bajo diferentes leyendas: monarca, jefe, príncipe, líder, presidente. Verticalidad unívoca, sensación de que “todo tiene que ver con todo”. Baldosas renegridas, poca luz. Zona peligrosa. Droga, mendicidad, chantaje.

Mastico la problemática social. La devoro. Me divierte pensarme fantasma, casi transparente.  Juez y parte de mi propia enemistad con la neutralidad. Paso inadvertido. Sapo de este pozo, camaleón moderno. Mi cara de pocos amigos asegura –al menos en principio- un tránsito citadino relativamente tranquilo. La plaza apenas iluminada, sabe a campo de batalla. Utopía a miles de kilómetros, supervivencia al alcance de las manos.

Por enésima vez reorganizo mis ideas, matizo mi bronca con humor absurdo y me niego a asimilar como propia la fatal oración sobre aquel mingitorio:

¿Qué hacer? ¿Qué hago? ¿Invento una forma universal de militancia? ¿Predico? ¿Destruyo incansablemente todo aquello que me parece ´malo´? ¿Vendo mis ideas al mejor postor? ¿Me dejo de joder y me dedico de lleno a mi profesión, que para-algo-estudié-seis-años-en-la-Facultad-de-Derecho-de-la-Universidad-de-Buenos-Aires? ¿Investigo, lleno de pergaminos mi currículum y doy clases vorazmente sintiéndome Robin Williams en la Sociedad de los Poetas Muertos?

Una mujer hermosa, parada en una esquina ofreciendo su cuerpo, me clava la mirada en busca de un poco de sexo. Por un billete con la cara de un genocida decimonónico ella me daría –de acuerdo a sus propias palabras- todo lo que yo le pidiera. Su promesa es tentadora. No obstante, sólo me limito a preguntarle su opinión sobre el tema que por estas horas monopoliza mi cerebro. Su respuesta es contundente: “Si no tenés plata, andate. No seas pajero”.

Maxi Postay (La sábana desnuda, Ediciones Aula 28)

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.

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