Elogio del escombro, elogio del gerundio

Un recorrido, un trayecto, una búsqueda. Del abolicionismo penal al abolicionismo penal latinoamericano y del abolicionismo penal latinoamericano al abolicionismo de la cultura represiva.

La militancia es una búsqueda constante. Exploración, incertidumbre, frenesí. El “arder en preguntas” del que nos habla Artaud. La militancia es duda, movimiento, mutación, tránsito perpetuo. Aprendizaje permanente. Devenir inacabado. La militancia es jactancia de deformación. Un desafío. Una oportunidad. Un misterio.

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En el año 2006 descubrí el abolicionismo penal nórdico-europeo. Hasta entonces, nunca antes había imaginado la posibilidad de vivir en un mundo sin cárceles y sin sistema penal. Louk Hulsman, Thomas Mathiesen y Nils Christie fueron los responsables de mis primeros acercamientos con esta perspectiva, con esta manera (tan particular y revolucionaria) de entender el abordaje de la conflictividad social.

Fue tan grande el impacto que estas ideas tuvieron en mí que, poco tiempo después, a mediados del año 2008, viajé a Barcelona para  hacer un máster en criminología, con el único objetivo de sumar herramientas y profundizar “la propuesta”. Eran épocas en las que todavía seguía sintiendo cierta atracción por el (mi) rol  de abogado/jurista/criminólogo, el estado de derecho y la academia. Eran épocas en las que creía cosas que hoy no creo, pensaba cosas que hoy no pienso, deseaba cosas que hoy –probablemente- hasta me generen repulsión.

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Pero cómo negar el pasado si el pasado me trajo hasta aquí. Pero cómo negar el pasado y jactarme del aquí (y sólo del aquí) si el aquí tiene destino irremediable de pasado. Elogio del gerundio.

¿Existe el pasado? ¿Existe el presente? ¿Existe el futuro?

De acuerdo a los artilugios (siempre deterministas) del calendario dominante, entre 2006 y 2018 transcurrieron doce años.

Pero, ¿qué son doce años? ¿qué representan? O mejor, reformulo la pregunta: ¿cuántas veces maté, cuántas veces morí, entre el año 2006 y el año 2018? Elogio del escombro.

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En Barcelona conocí de cerca las miserias de los popes de la criminología crítica. En Barcelona potencié mi relación con el anarquismo. En Barcelona advertí que pensar “desde Europa” (y sólo “desde Europa”) tiene serias limitaciones, que existe algo que se llama “eurocentrismo”, que existe algo que se llama “colonialismo cultural”. En Barcelona empecé a delinear fuertemente la idea de un abolicionismo penal latinoamericano. En Barcelona sentí profundas ganas de volver a la Argentina y contactarme con abolicionistas autóctonos, locales, con abolicionistas nacidos en “la patria grande”, con abolicionistas capaces de forjar un “abolicionismo regional”. En Barcelona surgió la idea de realizar un libro/compilado, únicamente escrito por autores latinoamericanos (libro que, finalmente, vio la luz en el año 2012). En Barcelona, Louk Hulsman, Thomas Mathiesen y Nils Christie dejaron de ser “un fin en sí mismo”, fueron bajados del pequeño altar en el que –casi inconscientemente- los había colocado, fueron juzgados, demolidos y reinventados. Dejaron de ser una suerte de “santísima trinidad abolicionista” para pasar a ser una herramienta más. Ni más ni menos. Una herramientas más, entre muchísimas otras. En Barcelona me la pasé leyendo por mi cuenta. En la facultad, en bibliotecas barriales o donde se presentara la oportunidad para hacerlo. En Barcelona me descubrí por primera vez “autodidacta”. Leí lo que tuve ganas, no lo que mis profesores me pedían que lea. Al máster nunca le di demasiada importancia pero, inobjetablemente, y al menos en este sentido, a ese año en Barcelona lo aproveché con muchísima intensidad.

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Pero la “Patria Grande” no es la panacea. Pero la “patria grande” no es el paraíso. Pero la “patria grande” no es ni el súmmum ni el Olimpo, ni la más icónica, representativa y poderosa de las rupturas disponibles. Porque pensar “desde la patria grande” (y sólo “desde la patria grande”) es tan estúpido y primitivo como pensar “desde Europa” (y sólo “desde Europa”). Suena bien. Convincente. Por momentos, hasta puede resultarnos conmovedor. Pero detrás de sus consignas pegadizas, de su épica, de su retórica de masas, sólo hay humo, vacuidad y simplificación. Conservadurismo. Statu quo. Un nuevo mesías que cambia cruces por motocicletas. Un nuevo mesías que ya no habla desde una montaña, luego del retiro en el desierto, sino desde un balcón en una casa de gobierno, luego del retiro en el exilio. Un nuevo rebaño que ama sólo al prójimo, al próximo, al parecido. Un nuevo rebaño que identifica las categorías “prójimo”, “próximo”, “parecido” con variables vinculadas a la nacionalidad de las personas.

Nacer en un territorio X no es mucho más que un acto fortuito. Tengo más cosas en común con un esquimal que se cuestiona sus “costumbres” en Groenlandia, que con mi vecino “Alberto”, orgulloso de votar a Macri y ser un excelente “padre de familia”.

¿Qué es Europa? ¿Qué es la “Patria Grande”? ¿Qué es Groenlandia? ¿Existe algo así como “los europeos”? ¿Existe algo así como “los latinoamericanos”? ¿Existe algo así como “los peruanos”? ¿Existe algo así como “los argentinos”? ¿Existe algo así como “los esquimales”? Muerte a las categorías universales. Muerte a los esencialismos. Muerte a los determinismos. Muerte al amor devocional por las identidades estáticas.

Patria, páter, padre, patriarcado. Pensar desde “categorías universales” (esencialistas/deterministas/estáticas) no es azar, sino consecuencia. Consecuencia de tradiciones muy específicas que quieren que pensemos/sintamos/creamos (no creemos) -única y exclusivamente- desde la preexistencia totalitaria de un corsé, de una jaula “epistemológica”, de un listado gigantesco de mandatos. Comprender en profundidad dichas tradiciones (comprender y destruirlas; comprender e intentar visibilizar el fraude permanente en el que intentan sumirnos; comprender, destruir, visibilizar –a su vez- ese gigantesca listado de mandatos, cual cadenas que esclavizan y someten) es lo que a partir del año 2015, propició/motivó el “surgimiento” de lo que, desde LTF, denominamos “abolicionismo de la cultura represiva”.

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Porque San Martín y Bolívar y Fidel Castro y Hugo Chávez también son carceleros, también son limitantes. Porque San Martín y Bolívar y Fidel Castro y Hugo Chávez también deben bajarse de su pedestal. Y si no quieren bajarse por su cuenta, hay que bajarlos por la fuerza. Y si no quieren bajarse por su cuenta, hay que bajarlos con un tiro en la cabeza.

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El abolicionismo penal latinoamericano fue un desarrollo interesante, pero insuficiente. Nos permitió generar lindos intercambios, conocer gente valiosa en Colombia, Venezuela, Brasil, Uruguay y otros lugares, pero no pudo contener/contentar/complacer de modo satisfactorio la voracidad de una curiosidad (la nuestra) que nunca paró de multiplicarse, que nunca paró de resignificarse. Que nunca paró de ser gerundio. Que nunca paró de demoler edificios. De propiciar escenarios de demolición.

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Me gusta pensar en el abolicionismo de la cultura represiva como la consecuencia (más radical y “abarcativa” posible) de años de insatisfacciones acumuladas. Me gusta pensar en el abolicionismo de la cultura represiva como una perspectiva insaciable.

Me quedo con una frase de tu libro El complot de las esdrújulas: “de todas las ingenierías posibles prefiero la de la superposición, así destruí mis rascacielos”. Como explicación, me parece brillante. Precisa. Contundente.

Grafiquémoslo de este modo:

Estudiar derecho penal (y sensibilidades muy propias de los suelos y subsuelos de cada uno de nosotros) nos conecta primigeniamente  con la cárcel. Allí radica, casi por completo, nuestra militancia germinal.  Nuestras inquietudes más básicas. Pero la cárcel no está sola. La cárcel no es una isla. La cárcel es parte de un sistema. De un sistema penal. De un sistema penal que define quien debe ir a la cárcel y quien no debe hacerlo. Avanzamos un casillero. Comprender que la cárcel no es una isla y que es parte de un sistema penal, nos conecta –a su vez- con el resto de los “componentes” de ese sistema penal: legisladores (que definen qué es “delito” y qué no es “delito”), jueces (que definen a quiénes se debe castigar y a quiénes no y cómo se debe materializar el correspondiente castigo), policías (qué definen a quiénes se debe perseguir y a quiénes no, o que operan condicionados por definiciones preexistentes), medios masivos de comunicación (que definen –o intentan definir- el imaginario colectivo que habrá de pergeñarse alrededor de esta casuística, naturalizando el elemento –siempre arbitrario- de las definiciones referidas o –dicho en otros términos- aspirando a que las definiciones referidas no sean asumidas como tales por la opinión pública), etc. Pero el sistema penal tampoco está solo. Tampoco es una isla (ni siquiera un archipiélago). El sistema penal pertenece a un Estado. Un Estado del que se desprenden instituciones muy similares, con funcionamientos, cuyas lógicas operativas son prácticamente equivalentes. Segunda superposición. El hecho de que LTF se llame LTF (es decir, “locos, tumberos y faloperos”) y que durante sus primeros años nos hayamos dedicado exclusivamente a las temáticas “locura”, “cárceles” y “drogas”, responde precisamente a lo antedicho. Pero el problema no es sólo la cárcel, no es sólo el manicomio y, mucho menos, no es sólo que la marihuana o la cocaína sean sustancias prohibidas y el alcohol y el tabaco no. Vayamos por más. Ampliemos el espectro. Amplifiquemos nuestra caja de resonancia (o mejor, rompamos la caja). Quizás el problema sea el Estado en su conjunto. Quizás el problema sea lo que el Estado representa. Lo que el Estado presupone. El maldito leviatán y su pasión por proteger al poderoso. El maldito leviatán y su pasión por someter al que carece de poder. ¿Y por fuera del Estado? ¿Todo depende del Estado? ¿Todo está relacionado con el Estado? ¿Todo está relacionado con las instituciones formales que se desprenden del Estado? ¿Todos nuestros males surgieron a partir de la creación del Estado? Cuarta superposición. O tal vez quinta. O tal vez sexta. Perdí la cuenta. Porque la familia también es encierro. Porque la educación también es normalidad (o pretensión de normalidad). Y el trabajo, postergación y sacrificio. Y el sexo, pacatismo y culpa. Y la reflexión (el conocimiento), mera acumulación de pergaminos disciplinantes., cual adornos carreristas, con destino de CV.

Porque los mismos que definen qué es delito y qué no es delito, son los que definen qué es enfermedad mental y qué no es enfermedad mental, son los que definen qué droga es legal y qué droga es ilegal, son los que definen los pormenores de nuestra lengua, las reglas lexicográficas que condicionan nuestra manera de comunicarnos, son los que definen qué posición sexual es la más satisfactoria, son los que definen nuestra sexualidad, nuestro género, nuestra manera de coger, nuestra manera de alimentarnos, nuestra manera de entretenernos, son los que definen (definieron y siguen definiendo) que todo –absolutamente todo- debe partirse por la mitad. Son los que inventaron (o en su defecto, naturalizaron) la “lógica binaria”. Luz y oscuridad. Puros e impuros. Blancos y negros. Hombres y mujeres. Son los que inventaron (o en su defecto, naturalizaron) “la búsqueda de la verdad” como el mejor/mayor de los deseos. Son los que mataron el deseo. Son los que mataron el placer. El placer y la duda. Son los que sostienen que la verdad (su verdad) es la única verdad. Son los que ganaron la batalla cultural, imponiendo “sus” tradiciones (como las mejores tradiciones posibles), a costa de silenciar, convertir, banalizar, exterminar las tradiciones de los que ellos definieron como los “otros”. En definitiva, los que mandan. Porque sólo “los que mandan” forjan “mandatos”. Los mandatos de los que hablamos hace un rato. Los mandatos que debemos destruir.

Entrevista de Belén Maletti a Maxi Postay, realizada en septiembre de 2018 (extractos escogidos)

1 Comentario

  1. Hola. Es plausible la idea abstracta de pretenderse un pensador “mas abarcativo”. Pero el intento de filosofia reflexiva y cuestionadora encuentra su muerte en la contradicción de la tentativa de dar muerte a lo que el autor constantemente hace nacer.

    Plausible la valentia de escribir. Hasta ahí. Todo lo demás merece mayor proyección de análisis para pretender exponerlo con aires de “universalidad”.

    Saludos.

    Diego.
    Diegoencina1985@gmail.com

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