Es tiempo de abandonar el mundo de los civilizados

Lo que hemos emprendido no debe ser confundido con ninguna otra cosa, no puede quedar limitado a la expresión de un pensamiento, y menos aún a lo que es precisamente considerado como arte.

Es necesario producir y comer: muchas cosas son necesarias y no por ello son “algo”, y lo mismo ocurre con la agitación política.

¿Quién piensa, antes de haber luchado hasta el fin, en dejarles sitio a hombres que es imposible mirar sin experimentar la necesidad de destruirlos? Pero si nada pudiera encontrarse más allá de la actividad política, la avidez humana solamente se enfrentaría con el vacío.

Somos ferozmente religiosos  y, en la medida en que nuestra existencia es la condena de todo lo que hoy se reconoce, una exigencia interior reclama que seamos igualmente imperiosos.

Lo que emprendemos es una guerra.

Es tiempo de abandonar el mundo de los civilizados y su luz. Es demasiado tarde para pretender ser razonable e instruido, pues esto condujo a una vida sin atractivos. Secretamente o no, es necesario convertirnos en otros o dejar de ser.

El mundo al que hemos pertenecido no propone nada para amar más allá de cada insuficiencia individual: su existencia se limita a su comodidad. Un mundo que no puede ser amado hasta morir –de la misma manera que un hombre ama a una mujer- representa solamente el interés y la obligación hacia el trabajo.

Si se compara con los mundos desaparecidos, es odioso y aparece como el más fallido de todos.

En los mundos desaparecidos fue posible perderse en el éxtasis, lo que es imposible en el mundo de la vulgaridad instruida. Las ventajas de la civilización son compensadas por la manera en que los hombres las aprovechan: los hombres actuales las aprovechan para convertirse en los más degradantes de todos los seres que han existido.

La vida tiene siempre lugar en un tumulto sin cohesión aparente, pero no encuentra su grandeza y su realidad más que en el éxtasis y en el amor extático. Quien se obstina en ignorar o en desconocer el éxtasis es un ser incompleto cuyo pensamiento se reduce al análisis.

La existencia no es solamente un vacío agitado, es una danza que obliga a bailar con fanatismo. El pensamiento que no tiene por objeto un fragmento muerto existe interiormente de la misma manera que las llamas.

Es preciso volverse lo bastante firme e inquebrantable como para que la existencia del mundo de la civilización parezca finalmente incierta. Es inútil responder a aquellos que pueden creer en la existencia de ese mundo y lo toman como pretexto: si hablan, es posible mirarlos sin escucharlos e, incluso cuando se los mira, no “ver” sino lo que existe lejos detrás de ellos.

Es preciso rechazar el aburrimiento y vivir solamente de lo que fascina.

En ese camino sería vano agitarse y buscar atraer a aquellos que tienen  veleidades tales como pasar el tiempo, reír o convertirse individualmente en “raros”.

Es preciso aventurarse en él sin mirar hacia atrás y sin tener en cuenta a aquellos que no tienen la fuerza para olvidar la realidad inmediata.

La vida humana está  harta de servir de cabeza y de razón al universo.

En la medida en que se convierte en esa cabeza y en esa razón, en la medida en que se convierte en necesaria para el universo, acepta una servidumbre.

Si no es libre, la existencia se convierte en vacía o neutra, y si es libre es un juego.

La Tierra, mientras engendraba solamente cataclismos, árboles o pájaros, era un universo libre: la fascinación de la libertad se empañó cuando la Tierra produjo un ser que exigía la necesidad como ley por encima del universo. El hombre siguió siendo sin embargo libre de no responder a ninguna necesidad: es libre de parecerse a todo lo que no es él mismo en el universo. Puede apartar el pensamiento de que él o Dios son quiénes impiden que el resto de las cosas sean absurdas.

El hombre escapó de su cabeza como el condenado de la prisión.

Encontró más allá de sí mismo no a Dios, que es la prohibición del crimen, sino a un ser que ignora la prohibición.

Más allá de lo que soy, encuentro un ser que me hace reír porque no tiene cabeza, que me llena de angustia porque está hecho de inocencia y de crimen: sostiene un arma de hierro en su mano izquierda, llamas que parecen un corazón de sacrificio en su mano derecha. Reúne en una misma erupción el Nacimiento y la Muerte. No es un hombre. Tampoco es un dios. No es yo, pero es más yo que yo: su vientre es el dédalo en el que se perdió a sí mismo, en el que me pierdo con él y en el cual me vuelvo a encontrar siendo él, es decir, monstruo.

Georges Bataille (La conjuración sagrada, a modo de presentación, Revista Acephale N° 1, Tossa, 29 de abril de 1936)

Ilustración original: Revista Acephale

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