Fantasmas

Ser quimérico y vano, cuyo solo nombre ha hecho correr más sangre sobre la superficie del globo como ninguna guerra política lo haya hecho jamás: ¡Retorna a la nada, de donde la loca esperanza de los hombres y su ridículo temor osaron, por desgracia, hacer salir!
Apareciste solo para suplicio del género humano. ¡Cuántos crímenes se hubiera ahorrado la tierra, si se hubiese degollado al primer imbécil que se le ocurrió hablar de ti!
Muéstrate, si es que existes; sobre todo, no soportes que una débil criatura se atreva a insultarte, a desafiarte, a burlarse de ti como yo lo hago; que ose negar tus maravillas y reírse de tu existencia.
¡Vil fabricante de pretendidos milagros! Haz solamente uno, para probarnos que existes.
Muéstrate, no en una zarza ardiente, como se dice, te apareciste al bueno de Moisés; no sobre una montaña, como dicen te mostraste al vil leproso que se decía tu hijo, sino junto al astro del que te sirves para alumbrar a los hombres: que a sus ojos, tu mano parezca guiarlo.
Este acto universal, decisivo, no te debe costar más que todos los prestigios ocultos que, según dicen, realizas todos los días. Tu gloria depende de él; atrévete a hacerlo o deja entonces de extrañarte de que todos los buenos espíritus nieguen tu poder y se sustraigan a tus pretendidos impulsos, a las fábulas, en una palabra, que cuentan de ti aquellos que se ceban como cerdos, predicándonos tu fastidiosa existencia y que semejantes a esos sacerdotes del paganismo, alimentados con las víctimas inmoladas en los altares, exaltan a su ídolo sólo para multiplicar los holocaustos.
Sacerdotes del falso Dios que cantó Fenelon: erais felices en ese tiempo, incitando desde la sombra a los ciudadanos a la rebelión. A pesar del horror que la Iglesia afirma tener por la sangre, guiabais a los frenéticos que derramaban la de vuestros compatriotas, trepando a los árboles para dirigir vuestros golpes con menor peligro. Tal era por entonces vuestra única manera de predicar la doctrina de Cristo, dios de paz; pero desde que os cubre de oro por servirlo, contentos de no tener que arriesgar más vuestros días por su causa, es mediante bajezas y engaños que defendéis su quimera. ¡Ah!, si ella pudiera desvanecerse junto con vosotros para siempre. Y que jamás volvieran a ser pronunciadas las palabras “Dios y religión”. Entonces los hombres pacíficos, sin más preocupación en adelante que su felicidad, comprenderían que la moral que la funda no necesita de fábulas para afirmarla; y que se deshonra y marchita a las virtudes sacrificándolas sobre los altares de un Dios ridículo y vano, que pulveriza el más ligero examen de la razón.
¡Desvanécete entonces, repugnante quimera!
¡Retorna a las tinieblas donde naciste! ¡No vuelvas a ensuciar la memoria de los hombres, que tu execrable nombre no sea pronunciado más que en la blasfemia, y que sea librado al último suplicio el pérfido impostor que quisiera, en el porvenir, reimplantarte sobre la tierra!
Sobre todo, no hagas más estremecer de felicidad ni gritar de alegría a los obispos cebados con cien mil libras de rentas.
Este milagro no iguala al que te propongo, y si debes mostrarnos uno, que al menos sea digno de tu pretendida gloria.
¿Por qué ocultarte a los que te desean? ¿Temes su espanto o su venganza?
¡Ah, monstruo! ¡Cuánto la mereces!
¿Valía la pena que los crearas para luego hundirlos, como lo haces, en un abismo de desdicha?
¿Es acaso con atrocidades que debes evidenciar tu poder?
Y tu mano que los aplasta, ¿no debe, en consecuencia, ser maldecida por ellos, execrable fantasma?
¡Haces bien en esconderte!, las imprecaciones lloverían sobre ti si alguna vez tu espantoso rostro se mostrara a los hombres; ¡los desgraciados, sublevados por la obra, harían polvo al obrero!
Débiles y absurdos mortales, enceguecidos por el error y el fanatismo, abandonad las peligrosas ilusiones en la que os sumergen la superstición tonsurada; reflexionad en el poderoso interés que ella tiene al ofreceros un Dios, en el valimiento que semejantes mentiras le otorgan sobre vuestros espíritus, y entonces veréis que semejantes bribones no pueden anunciar sino una quimera, e inversamente, que un fantasma tan degradante sólo puede estar precedido por bandidos.
Si vuestro corazón necesita de un culto, que se le ofrezca a los objetos palpables de sus pasiones: una cosa real los compensará, al menos, de ese homenaje natural.
Pero, ¿qué podéis experimentar después de dos o tres horas de mística deificada? ¡Una fría nada! ¡un vacío abominable que no habiendo suministrado nada a vuestros sentidos, los deja necesariamente en el mismo estado que si hubierais adorado sueños y sombras!
En efecto ¿cómo nuestros sentidos materiales pueden atarse a otra cosa que a la misma esencia de la cual están formados? Y nuestros adoradores de Dios, con su frívola espiritualidad que nada realiza, ¿no se asemejan todos acaso a Don Quijote, tomando molinos por gigantes?

Execrable aborto, debería abandonarte aquí mismo, librarte al desprecio que tú sólo inspiras y dejar de combatirte otra vez en los ensueños de Fenelon. Pero he prometido cumplir mi tarea; mantendré mi palabra, feliz si mis esfuerzos llegan a desarraigarte del corazón de tus imbéciles sectarios y pueden, poniendo un poco de razón en lugar de tus mentiras, terminar de destruir tus altares, para volver a sumergirlos para siempre en los abismos de la nada.

 

Marqués de Sade (1802)

Traducción: Mario Pellegrini

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