Ideología y enfermedad mental. Fragmento.

Hoy, particularmente en el rico mundo occidental, todas las dificultades y problemas de la vida se consideran afecciones psiquiátricas, y todas las personas (salvo la que hace el diagnóstico) están mentalmente enfermas.

En verdad, no exagero al decir que la vida misma se concibe ahora como una enfermedad que comienza con la concepción y termina con la muerte, y que requiere, en todas y cada una de las etapas del trayecto, la ayuda experta de los médicos, y en especial de los profesionales de la salud mental. El lector inteligente tal vez perciba aquí un detalle sutilmente familiar.

La moderna ideología psiquiátrica es una adaptación —para una era científica— de la ideología tradicional de la teología cristiana. En lugar de nacer pecador, el hombre nace enfermo. En lugar de ser la vida un valle de lágrimas, es un valle de enfermedades. Y así como en su trayectoria desde la cuna hasta la tumba el hombre era antes guiado por el sacerdote, ahora es guiado por el médico. En síntesis: mientras que en la Era de la Fe la ideología era cristiana, la tecnología era clerical y el experto era un sacerdote, en la Era de la Locura nos encontramos con que la ideología es médica, la tecnología es clínica y el experto es un psiquiatra. Por cierto, esta medicinización y psiquiatrización —y, en general, esta tecnificación— de los asuntos personales, sociales y políticos es, como a menudo se ha destacado, una característica prevaleciente de la moderna era burocrática.

Aquí he intentado captar en unas pocas oraciones sólo un aspecto, aunque un aspecto importante, de esta moderna ideología científico-tecnológica, a saber, la ideología de la cordura y la insania, de la salud mental y la enfermedad mental.

Como ya sugerí antes, esta ideología no es más que una vieja trampa presentada con nuevos artilugios. Los poderosos siempre han conspirado contra sus súbditos procurando mantener su cautiverio; y para alcanzar sus fines se han basado siempre en la fuerza y el fraude.

En verdad, cuanto más eficaz es la retórica justificatoria mediante la cual el opresor oculta y desfigura sus verdaderos objetivos y métodos —como ocurrió en el pasado con la justificación teológica de la tiranía y como ocurre en el presente con su justificación terapéutica—, tanto más logra el opresor, no solo someter a su víctima sino también despojarla de un lenguaje con el cual expresar su condición de víctima, convirtiéndola así en un cautivo privado de toda posibilidad de escape.

Esto es precisamente lo que ha conseguido la ideología de la insania en nuestros días. Ha conseguido privar a un gran número de personas —por momentos parecería que a casi todos— de un vocabulario propio en el cual encuadrar su  afligente situación sin rendir honores a una perspectiva psiquiátrica que menoscaba al hombre como persona y lo oprime como ciudadano.

Al igual que todas las demás ideologías, la ideología de la insania —trasmitida a través de la jerga cientificista de los «diagnósticos», «pronósticos» y «tratamientos» psiquiátricos, y materializada en el sistema burocrático de la psiquiatría institucional y sus campos de concentración denominados «hospitales neuropsiquiátricos»— encuentra su expresión característica en aquello a lo cual se opone: el compromiso con una imagen o definición oficialmente vedada de la «realidad». Los que llamamos «locos» han tomado posición, para bien o para mal, acerca de los problemas verdaderamente significativos de la vida cotidiana. Pueden estar acertados o equivocados, obrar con sensatez o con estupidez, ser santos o pecadores…  pero al menos no son neutrales.

El loco no murmura tímidamente que no sabe quién es, como quizá lo haría el «neurótico»; declara enfáticamente que es el Salvador o el descubridor de una nueva fórmula para lograr la paz mundial. De modo similar, la demente no acepta con resignación la insignificante identidad de una esclava doméstica, como lo haría su contrapartida «normal»: proclama con orgullo que es la Santa Virgen o la víctima de un vil complot tramado por su marido.

¿De qué manera enfrenta el psiquiatra al denominado «paciente» o a aquellos que han sido incriminados como enfermos mentales? ¿Cómo responde a sus reclamos y a los de aquellos que, por tener alguna relación con el paciente, se interesan por su estado? El psiquiatra se comporta ostensiblemente tal como se supone que debe comportarse el médico y científico que dice ser: permaneciendo «neutral» y «desapasionado» con respecto a las «enfermedades mentales» que él «diagnostica» y trata de «curar». ¿Pero qué sucede si estas «enfermedades» son en gran medida, como yo sostengo, conflictos humanos y sus productos? ¿Cómo puede un experto ayudar a su prójimo conflictuado permaneciendo fuera del conflicto? La respuesta es que no puede.

Así, mientras actúan ostensiblemente como científicos neutrales, los psiquiatras toman en realidad partido por uno de los bandos que intervienen en el conflicto y se oponen al otro. Por regla general, cuando el psiquiatra enfrenta conflictos sociales y éticos secundarios, como los que suelen presentarles los «pacientes neuróticos», apoya los intereses del paciente tal como este los define (y se opone a los intereses de aquellos con quienes el paciente está en conflicto) ; mientras que si enfrenta conflictos sociales y éticos de importancia, como los que suelen presentarles los «pacientes psicóticos», se opone a los intereses del paciente (y apoya los intereses de aquellos con quienes el paciente está en conflicto) .

Sin embargo —y esto es lo que quisiera destacar aquí—, en ambos casos los psiquiatras suelen ocultar y mistificar su toma de partido tras un manto de neutralidad terapéutica, sin admitir jamás que son los aliados o adversarios del paciente. En vez de amigo o enemigo, el psiquiatra se presenta como médico y científico. En vez de definir su intervención como beneficiosa o dañina, liberadora u opresora para el «paciente», insiste en definirla como un «diagnóstico» y «tratamiento de la enfermedad mental». Sostengo que es precisamente en este punto donde se puede discernir el fracaso moral y la incompetencia técnica del psiquiatra contemporáneo.

Thomas Szasz (Ideología y salud mental, 1970)

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