Inocencia

Hola… por estos días pervertidos de llanto y rebelión, de contraposición y de divisiones, de fanatismo absurdo de cualquier idea, de sexo no deseado, de pieles y carnes… te estuve recordando….

Me huele a los libros que ocupaban tu mitad de la cama, a la pecueca de tus cobijas y al almuerzo de mi tía, que a tu conveniencia lo dejaba en fuego bajo y se iba a fraternizar con las vecinas. Es perfecto cómo se me refleja ahora la media luz cómplice que entraba por tu ventana, la evoco porque siempre fue la misma, siempre fue de día, siempre “jugábamos” a la misma hora.

Yo estaba ávida de conocer eso que llamaban beso que salía en la tele y me hace pensar ahora cómo me encanta besar desde mis 4 años, habiendo empezado con tu boca y ese dejo de Parkinson q no me olvido. Yo era feliz, ya tenía alguien grande, que aprobaba lo que mi mamá decía que era para grandes. Nada más y nada menos que mi abuelo, ese señor tan culto que era visitado diariamente por los discípulos de la luz y la sabiduría. Entonces, yo contigo me sentía grande. Y así como crecía yo, lo hacían mis ganas de seguir descubriendo eso que me enseñabas, eso que el mundo escondía…

Yo no sabía que eso pequeño que tenías entre las piernas tenía un nombre importante y servía para hacer bien y mal, yo sólo te seguía y parecía que te hacía bien. Todas tus pautas del juego las aceptaba, y aunque me sabía literalmente amargo, estaba probando la realidad… ¡Claro! Como el mundo de afuera era malo y tú y yo éramos buenos, todo tenía que ser clandestino, y natural e instintivamente, me encantaba. Las reglas las pusiste tú, yo sólo me dejaba llevar por tus manos, que me exploraban, yo solo aceptaba que ese era el mundo y yo me sentía poderosa por tener nuestro secreto.

Ya con experiencia en besos pude pasar al siguiente nivel de chuparte, ahí, eso pequeño… eso que tiraba una cosa blanca que me indicaba que tu ganaste este round (yo no podía ganar), que ya culminaba todo y había que esperar al siguiente día a ver qué se te ocurría. Me dolían un poco esos dedos gordos y torpes adentro, pero era el juego, no iba a rendirme, desde tan pequeña lo sabía…

Un día, después de años, o no recuerdo mi concepción de tiempo cuando era niña, no quisiste jugar más, creo que era porque yo me volvía más grande y ya empezaba a querer poner mis patrones, empezabas a perder poder y yo comenzaba a darme cuenta que aquí la balanza se inclinaba hacia un sólo lado, ya estaba adquiriendo prejuicios, y esquemas de valores que dicta la sociedad. Cuando fui grande, y me empezaron a contar que ese juego tenía un nombre, y se llamaba sexo, y se hacía cuando uno tiene cierta edad, yo me sentía poderosa porque yo ya había jugado eso. Mis amigas inexpertas hablaban de una práctica y yo ya había tenido muchas eyaculaciones en mi carita, yo ya sabía a qué sabía lo salado y amargo de la vida. Siempre me sentí experimentada en el tema, pero cuando escuchaba a la sociedad, me sentía sucia, recordando algo que para mí era limpio y de sentir genuino.

Hoy cuando las personas se obligan unas a otras, para diferentes propósitos, de maneras violentas, tranquilas y absurdas, recuerdo que nuestro juego jamás fue violento, y que lo que yo quería era que nos “amaramos” como me decías siempre para iniciar nuestra travesura…. desde mis 4 años ya buscaba fervientemente el “amor”.

Precipitando bocanadas de aire en tu cama, con el ocaso de tu vida en mis narices, con tus libros, tu medio pie amputado que escondías y toda la familia alrededor, me miraste, “Que linda que eres” dijiste, “siempre te amé, y espero llevarme tu imagen a donde vaya”…todos lloraban después….. Esas palabras fueron como un decreto porque yo también me llevé los cuadros de nuestro juego, esa blancura derramándose en mi cara de niña feliz.

 

Tathyana Betancourt (Revista La Llaga, N°1). 

Imagen: Emiliano Ciarlante (Revista La Llaga, N°1).

 

 

 

 

 

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