Himno a los pederastas

¡Oh pederastas incomprensibles!, no seré yo el que lance denuestos contra vuestra degradación; no seré yo el que acuda para arrojar el desprecio en vuestro ano infundibuliforme. Basta con que las enfermedades vergonzosas y casi incurables que os asedian lleven consigo su infaltable castigo. Legisladores de instituciones estúpidas, inventores de una moral estrecha, alejaos de mí, pues yo soy un alma imparcial. Y vosotros jóvenes adolescentes o mejor, jovencitas, explicadme cómo y por qué (pero manteneos a una distancia conveniente, pues tampoco yo sé resistir a mis pasiones) la venganza germinó en vuestros corazones para prender en el flanco de la humanidad semejante guirnalda de heridas. Habéis hecho que se ruborizara de sus hijos a causa de vuestra conducta (que yo venero); el modo como os prostituís ofreciéndonos al primero que llega, pone en juego la lógica de los pensadores más profundos, en tanto que vuestra sensibilidad exagerada colma la medida de la estupefacción de la mujer misma. ¿Sois de naturaleza más terrestre o menos terrestre que vuestros semejantes? ¿Poseéis acaso un sexto sentido que a nosotros nos falta? No mintáis y decidnos cuáles son vuestros pensamientos. No es un interrogatorio lo que formulo, pues desde que frecuento como observador la sublimidad de vuestras inteligencias grandiosas, sé a qué atenerme. Que mi mano izquierda os bendiga, que mi mano derecha os santifique, ángeles protegidos por mi amor universal. Beso vuestros rostros, beso vuestros pechos, beso, con mis labios suaves, las diversas partes de vuestros cuerpos armoniosos y perfumados. ¿Por qué no me habéis dicho enseguida lo que erais, cristalizaciones de una belleza moral superior? Ha sido necesario que yo adivinase por mí mismo los innumerables tesoros de ternura y de castigo que ocultabas los latidos de vuestros corazones oprimidos. Pechos ornados de guirnaldas de rosas y de vetiver. Ha sido necesario que entreabriera vuestras piernas para conoceros y que mi boca se suspendiera de las insignias de vuestro pudor. Pero (cosa importante de exponer) no olvidéis lavar todos los días la piel de vuestras partes con agua caliente, pues de no ser así, chancros venéreos brotarían indefectiblemente en las comisuras hendidas de mis labios insaciables. ¡Oh! si en lugar de ser un infierno, el universo no hubiera sido más que un inmenso ano celeste, observad el ademán que hago en el lugar de mi bajo vientre: sí, yo hubiera hundido mi verga a través de su esfínter sangrante, destrozando con mis movimientos impetuosos las propias paredes de su recinto. El infortunio no habría soplado entonces, sobre mis ojos cegados, dunas enteras de arenas movedizas; yo habría descubierto el lugar subterráneo donde yace la verdad dormida, y los ríos de mi esperma viscoso hubieran encontrado de ese modo un océano adonde precipitarse. Pero ¿por qué me sorprendo a mí mismo anhelando un estado de cosas imaginario que nunca recibirá el sello de un cumplimiento ulterior? No nos tomemos el trabajo de construir hipótesis fugaces. Entre tanto, que venga a mi encuentro aquel que arde en deseos de compartir mi lecho; pero pongo una condición rigurosa a mi hospitalidad: es necesario que no tenga más de quince años. Por su parte, que no crea que tengo treinta; ¿qué importancia tiene eso? La edad no disminuye la intensidad de los sentimientos, muy lejos de eso; y aunque mis cabellos se hayan vuelto blancos como la nieve, no es por causa de la vejez, todo lo contrario, es por una causa que vosotros ya conocéis. En lo que a mí respecta, no amo a las mujeres. Ni tampoco a los hermafroditas. Necesito seres que se me parezcan, en cuyas frentes la nobleza humana esté señalada con los caracteres más netos e imborrables. ¿Estáis seguros de que aquellas que llevan largos cabellos tienen una naturaleza igual a la mía? No lo creo, y no renegaré de mi opinión. Una saliva salobre chorrea de mi boca, no sé por qué. ¿Quién quiere succionarla para que yo me vea libre de ella? Pero aumenta… aumenta siempre. Yo sé de qué se trata. He observado que cuando sorbo sangre de la garganta de los que se acuestan a mi lado (es un error que me consideren vampiro, pues se designa así a aquellos muertos que salen de tumbas; ahora bien, yo estoy vivo) devuelvo al día siguiente una parte por la boca; ésta es la explicación de la saliva infecta. ¿Qué queréis que haga si los órganos debilitados por el vicio se rehúsan a cumplir las funciones de nutrición? Pero no reveléis mis confidencias a nadie. No es en mi provecho que digo esto, es en el vuestro y en el de los otros, a fin de que el prestigio del secreto mantenga en los límites del deber y de la virtud a aquellos que imantados por la electricidad de lo desconocido, tuvieran la tentación de imitarme. Tened a bien observar mi boca (por el momento no tengo tiempo para emplear una fórmula de cortesía más extensa); desde el primer instante os llama la atención por el aspecto exterior de su estructura, sin recurrir a la serpiente en vuestras comparaciones; la causa está en que contraigo los tejidos hasta reducirlos al máximo, con el fin de hacer creer que poseo un carácter frío. El cual, como no ignoráis, es diametralmente lo opuesto. Lástima que no pueda yo mirar a través de estas páginas seráficas el rostro de quien me lee. Si no ha pasado la pubertad, que se acerque. Apriétame contra ti y no temas hacerme daño; ajustemos progresivamente los lazos de nuestros músculos. Todavía más. Creo que es inútil insistir; la opacidad, notable por más de un motivo, de esta hoja de papel, es uno de los obstáculos insuperables para el logro de nuestra completa unión. Yo experimenté siempre un infame capricho por la pálida juventud de los colegios y por los niños descoloridos de los talleres. Mis palabras no son la reminiscencia de un sueño, y yo tendría que desenredar demasiados recuerdos si me fuera impuesta la obligación de hacer desfilar ante vuestros ojos los acontecimientos que podrían sostener, con su testimonio, la veracidad de mi dolorosa afirmación. La justicia humana todavía no me ha sorprendido en flagrante delito, a pesar de la indiscutible habilidad de sus agentes. Yo mismo asesiné (no hace mucho tiempo) a un pederasta que no se prestaba con suficiente docilidad a mi pasión; arrojé su cadáver a un pozo abandonado, y no hay pruebas decisivas contra mí. ¿Por qué tiemblas de miedo, adolescente que me lees? ¿Crees que quiera hacer otro tanto contigo? Te muestras soberanamente injusto… Tienes razón: desconfía de mí, especialmente si eres hermoso. Mis partes ofrecen eternamente el espectáculo lúgubre de la turgescencia; nadie podrá sostener (¡y cuántos no se han acercado!) que las han visto en estado de calma normal, ni siquiera el limpiabotas que me dirigió allí una puñalada en un momento de delirio. ¡El ingrato! Yo cambio de ropa dos veces por semana, aunque no sea la limpieza el motivo principal de mi determinación. Si no obrara así, los miembros de la humanidad desaparecerían al cabo de algunos días en medio de prolongados combates. En efecto, cualquiera sea la comarca en que me encuentre, ellos me molestan continuamente con su presencia hasta llegar a lamer la superficie de mis pies. ¡Pero cuál es el poder de mis gotas seminales, que pueden atraer a todo aquello que respira y posee nervios olfativos! Vienen desde las orillas del Almazonas, atraviesan los valles que riega el Ganges, abandonan los líquenes polares, para emprender largos viajes en mi busca, preguntando a las ciudades inmóviles si no han visto pasar, un instante, a lo largo de sus murallas, a aquel cuyo esperma sagrado embalsama las montañas, los lagos, las malezas, los bosques, los promontorios y la amplitud de los mares. La desesperación de no poder encontrarme (me oculto secretamente en los sitios más inaccesibles, con objeto de encender su ardor) los empuja hacia los actos lamentables. Se disponen trescientos mil de cada lado, y el bramido de los cañones sirve de preludio a la batalla. Todas las alas se ponen en movimiento al mismo tiempo, como un solo guerrero. Los cuadros se forman e inmediatamente se desploman para no levantarse más. Los caballos espantados huyen en todas direcciones. Los cañonazos roturan la tierra como meteoros implacables. El teatro del combate no es sino una vasta carnicería en el momento en que la noche revela su presencia y la luna silenciosa aparece entre las rasgaduras de una nube. Señalándome con el dedo el espacio que abarcan diversos sitios poblados de cadáveres, el creciente vaporoso de ese astro me ordena considerar por un instante, como tema de concienzudas reflexiones, las funestas consecuencias que determina tras sí el hechizo del inexplicable talismán que me concedió la Providencia. Desgraciadamente,  ¡cuántos siglos serán todavía necesarios para que la raza humana perezca totalmente por obra de mi pérfido cepo! De este modo un espíritu hábil y nada jactancioso emplea, para alcanzar sus fines, los mismos medios que parecerían, en un principio, constituir obstáculos invencibles. Continuamente mi inteligencia se eleva hacia esa imponente cuestión, y vosotros sois testigos de que ya no me es posible reducirme al modesto tema que en un comienzo fue mi propósito tratar. Una última palabra… era una noche de invierno. Mientras el cierzo silbaba entre los abetos, el Creador abrió su puerta en medio de las tinieblas, e hizo entrar a un pederasta.

Isidore Ducasse (Los Cantos de Maldoror, Canto V, 1869)

Traducción: Aldo Pellegrini

Fotografía original: Mannequin de André Masson 

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