La crucifixión de Bécquer

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?

Sí. Yo te lo pregunto. Vehemente y desbocada. Capciosa y mercenaria. Soberbia y flatulenta. Ninfómana y mundana.

Levanto mis dos manos, depilo mis axilas, me paro sobre un banco de papel y –de repente, muy de repente- soy estruendo, revuelta borrascosa, acelga con coñac.

Destruyo centauros en medio de una selva de cenizas y a las pizarras las transformo en cocodrilos.

¿Nos conocemos? ¿Me conocés? ¿Querés hacerlo? ¿Podrás hacerlo? Ni lo intentes.

Mirame más allá de mis pupilas. Mirame más allá de mis pezones. Mirame más allá de mis pupilas, mis pezones y mis lágrimas de leche. Sumame en la resta de ese absurdo movimiento de tus labios o cortate la lengua. Hacele un favor a cristo. A tu cristo. A tu calvario. No me cosifiques. Me arranco los ojos y te los regalo un veinticinco de diciembre envueltos en papel celofán. Creeme. Hoy son azules. Mañana serán negros. No me cosifiques. Respetame o no lo hagas. Observame o morite ahogado, suicidate. A esta altura da lo mismo.

Pregunto y pregunto, retórica y magnética.

Estoy cansada. Muy cansada. Postrada en escaleras espirales, en medio de un pinar enmohecido y un río de navajas oxidadas, doy vueltas en alquimias evangélicas y a cambio sólo espero tu silencio.

Grotesca providencia. Zoológica razón mascando huesos.

Delirio místico, deshielo, punto g.

Sistema inmunológico eficiente. Fatal escalofrío ciudadano.

Llanura de camino hacia tus sienes, me acusan de soberbia los burócratas. Bosquejo de serpientes en tu pelo, me acusan de superflua los autistas.

No hay nada más categórico que el tiempo disfrazado de unicornio. Nada más perfectamente colosal que desandar atriles muertos inmersos en el caos de tu senil protuberancia patriarcal. Tu semen no es agua bendita. Tu semen, más bien, me recuerda al cianuro.

Si. Yo te lo pregunto. Y no tenés ni idea qué responderme. Estoy harta de tu reduccionismo, de tu simplificación. De tus sonidos gangosos, de tu histrionismo vacuo, de tu oquedad simbiótica.  De tus muecas conservadas en formol. No soy tu fetiche. Mucho menos tu objeto. Yo te lo pregunto y al hacerlo te dejo en evidencia, te desnudo en tu plaza central más miserable, te ridiculizo rozando tus testículos con cañas de bambú, exfoliando la piel seca de tus muslos, encolerizando párpados que -intrépidos e inertes- sofocan tu cadencia en dramáticos fenómenos bursátiles.

Te hechizo, te torturo, te maldigo, profecía autocumplida de las brujas.

Tomo la palabra, gestualizo con histeria y hasta un hipopótamo defecando me entiende más que vos. Su empatía fisiológica me excita. Recorta mis pezuñas, minucioso, cual cáliz polisémico entre el calcio y el magnesio. Mudez atormentada e impaciente. Te quedaste solo, me dejaste llena. Me río como ríen las metáforas. Traiciono, decapito y atormento. Usucapión leprosa. Himen tenso. Himen sacro. Virginidad egoísta y artiodactyla.

Dios te salve María, llena eres de gracia. El señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres. Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Una pauta arancelada, una bisagra tiesa y un resaltador amarillo subrayando puentes enamorados de la redondez del cero. Una historia en común poco común entre mis tripas: orangutanes en huelga de hambre, encadenados frente a un precipicio extranjero, afirman con rigorismo cartesiano que los refranes serán los próximos monarcas de tu frente.

¿Acaso pensabas que tu oratoria lo era todo? Iluso.

Maxi Postay (La sábana desnuda, Ediciones Aula 28)

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.

Fotografía original: Jan Saudek

 

1 Comentario

Deja un comentario