La Gran Diosa

En un principio no fue dios.

Tampoco Ella.

Antes de que los dioses masculinos se distribuyeran todas las jurisdicciones sobre las cuales es posible reinar, existió una diosa. Diría incluso, que no es correcto adjudicarle el género femenino. Esta deidad en un inicio no tuvo sexo. O los poseía a todos.

En un principio no fue dios. El dios único. El dios de la verdad y la obediencia. El dios asceta.  Ella -un ella sin género- sin duda se le adelantó como Usain Bolt ante la visión de la recta final.

Titilaban los párpados de la humanidad y en el impar entreabrir cromático, los homínidos prehistóricos la esbozaron por primera vez. La proyectaron a su imagen y semejanza. Ave codiciada.

Oh Diosa: al principio fuiste hombre y mujer.

Aunque la deidad, pronto, adquirió los caracteres del principio femenino.

La diosa creada por los hombres no sería nunca una diosa, a su vez, creadora de arcillas, dueña del soplo de vida, como sí sus sucesores.

Ella sería la diosa procreadora.

Una diosa madre.

Era el tiempo de las dudas: las respuestas aún no habían sido dispuestas en bandejas. No nos habían empaquetado el conocimiento para tragárnoslo aceptando las explicaciones manufacturadas por las autoridades.

Así, los hombres paleolíticos encontraron una explicación a la existencia del mundo que satisfizo sus preguntas: veían a las mujeres parir. Miraban, sin embargo, alucinados, excluidos, ajenos, al diacrónico fenómeno del nacimiento.  Eran extraños a la creación del nuevo ser. No relacionaban la fecundación, el acto sexual, con el acto de alumbramiento, que recién acaecería nueve meses más tarde.

Nueve meses.

Nueve meses desde el semen inundando la matriz era demasiado para atribuirse la co-autoría de la criatura unida a la madre como una extremidad. Ellos creían no tener ninguna participación en la formación de la nueva vida. Y al ser la mujer quien la otorgaba, ese rol se les figuraba nuclear.

El niño era obra absoluta de la voluntad de esta mujer, pero también, por ósmosis, todo lo demás. La vida estaba, para ellos, librada a su arbitrio. La hembra paría personas, bosques, cosechas, bestias, estrellas, oscuridad y ríos. Levitaba con sus manos la materia a su alrededor. Era una progenitora totalitaria. Así lo acreditan cientos de estatuillas de esa época. Mujeres de bellos rasgos con protuberancias desmedidas en sus genitales y, sobretodo, a la altura del abdomen. Panzas enormes, elefantiásicas, que se derramaban casi sobre sus rodillas, acariciando una vulva hinchada de deseo. No obstante, los hombres, representados muchas menos veces, conservaban las proporciones ordinarias.

Esta Diosa, primer ascendiente en el árbol genealógico de la humanidad, antepasado común, era ni más ni menos que virgen. Sí. Virgen. Pero virgen no como sinónimo de jamás penetrada. Era virgen porque sólo su cuerpo, excluyentemente, era guardián del misterio del poder reproductor.

Diosa Madre. Pero no la santa madre. No la santa madre intocable, mamita querida de pechos de mamadera, de pechos ignorados, asexuados, de pechos rodeados de manos diminutas, de pechos-sequía. Nunca la madre santa.

La diosa madre era muy puta. Rastrera. Insaciable. Comehombres. Masturbadora. Invitaba al placer. Era puta, y le encantaba serlo.

El monoteismo aún no lo había infectado todo. No había santos, no había culpa. No había santa vagina, ni santa madre, ni santo sexo. El acto sexual no se diferenciaba bastante del de comer o dormir. El sexo no estaba jerarquizado, ni ocultado, ni sacralizado.

Ello determinó que, entre los años 20.000 y 3.500 antes de nuestra era, se presume, gran parte de la humanidad se organizara en lo que hoy se conoce como el Viejo Mundo en sociedades matrilineales. Así lo avalan, por ejemplo, montones de tumbas egipcias en las que, junto al nombre del occiso, se consignaba el de la madre, no así el del padre. Las mujeres tenían negocios, potestades jurídicas, llevaban a cabo los rituales sagrados por el que transmitían la vida propia de su matriz al resto de la existencia, heredaban.

La Diosa, correlato divino de la existencia terrenal, procreaba todo. Era un todo. Y determinaba que todo lo que poblaba la tierra, naturaleza y humanidad, fuera parte del todo: células, iones, átomos de un cuerpo superior.

Era la Reina del Cielo y de la Tierra. Estaba representada por la luna. Y el ciclo del astro luminoso, se torna “tiempo”. Y el proceso vida-muerte. Y también el renacimiento.

El hombre,  por el contrario, representaba lo finito. Era el cazador. Un accesorio de las primeras sacerdotisas, que luego fueron soberanas. Era sacrificado ritualmente para regar la tierra con su sangre, para devolver lo que había extraído para subsistir. Mantenía el equilibrio entre lo procreado por la diosa y lo profanado por los humanos.

Pero las cosas iban a empezar a cambiar.

Edad de bronce. El hombre descubre el metal, crea las armas, debe ir a las guerras. El hombre empieza a tener un rol preeminente. La mujer recolecta pero el hombre caza, probablemente porque su sangre atrae demasiado a las fieras. El  hijo se convierte en rey.

Diosa madre. Madre incestuosa. El primogénito se acerca y le arranca los tirantes del solero. Tiene 8 años. Despótico y demandante derrama su pecho, elástico, maleable, turgente, sobre la piel de las costillas. Lo toma y aprieta desde los costados, lo modela, lo pesa, lo succiona con tenacidad. La mira con fijeza. Se aparta una vez saciado y cede su lugar al siguiente hermano, que lo emula. La leche mana infinita. La fila se extiende como extras de una orgía.

Diosa madre. La terrible diosa del clítoris espasmódico. La lamedora. La copuladora. La viciosa. La puta babilónica combatida por el dios bíblico. La incitadora. La madama. La de los templos de la perdición. La que invitaba a sus fieles a cogerse a sus sacerdotisas. Prostitución=sustitución. Imitación sagrada. Por placer, como ella. Para que se sintieran dioses,  como ella. Para convidarles el orgasmo divino.

Las mujeres crean cuernos de marfil para venerarla. Con ellos se masturban en éxtasis multitudinarios que se extienden por días. De allí el dicho de “meter los cuernos”.

Diosa de los consoladores prehistóricos. Diosa de las cinturongas. Diosa lésbica. Diosa heterosexual. Diosa sin distinción de sexo. La diosa no discrimina. Diosa hermafrodita. Diosa serpiente. Si,serpiente. Como la que volvieron mala. La invitadora. La pisoteada. La de la tentación.

Diosa clítoris.

Diosa clítoris antes de Hipócrates y Colón, que convirtieron el lugar destinado únicamente al placer, cima máxima de terminaciones nerviosas, en una palabra científica para graficar los pósters de colegio dedicados al cuerpo humano.

Diosa clítoris antes del misionero prescrito por los curas del medioevo para evitar que lo rozaran.

Diosa clítoris antes de Freud y sus arbitrarias teorías sobre la infantilidad de su estimulación.

Diosa clítoris antes de la histeria con la que quisieron volverlo enfermedad.

Diosa pecado antes de que nos mancharan con el pecado original las sagradas escrituras.

Diosa de la desnudez, antes de que descubriéramos la desnudez.

El hijo se convierte en rey. El rey es la pareja sagrada, el ingrediente secreto de la receta familiar jamás revelada. El rey ya no muere en los rituales de sacrificio. En las fechas señaladas, sacerdotisa y soberano, tienen sexo en un altar. Los seres vivientes pueden respirar aliviados, la unión entre los procreadores suelda las puntas de los eslabones de la cadena que los hace supervivir, que hace brotar las plantas, que impide la furia de los ríos. Marty McFly toca en el baile en el que sus padres se enamoran, la foto no se borra, su nacimiento deviene indubitado.

El hombre comienza a destronar a la mujer. Tribus extranjeras amenazan. Chocan cosmogonías. Los indoeuropeos y sus tradiciones patriarcales avanzan. También sus dioses celestes. Aplastan. Conquistan. Hablan del otro, al que deben someter.

El hombre necesita justificar la primacía del hombre. El hombre necesita centralizar, dominar, unificar sus territorios, extender su dominio. Las guerras eran de los hombres y los hijos, de las mujeres. Pero ya los hijos no eran sólo de las mujeres. El hombre descubre que sin él, no había hijo posible. Encadena a la mujer y la encierra en casa, ¿de qué otra manera puede asegurar que los vástagos engendrados le pertenecieran?

Víncula= cadena.

Edad de hierro. El faraón eyacula públicamente en el Nilo convencido de que su simiente sagrada es el abono que decanta las lluvias que auguran la subsistencia de toda la civilización. El héroe sustituye al campesino. El guerrero, al granjero. El rey encarna al hombre capaz de proteger las ciudades en auge. Las dinastías ahora son masculinas. El rey, sol. El sol desplaza a la luna muchacha, mujer, anciana. La luna de los ciclos de las cazas y menstruales.

A rey humano, rey celestial. Tiempo después otro rey, el rey omnímodo, el juez que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, el que se autodenominó con la soberbia de quienes señalan y designan: “REY DE REYES” y “SEÑOR DE SEÑORES” (Apocalípsis 19:16), castigará a todos los Onanes que derramen su esperma en esta tierra.

Los papeles se invierten. La mujer recluida en la casa empieza a tejer, a cocinar. Luego, en épocas del Imperio Romano, la encerrarán con llave y al regresar, la besarán en la boca sólo para verificar que no se haya tomado el vino (ius osculi). Esa transgresión daría lugar, entre otras  sanciones, al divorcio.

En el siglo XX el hombre podrá afirmar una supuesta enfermedad mental de su consorte, internarla en un manicomio, y divorciarse.

Con el monoteismo,  comienza la campaña de desprestigio de la diosa. Dijeron que la degenerada deidad femenina a la que sus rivales rendían culto milenario llevaría a la perdición a la humanidad. Debían demonizarla. Debía ser puta. Y ser puta, algo indeseable. Ya no convenía que se aferraran a los placeres terrenales y bien sabían que aquélla predicaba rituales simples desprovistos de cualquier solemnidad en los que se celebraba la vida en orgías interminables. No tenían que perder fieles. Debían neutralizar la tentación.

Comienza la campaña de desprestigio. Porque por culpa del culto a esta libertina, los pueblos elegidos son devastados. Porque desear sólo hay que desear la vida después de la muerte, y para ganarla, ser santa.

A rey humano, rey celestial. Porque es necesario un rey divino sobre el que pueda fundar su poder el rey de la tierra. Porque nunca alguien con los pies en la tierra podrá querer tocar el cielo. No hay un todo: todo está dividido. Porque divide y reinarás.

Y dios no pertenece a la tierra, la domina. La domina desde el cielo.

No participa de la naturaleza, la doblega.

Dios no es más que otro conquistador, que transfiere sus poderes a los conquistadores terrenales.

Porque alma y cuerpo son diferentes, están separados.

Porque sexo: tierra. Porque fluidos: tierra. Porque placer: tierra. Porque concha y pija: tierra.

Y a la tierra no hay que aferrarse a menos que seas poderoso.

Porque hay que aspirar al cielo. Porque hay que sufrir para merecer el cielo. Porque hay que ser pobre. Porque hay que ser casto. Porque Dios sólo tiene un lugarcito para los que se conforman. Y a los demás, no les importa, porque saben que Dios es la mentira que inventaron para perpetuarse. La mentira que el tiempo convertirá en verdad universal.

“REY DE REYES” y “SEÑOR DE SEÑORES”.

Discursivamente se funda la dominación.

Unos años más tarde, otros poderosos se aprovecharán del mote de rex, con un gran sentido político de la conveniencia, para ya no ser el primero entre iguales, sino envestirse de la autoridad del “dominus”: señores, propietarios del dominio, “viva lex” e “imperatores”.

Igual que Dios Jesucristo, ostentarán su título de “señor”. Como los Monseñores, los señores feudales, los duques, condes y marqueses, como el amo de sus siervos. Como los presidentes, y los idolátras de la institución matrimonial.

Como todo aquel digno del beneplácito de esta sociedad marionetizada, postrada, que sólo se pone de pie al momento en que la hostia se convierte en cuerpo y el vino en sangre, que sólo se mantiene en pie ante el himno y la bandera que se iza, que sólo aguanta firme ante los altos mandos castrenses, para después volver a agacharse para besar el anillo de Pedro.

Esta sociedad, que te palmea la espalda afirmando que “sos un señor” para que los obsecuentes te puedan sentar tranquilos a su mesa, dejarte cuidar a sus hijas, contratarte en su empresa, poner a tu cargo la clase de música.

Y luego ese señor se convierte en tu padre y sentencia: “yo sólo quiero que seas una señora”, aludiendo a que no seas una puta. Una señora, una donna, una domna, una domina, Madonna Santa. La santa en la que se convirtió la fémina maravillosamente sudorosa de sexo del pasado. La virgen, pero ahora sí, la virgen inmaculada. La virgen casta, jamás penetrada. La que manda. Es decir, la santa que manda la virtud. La santa protectora del patriarcado. La santa de la religión del dios hombre. Del salvador-hombre. De las guerras-hombre. De las cualidades-hombre. De la jerarquización de la vir, palabra latina que remite al hombre (proverbios 31:10).

La diosa rebajada a simple mortal. La expropiada de su sexualidad. La denostada, la negada, la servil. La que se apropió, con la vocación ecuménica de la tradición que sostiene, de la maternidad. La que impone no mostrar la teta. Pero también la que te hace defender dar la teta en público porque es algo inocente, de madre, y la madre es santa.

Porque la mujer no puede disfrutar su cuerpo, porque la teta debe ser ocultada. Y para que no queden dudas de su inocuidad, la teta debe ser llamada “mama”.

Practíquense una mastectomía. Véndenlas. Cúbranlas. Señalen a los escotes. Súmense a las virginales tropas del pudor de María, vanidosa campeona de los ránkings de onomásticos.

El monoteismo nos volvió impuras. Hizo que nos avergoncemos de nuestro cuerpo  porque “los que te honraban te humillan porque (te) han visto desnuda” y que ocultes tu sangre menstrual  porque “tu impureza está en tus ropas” (Lamentaciones 1:8-9).

Porque los que adoraban a la diosa, son “engendros de bruja, hijos de prostituta” (Isaías 57:3), y su antigua vocación de placer, su ritual sexual, será maldito por siempre, su vagina cauterizada, los labios cocidos “porque te abrías de piernas a todo el que pasaba, agravando así tu conducta de prostituta” (Ezequiel 16:25).

Nos adoctrinaron. Nos ablieron. Nos contaron la historia de las hermanas Oholá y Ohobilá, las egipcias que “se apasionaba(n) con aquellos disolutos, que tenían unos miembros como los de los asnos y echaban tanto esperma como los caballos“. Esas de partenaires sexuales babilonios, asirios y cananeos (todos pueblos rivales)- quienes por su lascivia, por ser amantes infatigables, por sus pezones de punta, y su afición por las caricias de múltiples manos, fueron apedreadas. Humilladas. Obligadas a comer heces, desmembradas y matadas a lanza y espada por el dios único. Y el dios único las llamó prostitutas, y las desnudó públicamente, porque su asquerosidad estaba implícita en su cuerpo, “su cuerpo era inmundo” (Ezequiel 23:1-49).

Y después nos preguntamos de dónde viene tanto basureo. El “por algo será” y el “le pasa por salir así vestida” no es un invento de los medios de comunicación, es la repetición de la repetición de la repetición de los libros sagrados que tenemos grabados en la cabeza, que respiramos, que llevamos tatuados por mas ateos que nos llamemos.

Y después nos preguntamos por qué no dejan ejercer su profesión a las prostitutas. La prostitución un día fue una ofrenda. Fue sagrada. Era la forma de homenajear a la diosa del placer, a la diosa que convidaba su sexo, que determinaba que el sexo era la forma de hacer que la naturaleza reverdeciera. Pero hoy la concha es santa. Y esas que así la proclaman, se dicen antipatriarcales y ateas, ¡qué oximoron!.

Por eso de nuevo María, estereotipo de madre, virgen virginal jamás penetrada viene a dar cátedra con su cara de mosquita muerta a través de Pablo de Tarso “la mujer debe mantenerse en silencio. Porque el primero en ser formado fue Adán; a continuación lo fue Eva. Y no fue Adán el que cedió al engaño; fue la mujer la que, dejándose engañar, cayó en pecado. A pesar de todo, podrá alcanzar la salvación por su condición de madre“(Carta a Timoteo 2:8-14)-

Diosa madre. La de los mil nombres. Mamushka de reencarnaciones. Innana, Militta, Ishtar, y las versiones softcore Isis, Afrodita, Cibeles. Venus, de la que derivó venérea. Pero también la serpiente del génesis. “La reina de los cielos” de Jeremías. “La virgen de los cielos” de Isaías. Y Esther. Ishtar, otra vez Ishtar. Y la virgen María. Y María Magdalena también.

 

Belén Maletti (El complot de las esdrújulas, Ediciones Aula 28)

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva. 

Fotografía original: Miwa Yanagi

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