La nada creadora

Reducido, encorsetado y atado a una silla.

Parásito de un mundo que no me pertenece y que nunca mereceré.

Creado a imagen y semejanza de Dios.

Del único.

El Dios más celoso, vigilante y castrador que jamás existió.

Soy fruto de la Gran Violación Divina.

Manoseado desde el principio.

Hijo del error originario.

Arcilla me concibieron.

Arcilla soy.

Mi gran virtud de molde: ser parte, encajar, caer bien.
La pertenencia como mandato vital.
La pertenencia como actitud debida.

Mi gran defecto, mi error imperdonable: separar los párpados con la curiosidad de un niño.
Desafiar a dios. Renunciar a dios. Asumirme dios.

Mucho tiempo antes del esperma del esperma
del esperma de mi tatarabuelo fui condenado a ser la nada y a tener que agradecer y sentir orgullo por eso.

Creado por la soberbia de un único todo totalitario. Exclusivo, universal y omnipresente.

Instruido en la humildad.

Machacado en la humildad.

Masacrado en la humildad.

Disciplinado en la humillación degradante de saberme uno más, pequeño, frágil e intrascendente.

Invisible.

Olvidado.

Educado en el amor extorsivo de Juan, el apóstol.

Llevo como sello identitario el mismo nombre que el Santo de Hipona. El máximo referente del “amor al amo” como única manera de ser libre.

Entonces ¿Cómo no sentir un profundo desprecio? ¿Cómo no saberme estafado? ¿Cómo no odiarlos sin culpa?

 

*

Por eso es que nada de libros. Nada de arte. Nada de literatura.

Nada de acto liberador.

Un grito desde las entrañas no tiene nada de acto liberador.

Las vísceras que explotan jamás se recomponen.

Un grito desde las entrañas es fuego que se consume anhelando destrucción.

Un cataclismo de mandrágoras en la boca de un blasfemo incorregible, en las bocas de los que se encuentran aturdidos por tanto silencio condescendiente.

El gigante Tifón avanzando desde el tártaro con sus cabezas de dragón y sus serpientes venenosas.

Afrodita estimulando el clítoris de la virgen María.

Artaud, Maldoror y Zaratustra susurrándome al oído, conspirando.

Hacha.

Martillo.

Trituradora.

El espejismo amoral de un abuelo pederasta.

Una pelota de hormigas colma tu boca y consume lo poco que queda de tu lengua.

Un elemento más en tu colección de cuchillos.

Una pieza multifacética en tu caja de herramientas.

Ardor en tus pupilas. Comezón en tu pubis. Migraña crónica.

Decepción y profunda tristeza.

Profunda soledad.

Profundo dolor.

Porque amo, precisamente porque amo, odio sin culpas este mundo miserable.

Este mundo que premia la obediencia.

Que exalta el castigo.

Que diviniza a la autoridad.

Que sacraliza el cuerpo, banaliza el sexo y desprecia el placer.

Este mundo obsesionado por el control y la disciplina.

Obsesionado por el sacrificio y el esfuerzo.

Encandilado por la blancura de las ovejas que forman el rebaño.

Es el Crucificado levantándose cada mañana para aplastar la cabeza de Dionisio, desmembrar su cuerpo y echarlo a los buitres.

Miles de años repitiendo la misma conducta.

Miles de años y nosotros observando con resignación cómo los buitres devoran nuestro cuerpo,
para luego celebrar, agradecidos, las sobras que nos otorgan de aquella rapiña.

 

*

No siembres, no plantes, no construyas.

¿No ves que los cimientos están totalmente podridos?

¿No ves que la putrefacción llegó hasta el techo de la casa y lo contaminó todo?

No siembres, no plantes, no construyas.

Mejor picá, excavá, perforá, demolé, destruí.

 

La esperanza es un germen fascista.


Alejandro Castellani (La Palabra Encarnada, Ediciones Aula 28).

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.

Fotografía original: Josef Koudelka

 

 

 

 

 

Sé el primero en comentar

Deja un comentario