Del ideal ascético y la persecución del placer

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La mitología de la falta. Veinte siglos de judeocristianismo – al por mayor– dejan huellas en el formateado del cuerpo occidental. El reciclaje de la tradición pitagórica, pero sobre todo platónica, lega a la Europa cristiana un cuerpo esquizofrénico, que se odia a sí mismo y reivindica para sí la ficción de una supuesta alma inmaterial e inmortal, y termina por gozar de la  pulsión de muerte cultivada ad nauseam por la ideología dominante.

Si, a la manera de la novela El sofá de Crébillon, pudiese hablar el diván de los analistas o el sillón del consultorio del sexólogo, oiríamos con toda probabilidad cosas deprimentes sobre el uso sexuado de la carne, las vueltas y rodeos de la libido, y lo que globalmente llamaré la miseria sexual para evitar lo que, de la zoofilia a la necrofilia, pasando por la pedofilia, muestra la nefasta inclinación del Homo sapiens a gozar de objetos pasivos, sometidos por su violencia. La famosa pareja  heterosexual, para abreviar, sufre igualmente la presencia de la brutalidad salvaje.

El erotismo actúa como antídoto de la sexualidad definida por su naturaleza bestial: cuando el sexo habla por sí solo expresa las pulsiones más brutales del cerebro reptílico; cuando se  manifiesta en el artificio, recoge lo mejor de la civilización que  lo produce. Si buscamos similitudes entre la erótica judeocristiana y la erótica china, india, japonesa, nepalesa, persa, griega o romana, no encontraremos ninguna. Más bien, lo contrario de una erótica: odio al cuerpo, a la carne, al deseo, al placer de las mujeres y al goce. No hay ningún arte de goce  católico, sino un dispositivo omnisciente castrador y destructor de toda veleidad hedonista.

Uno de los pilares de esta máquina de producir eunucos, vírgenes, santos, madres y esposas en grandes cantidades se  erige a costa de lo femenino en la mujer. Ella es la primera víctima del antierotismo, culpable de todo en ese campo. Para fundar la lógica de lo peor del sexo, Occidente inventa el mito del deseo como falta. Desde el discurso sobre el andrógino que pronuncia Aristófanes en el Banquete de Platón hasta los Escritos de Jacques Lacan, pasando por el corpus paulino, la ficción dura y perdura.

¿Qué dice? En pocas palabras: los hombres y las mujeres provienen de una unidad primitiva destituida por los dioses debido a su insolencia de gozar su totalidad perfecta; somos fragmentos, pedazos e incompletitud; el deseo nombra la búsqueda de esa forma primitiva; el placer define la creencia en la realización fantasmagórica de ese animal esférico, puesto que es perfecto. El deseo como falta y el placer como satisfacción de esa falta se encuentran en el origen del malestar y la miseria sexual.

En efecto, esa ficción peligrosa conduce a buscar lo inexistente, y por lo tanto a encontrar la frustración. La búsqueda del Príncipe Azul –o la de su fórmula femenina- produce decepciones: lo real nunca soporta las comparaciones con el ideal. La voluntad de completud genera el dolor de la incompletitud, salvo que se pongan en marcha los mecanismos de defensa, como la negación, que impiden la manifestación de lo evidente en la conciencia. La decepción termina siempre por salir a luz cuando comparamos lo real con lo imaginario que transmite la moral dominante, con la ayuda de la ideología, la política y la religión, que actúan conjuntamente para reproducir y conservar la mitología primitiva.

Ahora bien, el deseo no es falta, sino exceso que amenaza con desbordarse; el placer no define la completitud supuestamente realizada, sino el desborde por el desahogo. No hay metafísica de animales primitivos y andróginos, sino una física de la materia y una mecánica de los fluidos. Eros no desciende del cielo de las ideas platónicas, sino de las partículas del filósofo materialista. De ahí surge la necesidad de una erótica poscristiana, solar y atómica.

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La ideología familiarista. En la lógica del animal reconstituido, la pareja fusional representa la culminación de la erótica judeocristiana. La incapacidad metafísica de la mayoría de los mamíferos de instinto gregario, de jauría o de manada, encuentra allí su resolución, su antídoto. Cuando el bovarismo habla de amor, de alma gemela, de príncipe o princesa, la razón ve un contrato social o un seguro de vida existencial. Entre dos, el dolor de ser en el mundo parece menor. Otra vez la ilusión…

El discurso amoroso enmascara la verdad de la especie: la novela y la propaganda mediática –la publicidad y el cine, la televisión y la prensa llamada femenina– giran alrededor del flechazo, la pasión, el formidable poder del sentimiento, del  amor con mayúsculas, ahí donde la razón desengaña de forma brutal al hablar de feromonas, ley de la especie, destino ciego de la naturaleza que apunta a la homeostasis del redil de los mamíferos con neocórtex.

A falta de filosofía, reina la biología. O la etología, que depende de ella. El macho precede al hombre, la hembra a la mujer. El reparto social de los roles se lleva a cabo con relación a la progenitura. Sin conocer el detalle meticuloso del mecanismo de producción, la mujer entorpecida, fatigada por el peso del niño que lleva, no puede, de hecho, acompañar al hombre en la cacería o en la cosecha en medios hostiles. A ello se suma la necesaria permanencia en el hogar debido al niño o a los niños que ya están allí.

Por naturaleza, la familia recluta al macho y a la hembra, cada uno para desempeñar un papel diferente. Para las mujeres, cuidar del fuego, preparar los alimentos, guisar, cocinar, tejer, curtir, juntar las pieles, coser, hilar la lana, hacer la vestimenta y muchas otras labores sedentarias, mientras sus compañeros cazan, pescan, cosechan, incluso cultivan, entre otras actividades nómadas. Miles de años después, a pesar del revestimiento cultural y los estratos intelectuales de las civilizaciones, ¿es realmente distinto?

La política y la sociedad retoman aquella disposición etológica primitiva y la avalan en forma de ley fundante. Así pues, la familia, con sus polos nómadas y sedentarios, constituye la estructura básica de la sociedad. Funciona como primer engranaje de la mecánica estatal que, para existir, trata de restaurar, a conciencia o no, el orden del mundo de los dioses: donde triunfa el monoteísmo, la familia reproduce el orden celeste. Un solo Dios, también llamado Dios Padre; el padre adopta sus atributos para reinar en la familia: al poder total basado en el principio del derecho divino, palabra fundante, verbo performativo y ocupación de la cima de la jerarquía. La pareja Dios y su pueblo proporciona el esquema de la ciudad de Dios; el macho y su tribu, el padre y su familia, aquel de la ciudad de los hombres.

Seccionada, padeciendo la falta, reencontrando a su otra mitad, reconstituyendo la unidad primitiva, gozando del placer de la fusión realizada, recuperando la paz en la reconstitución de una entidad ficticia, la pareja no ha dejado de perfeccionar su amalgama existencial a través  de la producción de un tercero, y luego varios más. La familia nuclear realiza el proyecto de la especie al permitir el cumplimiento del designio de la naturaleza.

Creyéndose liberados de las imposiciones etológicas, los hombres ocultan esa verdad trivial tras un velo de conceptos útiles para camuflar la permanencia en ellos del mamífero, la permanencia y los plenos poderes del determinismo natural que subsiste en la parte más primitiva del sistema neuronal. La familia magnifica menos el amor encarnado de dos seres libres y conscientes de sus proyectos, que el destino fatal de toda forma de vida en el planeta.

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La codificación ascética. A priori, el deseo desencadena una formidable fuerza antisocial. Antes de su captura y domesticación bajo formas socialmente aceptables, el deseo representa una energía peligrosa para el orden establecido. Bajo su imperio, ya nada de lo que constituye un ser socializado conserva su valor: empleo del tiempo ordenado y repetitivo, prudencia en la acción, ahorro, sumisión, obediencia, aburrimiento… Triunfa, por lo tanto, todo lo opuesto: libertad total, soberanía del capricho, imprudencia generalizada, gastos suntuarios, insubordinación contra los valores y principios vigentes, rebeldía contra las lógicas dominantes y asocialidad total. Para poder existir y preservarse, la sociedad debe someter esa potencia salvaje y sin ley.

Una segunda razón explica la codificación ascética de los deseos y placeres: la voluntad salvaje de reducir a la nada la increíble potencia de lo femenino. La experiencia le enseña rápido al macho, que obedece sólo a las leyes de la naturaleza en lo tocante a la sexualidad. El placer de las mujeres rechaza la barbarie natural, puesto que exige el artificio cultural, el erotismo y las técnicas del cuerpo: inspiración, dominio de los desbordes, retención, variaciones de las habilidades corporales, etc. Es inaccesible para el que se contente con seguir su naturaleza.

Inaccesible y sin fondo.

El hombre, torpe, despreocupado e irrespetuoso, goza solo y, más allá de toda construcción ética de la culpabilidad, no le agrada que su pareja se quede en el umbral del placer. No por consideración al otro, ni por empatía moral con su frustración, sino por orgullo: a los ojos de ella, pasa por impotente, incapaz, macho incompleto, con una potencia ficticia puesto que se muestra deficiente. Semejante devolución de la imagen, demasiado poco narcisista, hiere el orgullo del macho que, para resolver el problema, emplea todos los medios a su alcance y se refugia en la reducción del deseo femenino a su mínima expresión. Tanto el judeocristianismo como el islam destacan en este aspecto.

El temor a la castración en el individuo macho, además del deseo de la sociedad de controlar una potencia que la impugna y la pone en peligro, les permite a los hombres, a los usuales edificadores de ciudades, naciones, religiones y reinos, codificar el sexo. El código de la buena conducta libidinal femenina se vuelve, por lo tanto –por pura imposición de la arbitrariedad masculina–, ley inquebrantable. Potencia del falocentrismo y temor a la castración…

¿Cómo elaborar y luego promulgar ese código? Con la ayuda de la religión, excelente cómplice en cuanto a la extinción de las libidos. Para fijar, reducir, incluso suprimir la libido, Dios –mesías, apóstol, cura, papa, filósofo cristiano, imán, rabino, pastor, etc.– decreta que el cuerpo es sucio, impuro, que el deseo es culpable y el placer inmundo, y que la mujer es definitivamente tentadora y pecadora. Luego decreta la solución: abstinencia total…

Como la renuncia a los placeres de la carne es un punto de vista espiritual, después de colocar bien alto el listón con el fin de culpabilizar al pobre tipo incapaz de elevarse hasta la altura ideal, la propuesta de una alternativa da la apariencia de magnanimidad y comprensión. Si el sacrificio total del cuerpo resulta imposible, bien se puede tolerar, señal de generosidad, un sacrificio parcial: basta con la castidad familiar. El matrimonio la permite. Véanse todas la elucubraciones de Pablo de Tarso en sus diferentes Epístolas.

Esa solución de repliegue tiene el mérito de darle a la sociedad –o sea, a la especie– vía libre para la realización de sus proyectos: al tolerar la sexualidad sólo en el marco familiar, monógamo, y consagrado por el matrimonio cristiano, Pablo y otros teóricos cristianos de estos temas –los Padres de la Iglesia– le permiten un (pequeño) margen de acción a la pareja, y, sobre todo, le preparan el camino a la reproducción de la especie, por lo tanto a la continuidad de la comunidad humana controlada por los actores de la ideología del ideal ascético.

Con el tiempo, la llama de la pasión original se consume y luego desaparece. El aburrimiento, la repetición, la sujeción del deseo (libertario y nómada, por esencia) en la forma limitada de un placer repetitivo y sedentario extingue la libido. En la familia en la que la mayor parte del tiempo está puesta al servicio de los niños y del marido, la mujer muere cuando triunfan la madre y la esposa, que gastan y consumen casi toda su energía.

Escrita en la lengua de la costumbre y de la eterna cantinela, la sexualidad conyugal coloca la libido en los compartimentos apolíneos de una vida familiar reglamentada, en la que el individuo desaparece en provecho del sujeto. Dionisos muere y se instala la miseria sexual. Tanto es así que, a fuerza de determinismos sociales y propagandas ideológicas moralizadoras de todo tipo, la servidumbre se vuelve voluntaria, y –definición de la alienación– la víctima incluso acaba por encontrar su placer en la renuncia de sí misma.

 

Michel Onfray (La potencia de existir,  2006)

Fotografía: Víctor Ivanovski

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