Proclama contra el placer normalizado

Condenados a la luz apagada. A las habitaciones cerradas. Al ocultamiento. A la vergüenza. Al oprobio. A la mera reproducción. Al débito conyugal. Al sexo-tolerancia o caridad. Al sexo sin placer. Al sexo mezquino. Al sexo explotación. Al sexo-acoplamiento. Al genocidio de las fantasías, de la complicidad, de la exploración. A los eufemismos. A los secretos. A la culpa. A la vergüenza. Al cuerpo-útil. Al cuerpo-cabeza. Al cuerpo sin cuerpo. Al sexo sin sexo.

Alguien me dijo alguna vez que soñaba con un mundo en donde el sexo fuera una cosa más, como comer o dormir, sin advertir que el sexo fue convertido, en efecto, en un aspecto más de la vida inercial: como almorzar a las 12.00 o dormir de noche. Algo que hacemos dentro de ciertos márgenes.

Un dato más de las encuestas de las revistas femeninas: “Las parejas más felices tienen sexo 11 veces al mes”.

Un requisito más para la existencia “tipo”.

¿Hay algo más bastardeado que la palabra “felicidad”? ¿Algo más inofensivo? Felicidad: aspiración de conformistas.

El sexo bueno: heterosexual, en pareja, en el marco de ciertas ficciones, a puertas cerradas, como parte de la cosmogonía íntima, del que se puede hablar con amigos pero no en otros ámbitos, a escondidas de los padres, con “respeto”, con “amor”, el sexo que nadie cuestionaría.

El sexo inapropiado, aquel del que los “normales” desconfían: todo lo que está por fuera de esa regulación.

Y gracias a la línea divisoria trazada por la norma sexual, todos (las autoridades desde su histórica conminación a jerarquizar lo divino sobre lo terrenal y su desprecio a lo corporal en favor de la vida eterna, verdadera vida, y nosotros, fieles herederos de esta tradición y sus valores, nosotros aún los más “críticos” y “ateos”), construimos por doquier los muros de la intimidad.

Si estamos cercenados en lo más recóndito y personal, ya no resulta difícil entender porqué aceptamos tan pasivamente el resto de los encierros.

Para controlar los actos, el sistema penal.

Para controlar los pensamientos, la psiquiatría.

Para controlar el conocimiento, las instituciones educativas.

Para controlar el tiempo, el trabajo.

Obedientes desde la cama.

Censurados y censores de fantasías.

Adoctrinados para practicar la sexualidad desde la experimentación y no desde la experiencia.

La primera implica distancia, control de los factores en juego, escisión total de lo vivenciado para razonarlo desde afuera, la cabeza devenida científico y el cuerpo, tubo de ensayo. La segunda, la experiencia, implica involucrarnos, la exacerbación de los sentidos, el sentir desde el cuerpo, cuerpo sujeto, cuerpo hecho carne, cuerpo que quiere ser cuerpo y no otra cosa, cuerpo que arranca placer y pone sus terminaciones nerviosas, sus fluidos, sus olores, sus ruidos, al servicio del placer.

Algunos muertos, más vivos que nunca, nos susurran al oído, asegurando nuestros cinturones de castidad.

Es el estoico Epícteto afirmando que “debemos poder mirar a alguien bello sin sentir deseo”.

Es Platón sentenciando que “el cuerpo es la cárcel del alma”.

Son los curas medievales recomendando tener sexo sólo en posición “misionero”, para rozar lo menos posible el clítoris y negarle a la mujer la posibilidad de sentir placer. El clítoris, órgano cuya única función es -precisamente- sentir placer.

Porque el placer es malo. Porque según los padres de la iglesia, tener sexo con deseo es equiparable al adulterio. Porque la Iglesia determinó que María fue concebida sin deseo, por eso estaba libre de todo pecado, garantizando así la doctrina de la Inmaculada Concepción.

Si, misionero (missio=envíar). Para que no te olvides ni cuando cogés que sos un enviado del señor cuya misión es evangelizar.

Imposible no pensar en eso sin que se te baje/seque.

Culpa: legado celeste.

¿Quién puede imaginar a dios y dejar la culpa de lado?

Y después nos horrorizamos de la ablación clitorídeana en África. Ablación que, por cierto, tiene como máximo objetivo eliminar el goce femenino.

La eyaculación femenina (squirt), en castellano, ni siquiera tiene un término propio.

Porque la mujer debe ser santa, como santa es la concha. Porque al inicio de la humanidad existió una diosa -digamos que era “queer” pero gracias a la importancia de la mujer como procreadora adoptó caracteres femeninos- con un apetito sexual insaciable que invitaba a que la imiten, e incluso, como ofrenda, en muchos pueblos practicaban la prostitución sagrada. Pero cuando llegó el dios judeocristiano del odio a la diversidad, se hizo cargo de su campaña de desprestigio dejando bien en claro en las escrituras que ser “puta”, como esa deidad babilónica, era muy muy malo, atribuyéndole todas las tribulaciones habidas y por haber.

Hoy el trabajo sexual es repudiado, porque seguimos sacralizando al cuerpo, enceguecidos por la moral religiosa e ignorando, que en última instancia, todo trabajo es humillante, desde que implica explotadores y explotados.

¿Y todavía no podés atar hilos con el pasado? ¿Todavía te cuestionas la influencia de tres mil años de cultura represiva?

Condenados a vivir una existencia terrenal miserable para aspirar a la recompensa divina.

Dietética helénica del deseo. Sacralización judeocristiana del cuerpo.

Objetivados. Robotizados. Culposos.

Hijos de la cultura represiva

Cada vez que una mujer dice “mírame a los ojos y no las tetas”.

Cada vez que alguien crítica a una trabajadora sexual.

Cada vez que un hombre, después de un intercambio sexual, adopta con total egocentrismo una actitud desapegada para que su partenaire “no se enganche”.

Cada vez que alguien, después de un intercambio sexual, se ofende al verificar que su partenaire sólo quería compartir ese encuentro y se siente “cosificado/a”.

Cada vez que nos referimos al sexo como castigo, como una cuestión de poder (ej: “ese profesor me hizo el orto con el parcial”, “en la entrevista me cogieron”, “nos cogemos a boca, y a los putos de river plate”).

Cada vez que alguien se ofende por una propuesta/invitación a una exploración/intercambio erótico y deja de saludar al oferente como si lo hubieran ultrajado.

Cuando usamos al cuerpo como insulto (conchuda, pelotudo).

Cuando usamos terminología relacionada al sexo como enfermedad (ninfómana, perverso).

Cuando hablamos de nuestros zonas erógenas con eufemismos (pochi, chuchi, lola) probando que aquello relativo a lo corporal nos puede y debe avergonzar, que esconde suciedades erradicadas del lenguaje.

Cuando hablamos del “problema de la hipersexualización”, como si fuera un problema.

Cada vez que se juega al juego de la prohibición, que alimenta y alimentó la dominación por los poderosos.

Prohibir las imágenes. Prohibir el porno. Prohibir la fantasía. Prohibir la masturbación. Onanista, te van a salir pelos en las manos. Porque Onán eyaculaba en la tierra y dios lo castigó con la muerte. Porque la única leche que vale la pena es la que alimenta. Historia bíblica que, por cierto, sirvió como justificación a la condena del aborto.

“VALE la PENA”. Valor y dolor. Nuestro lenguaje dice mucho de nosotros.

¿Y todavía creés que la biblia no está vigente? ¿Todavía te parece ocioso preguntarte por qué prevaleció dios frente a los dioses y Platon frente a otros pensadores iguales de influyentes en su tiempo?

Siempre prevalece lo funcional.

Sólo dejan sobrevivir a lo inofensivo para los valores establecidos.

Abolir la cultura represiva.

Abolir la cultura represiva erotizando cada tramo de piel y los sentidos. Abolir verbo. Abolir, aboliendo. Placer deviniendo verbo. Verbalización del deseo.  Abolir descubriendo recovecos olvidados. Seducir masturbándonos. Mutuamente. O mirándonos fijo mientras nos autoestimulanos el uno frente al otro. O a los otros. Masturbarnos solos. Pero también acariciarnos. La mera genitalidad es una limitación normalizadora que duerme, que anestesia, que momifica al resto del cuerpo. Golpeteos. Coito. ¿Por qué no también órgano viril, genitales y mamas? Reduccionismo a cuatro trozos de cuerpo. Perturbar. Perturbarnos. Des-demonizar al nerviosismo. Dejar de echarle la culpa al sistema nervioso. Dejar de proclamar “me puse nervioso” como excusa. Somos nervios que se dilatan y explotan con los roces. Como un clítoris. Como un glande a punto de eyacular. Como un pezón estimulado circularmente. Pero también como los pelos que se erizan frente a un soplido. O el preciso espacio del reverso del codo o la rodilla que promete hacernos retorcer si lo acariciamos. Amar a los nervios: nos recuerdan que estamos vivos. Aún cuando nos insensiblizaron desde ese tirano con batuta al mando del tanque de guerra que es el cerebro, el cuerpo da batalla, el cuerpo se subleva.

Corromper los mandatos.

Nos oponemos a que nuestro cuerpo siga siendo funcional al statu quo. Al ahorro de energía que prioriza al trabajo.

Nos negamos a ser cuerpos domesticados, obedientes. Cuerpos con miedo al cuerpo. Cabezas con miedo al cuerpo.

No queremos más placer-propiedad.

Queremos sentir placer a través del placer del otro. Contagiar placer. Esperar al otro y contarle que vimos una porno y nos encantó. Excitar al otro con nuestra excitación aún cuando el otro no forme parte de ella. Queremos compartir, crear placer en un mundo en donde nos hicieron creer que no tenemos nada que decir, que todo está inventado, que las transformaciones son utopías. Queremos ser creadores en un mundo de seguidores. Queremos oler. Queremos chupar. Tocar. Escuchar. Gemir. Hablar. Jugar. Enchastrarnos.

No quieren que sintamos.

Nos quieren indiferentes.

No quieren que seamos conscientes de nuestras potencialidades. Que la potencia está en nosotros, que la tenemos adentro. No quieren que creemos profundidad entre nosotros. No quieren que nos creamos capaces de trascender. De generar cosas. Nos quieren grises, conformistas, buscando la luz reservada a unos pocos: ellos.

No quieren que sintamos.

Nos quieren insatisfechos para satisfacer el consumo. Nos quieren de la casa al trabajo hasta la muerte. Nos quieren votantes. Nos quieren soldados. Nos quieren deshumanizados.

Quizás el día en que intercambio sexual deje de estar mistificado, lleno de ese halo de oscurantismo, suciedad y prohibición, y en consecuencia, el cuerpo deje de ser un trofeo de guerra, la sexualidad dejará también de ser una cuestión de sometimiento, de poder, de sumisión.

El primer eslabón se destruye.

El más difícil pero también el que nos permite ver cómo nos inmovilizan los restantes

y que,

frente a nuestros ojos incineradores,

son meros aros de papel.

Belén Maletti (El complot de las esdrújulas, Ediciones Aula 28)

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.

Imagen original: Egon Schiele

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