William Blake y el incendio de la cárcel de Newgate

En aquel tiempo, Johanna Southcott, una criada casi analfabeta, entregaba a sus seguidores un sello especial que, aseguraba, les garantizaría un lugar a la derecha del Padre. Un profeta había dicho que cuando aquella mujer cumpliera veinticinco años, la ciudad de Londres sería destruida por la ira de Dios. En 1793, mientras en Francia se declaraba el Terror, Johanna dijo tener sueños premonitorios. En uno de estos, afirmó haber visto descender de los cielos a unos hombres montados a caballo y ya en la tierra comenzar una cruenta batalla. Estaba convencida de que los formidables sucesos de Francia eran el anuncio del segundo advenimiento del Mesías y de la llegada del anticristo. Hay quien afirma que incluso auguró malas cosechas y que predijo el fallecimiento de un obispo en Exeter. El final de los tiempos estaba cerca.

***

Nuestro hombre está intentando protegerse de una turba formada por miles de personas, mayoritariamente chusma venida de los peores barrios de Londres y de las afueras de la ciudad. Son tipos sin miedo alguno, rufianes, gente acostumbrada a la carestía y al hambre a los que Lord George Gordon, aristócrata escocés y flamante Presidente de la Asociación Protestante de Inglaterra, ha dado alas. Gordon es el apóstol de una masa de improvisados partisanos, muchos de ellos chavales con poco más de quince años. Saquean y matan, pero también ríen, mientras avanzan imparables bajo una pancarta que reza “No al papismo”, devastando a su paso iglesias y puestos de policía.

Están muy cerca; puede verlos calle abajo como si se tratase de un desordenado ejército de desharrapados, gritando y exhibiendo todo tipo de atroces instrumentos de muerte y tortura, toscos objetos reconvertidos en punzantes armas homicidas. Las distancias se reducen. Una zancada les lleva hasta la otra punta de la ciudad, mientras se cruzan con grupos de personas cubiertas de mugre a los que saludan y con los que intercambian mensajes. Alguien ha congelado esta imagen. Te fijas en algo aparentemente sin importancia: un rostro anónimo, utensilios de cocina doblados que sirven tanto para rozar una pared como para amenazar a un transeúnte, o aquel humo negro que se vislumbra a lo lejos, en lo alto de aquella torre.

En cada movimiento intentas descubrir algo cercano y también tuyo. Las escenas de guerra y odio se suceden. El gesto de agacharse y golpear un pavimento que no resiste, la desolación del paisaje urbano tras cruzar Theobalds Road hasta Drake Street, los últimos vistazos en dirección a la calle por parte de unos asustados moradores que no dormirán esta noche ni tampoco la siguiente. Entonces, los alborotadores desfilaban con sus rostros descubiertos.

Los escasos carruajes avanzan por la ciudad a gran velocidad. En su interior hay tipos apesadumbrados que huyen del Parlamento, o católicos que ocultan su atuendo. Tu único pensamiento válido -un alivio momentáneo, el comienzo de un plan para restablecer el orden y luego ajusticiar a los culpables- es ver en toda esta locura la mano negra de agentes franceses o americanos, que habrían armado a la multitud y mezclado entre los manifestantes a decenas de provocadores. Como un gesto automático, tuerces la cabeza en dirección al cielo, puedes sentir el fuerte olor de los incendios, el papel quemado de bibliotecas y archivos -deben desaparecer los nombres y las anotaciones de impuestos, las condenas y los antecedentes, porque todo crimen aspira a ser perfecto- junto a la estructura de madera de una residencia privada.

Las capillas de Sardinia y Bavaria son saqueadas y sus archivos esparcidos por la calle. Los soldados han desaparecido -muchos desertan y un par de cañones han sido robados a la altura de Newgate- y los guardias abandonan sus puestos de vigilancia, sonriendo con disimulo al paso de las bandas callejeras. Son objetivos muchas veces improvisados, aunque hay quien dice que circulan pequeñas listas con direcciones de monasterios y casas de católicos.

En Westminster, poco tiempo antes Gordon inicia su intervención dirigiéndose al Primer Ministro: “Lord North, te llama la turba…”.

Cerca de allí, el poeta William Blake camina por Great Queen Street. Sin duda, ha elegido el peor de los días para ir a visitar el pequeño taller de su antiguo maestro Basire. En su camino se encuentra con decenas de personas que van y vienen en busca de algo impreciso. De pronto, ya no estamos ante el hombre sino frente al poeta. Y entonces… sueña: “Camino por todas las calles con fuero / junto al lugar donde fluyen los privilegios del Támesis / y observo en todas las caras que veo / signos de debilidad, signos de congoja / En cada lamento de cada hombre / en el grito de miedo de cada niño / en cada voz, en cada pregón / escucho los grilletes forjados por el pensamiento / Cómo en el lamento del deshollinador / desmaya cada Iglesia oscurecida / y el suspiro del soldado desdichado / corre como sangre cayendo de los muros de Palacio”.

No se siente un solo hombre, ahora se cree parte de un ente colectivo, una pieza más de ese rugido caótico producido por cientos de rostros ennegrecidos dispuestos a lo que sea. Blake se suma a aquel dialecto extraño, de frases incompletas y de felicidad, pensando que tal vez este es el lugar donde todo parece empezar. “En los abismos del infierno, un espantoso cambio amenazó a la Tierra”, dirá varios años después.

Londres ha adquirido la apariencia de un rompecabezas. Las calles ya no son calles, sino laberintos en los que una mala elección te puede conducir a la peor de las muertes. Blake avanza en primera fila junto a la muchedumbre empapándose de sus consignas, mientras toman el edificio que alberga la prisión de Newgate. Una vez reducidos los guardias, grupos de alborotadores suben hasta el tejado. Sus dos pisos de altura facilitan su rápida destrucción. Al abrirse las puertas, una hilera desordenada de personas anónimas se funde en abrazos y vítores con los asaltantes. Algunos se unen a ellos, pero otros corren hasta desaparecer entre las callejuelas. Las llamas ya están haciendo su trabajo. Newgate es un edificio vencido. Tres años después, alguien volverá a colocar piedra sobre piedra y las ideas propuestas por el arquitecto Jacques Blondel convertirán la prisión en un ejemplo de lo que él mismo denominó “arquitectura terrible”. Su amenazante aspecto exterior, sin casi ventanas y con cadenas talladas en su entrada, cumplirá una doble función: persuadir de escapar a sus confinados y aterrorizar a los transeúntes.

En 1780 William Blake tenía veintidós años y aunque gozaba ya de cierto nombre en el ambiente artístico, era más conocido por su personalidad explosiva y sus opiniones provocadoras. Había finalizado su aprendizaje como grabador y escasos meses antes lograba ingresar en la Real Academia Inglesa. Aquellos sucesos, en su opinión, eran el primer episodio de una Revelación Divina que debía desembocar en el Juicio Final y el Apocalipsis. Uno de sus poemas más conocidos, El matrimonio del cielo y el infierno, escrito al calor de la Revolución Francesa, es un texto premonitorio: “Nubes hambrientas vagan en las profundidades […]. Ahora la reptante sierpe camina con tímida humildad. Y el hombre justo se enfurece en los bosques por los que vaga el León”. Su obra está salpicada de esta experiencia.

El guardián de Albión era, en realidad, la imagen que Blake atribuía al rey Jorge III y los ángeles representaban a sus partidarios. Las láminas de su poema América, una profecía, aunque pueda parecer que hablan de la revolución americana -auténtica fuente de inspiración para los revolucionarios ingleses- en realidad reflejan sus recuerdos durante los días en que Londres fue sacudida por los airados hijos de Inglaterra. Blake saludaba a esos tiempos salvajes, a ese “recién nacido terror”. La Revolución era, por otro lado, una revolución esperada y deseada por gente como Blake. La Revolución simbolizaba a “Rintrah”, que en la mitología de Blake representaba la cólera profética. Y muy posiblemente, la última vez que Blake pudo ver el rostro “humano” de “Rintrah” fue mientras marchaba junto a la muchedumbre y observaba las enormes llamas destruyendo la prisión de Newgate. A esta época pertenecen los grabados Alegre día y La danza de Albión. Albión, dirá Blake, había por fin bailado “la danza de la muerte eterna”.

Meses después de los disturbios de Gordon, fue detenido acusado de trabajar para el enemigo como espía a sueldo de Francia mientras realizaba, junto a varios amigos, esbozos al natural de la flota inglesa, la cual se preparaba para partir hacia las colonias americanas. Tras permanecer arrestado varias horas, fue puesto en libertad gracias a las presiones de la Real Academia.

A raíz de esta experiencia escribió varios versos como los contenidos en Canción de guerra de un hombre inglés, que luego recogió en Esbozos poéticos: “¡Los ángeles de la muerte se aprestan en los cielos que ya descienden! […]. ¡Preparaos soldados, nuestra causa es la causa del cielo!”.

El incendio de Newgate fue solo un instante de una panorámica más amplia. Vista a lo lejos, Londres se venía abajo (“¡Nunca, hasta anoche, había visto Londres y Southwark en llamas!”, exclamó un asustado católico, que más tarde comparó aquellos disturbios con el inmenso incendio que azotó Londres en 1666 y que destruyó casi por completo el centro de la ciudad). Grandes columnas de humo se levantaban en distintos barrios de la ciudad, sirviendo de advertencia de lo que sucedía en sus calles. El primer día los soldados, armados con bayonetas, lograron detener a trece hombres que fueron conducidos hasta la prisión de Newgate. En las calles ya se veían a miembros de la mítica Queen’s Light Dragoons, una fuerza especial del ejército creada un siglo antes durante la revolución americana. Decenas de bandas procedentes de las afueras, que semanas antes habían ido reclutando voluntarios entre los campesinos, se repartían por la ciudad. Muchos habían venido desde muy lejos, desde aldeas remotas gobernadas por terratenientes (el antiguo señor feudal había desaparecido desde hacía ya tiempo). Todos ellos eran trabajadores sin tierra, nuevos habitantes de la vieja aldea medieval, gente sin derechos políticos a los que solo les quedaba la revuelta y la violencia para hacerse escuchar.

El fuego de Gordon conservaba el eco de un pasado no muy lejano. Los más viejos aún podían recordar cómo en 1746, tanto en Sunderland como en Liverpool, las capillas católicas habían sido derribadas. Esta forma de protesta se presentaba como religiosa, pero planteaba problemas mayores.

De alguna manera, los alborotadores deseaban, aunque solo fuese momentáneamente, ajustar las cuentas con los ricos. La escasez de alimentos o la subida de los precios casi siempre provocaban las protestas más grandes y por esta razón las autoridades de Londres eran muy precavidas a la hora de asegurarse de que los mercados estuviesen bien surtidos o de que se respetasen los precios de los alimentos.

Lo sucedido en el pasado, presentado como una “revuelta del hambre”, mantenía a las fuerzas del orden expectantes ante el primer atisbo de conflicto. Otras veces, los altercados se producían como consecuencia del espíritu xenófobo hacia los irlandeses, que con frecuencia eran contratados por salarios muy inferiores al de los ingleses. Los viejos héroes se invocaban en los numerosos clubs repartidos por la geografía de Londres, como la Robin Hood Society, donde pagando seis peniques se podía hablar del tema que se quisiera durante cinco minutos. El periódico reaccionario Gentleman´s Magazine advertía de que “si la legislatura no se apresura a usar algún método eficaz para suprimir el actual espíritu de revuelta que se ha tornado general en las capas inferiores de la población… no habrá protección contra la turba dedicada al pillaje… ¡La turba debe ser derrotada!”. Las bandas al frente de los disturbios estaban dirigidas por gente conocida en sus barrios y pueblos, generalmente tenderos, artesanos o pequeños comerciantes, como Thomas Chaplin, un maestro cochero que durante la revuelta se encargó de recaudar dinero para la turba. El carisma, una mezcla de empatía e intereses comunes, les hacía ser respetados como la única autoridad real. Dirigían a las bandas y las bandas obedecían.

Hay quien dice que la participación de Blake en la destrucción de Newgate surgió casi por casualidad al encontrarse de frente con la muchedumbre que ya marchaba dispuesta a asaltar la prisión. O puede que no, quizás todo formase parte de un “plan”; un “plan” que tomaba forma poco a poco y cuyo significado total entonces Blake ignoraba, porque en el fondo, en lo más secreto de sí mismo, en sus versos, entre ese amasijo de maldad y abyección, de trascendencia y lírica de guerra, ya habitaba lo que las huestes de Gordon depararían. El “espantoso cambio” estaba en marcha: el Gran Salto Adelante, primero la Revolución Americana y luego la Francesa. Y también las multitudes, como aquellas que incendiaron Newgate,y que parecían no estar en Londres, sino lejos de allí, en América, porque “la guerra comenzó en América. Todos sus horrores siniestros pasaron ante mis ojos atravesando el Atlántico hasta Francia. Entonces comenzó la Revolución Francesa entre espesos nubarrones”. A través de estos nubarrones los ojos de Blake pueden ver más allá, mucho más allá de los gruesos muros de Newgate convertidos ahora en escombros, mucho más allá de las fronteras inglesas y del viejo imperio.

Blake está viendo el rostro de París y de los futuros jacobinos, entonces reunidos en círculos literarios, sin que nadie pudiera sospechar lo que iba a suceder en poco menos de una década. Concretamente, nueve años después.

Durante los llamados “disturbios de Gordon” -los mayores en la historia de Inglaterra- se destruyeron más de un centenar de viviendas pertenecientes a la aristocracia y la iglesia, además de media docena de prisiones, que ardieron por completo siendo sus presos liberados. El Banco de Inglaterra tampoco se libró de la destrucción. La estampa urbana era sinónimo de horror y caos. Varios cuerpos colgados frente a Temple Bar. Una fiesta improvisada en el London Bridge. Bibliotecas quemadas. Almacenes vacíos. Todo es de todos. Muchos manifestantes cayeron por las balas del ejército. También hubo bajas entre los soldados. En total se contaron más de doscientos muertos. Otros tantos centenares de participantes fueron detenidos y veinticinco de ellos colgados como escarnio para el resto.

Servando Rocha (La facción caníbal, 2012)

 

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