La sociedad del espectáculo. Selección.

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El espectáculo no puede ser comprendido como el abuso de un mundo de la visión o como el producto de las técnicas de difusión masiva de imágenes. Se trata más bien de una weltanschauung devenida efectiva, materialmente traducida. Es una visión del mundo que se ha objetivado.

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El espectáculo, considerado en su totalidad, es a la vez el resultado y el proyecto de un modo de producción existente. No es un suplemento al mundo real ni su decoración superpuesta. Es el corazón del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de entretenciones, el espectáculo constituye el  modelo presente de la vida socialmente dominante. Es la afirmación omnipresente de una elección ya hecha en la producción, y su corolario consumo. La forma y el contenido del espectáculo son idénticamente la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente. Es también el espectáculo la presencia permanente de esta justificación, en tanto que acaparamiento de la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna.

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En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso.

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El espectáculo se presenta como una inmensa positividad indiscutible e inaccesible. No dice nada más que “lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece”. La actitud que el espectáculo exige por principio es esta aceptación pasiva que en realidad ya ha obtenido por su manera de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia.

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El espectáculo es el heredero de toda la debilidad del proyecto  filosófico occidental, que fue una comprensión de la actividad dominada por las categorías del ver; de la misma manera que se funda sobre el incesante despliegue de la racionalidad técnica precisa que ha nacido de tal pensamiento. El espectáculo no realiza la filosofía, transforma en filosofía la realidad. Es la vida concreta de todos que se ha degradado en universo especulativo.

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La filosofía, en tanto que poder del pensamiento separado, y pensamiento del poder separado, no ha podido jamás por sí misma superar la teología. El espectáculo es la reconstrucción material de la ilusión religiosa. La técnica espectacular no ha disipado las nubes religiosas en las que los hombres habían depositado sus propios poderes desligándolos de sí mismos: ella los ha solamente ligado a una base terrestre. De tal manera que es la vida la más terrestre que se torna opaca e irrespirable. Ella no confina más en el cielo sino que alberga en sí misma su recusación absoluta, su falaz paraíso. El espectáculo es la realización técnica del exilio de los poderes humanos en un más allá; la escisión consumada al interior del hombre.

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A medida que la necesidad se encuentra socialmente soñada, el sueño se vuelve necesario. El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada, que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de este sopor.

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El origen del espectáculo es la pérdida de la unidad del mundo, y la expansión gigantesca del espectáculo moderno expresa la  totalidad de esta pérdida: la abstracción de todo trabajo particular y le abstracción general del conjunto de la producción se traducen perfectamente en el espectáculo, cuyo modo de ser concreto es justamente la abstracción. En el espectáculo, una parte del mundo se representa ante el mundo, y le es superior. El espectáculo no es más que el lenguaje común de esta separación. Lo que une a los espectadores no es más que un vínculo irreversible al centro mismo que los mantiene en el aislamiento. El espectáculo reúne lo separado, pero lo reúne en tanto que separado.

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El espectáculo en la sociedad corresponde a una fabricación concreta de la alienación. La expansión económica es principalmente la expansión de esta producción industrial precisa. Lo que crece con la economía que se mueve por sí misma no puede ser más que la alienación que se encontraba justamente en su centro original.

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El espectáculo es la otra cara del dinero: el equivalente general abstracto de todas las mercancías. Pero si el dinero ha dominado a la sociedad en tanto que representación de la equivalencia central, es decir, del carácter intercambiable de los múltiples bienes cuyo uso no era comparable, el espectáculo es su complemento moderno desarrollado en el cual la totalidad del mundo mercantil aparece, en bloque, como una equivalencia general de aquello que el conjunto de la sociedad puede ser y hacer. El espectáculo es el dinero que solamente se mira, pues en él es ya la totalidad del uso que se ha intercambiado contra la totalidad de la representación abstracta. El espectáculo no es solamente el servidor del pseudo uso; sino que ya en sí mismo es el pseudo uso de la vida.

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El movimiento de banalización que, bajo las multicolores diversiones del espectáculo, domina mundialmente a la sociedad  moderna, la domina también bajo cada uno de los puntos en donde el consumo desarrollado de mercancías ha multiplicado aparentemente los roles y los objetos a escoger. Las supervivencias de la religión y de la familia —la cual es aún la forma principal de la heredad del poder de clase—, y de la represión moral que ellas aseguran, pueden combinarse, como una misma cosa, con la afirmación redundante de la fruición de este mundo, este mundo justamente producido como pseudo fruición que contiene en sí la represión. A la aceptación beata de lo que existe puede también agregarse como una misma cosa la revuelta puramente espectacular: esto traduce el simple hecho que la insatisfacción misma ha llegado a ser una mercancía a partir del momento en que la abundancia económica logró ser capaz de extender su producción hasta el tratamiento de tal materia prima.

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El tiempo cíclico es en sí mismo el tiempo sin conflicto. Pero en esta infancia del tiempo el conflicto está instalado: la historia lucha primero por ser la historia en la actividad práctica de los amos. Esta historia crea superficialmente la irreversibilidad; su movimiento constituye el tiempo mismo que él agota, al interior del tiempo inagotable de la sociedad cíclica.

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Las religiones monoteístas fueron un compromiso entre el mito y la historia, entre el tiempo cíclico que domina aún la producción y el tiempo irreversible en el que se afrontan y se recomponen los pueblos. Las religiones salidas del judaísmo son el reconocimiento universal abstracto del tiempo irreversible que se encuentra democratizado, abierto a todos, pero en lo ilusorio. El tiempo se encuentra entero orientado hacia un solo suceso final: “El reino de Dios está próximo.” Estas religiones nacieron sobre el suelo de la historia, y allí se establecieron. Pero aún ahí, se mantienen en oposición radical a la historia. La religión semihistórica establece un punto de partida cualitativo en el tiempo, el nacimiento de Cristo, la fuga de Mahoma, pero su tiempo irreversible —introduciendo una acumulación efectiva que podría tomar en el Islam la figura de una conquista, o en el cristianismo de la Reforma la de un acrecentamiento del capital— está de hecho invertido en el pensamiento religioso como una cuenta regresiva: la espera, en el tiempo que disminuye, del acceso al otro mundo verdadero, la espera del Juicio final. La eternidad salió del tiempo cíclico. Ella es su más allá. Es el elemento que deprecia la irreversibilidad del tiempo, que suprime la historia en la historia misma, colocándose, como un puro elemento puntual en el que el tiempo cíclico entró y se abolió, del otro lado del tiempo irreversible. Bossuet dirá aún: “Y por medio del tiempo que pasa, entramos en la eternidad que no pasa.”

158

El espectáculo, como organización social presente de la parálisis de la historia y de la memoria, del abandono de la historia que se erige sobre la base del tiempo histórico, es la falsa conciencia del tiempo.

159

Para llevar a los trabajadores al status de productores y consumidores “libres” del tiempo-mercancía, la condición preliminar fue la expropiación violenta de su tiempo. El retorno espectacular del tiempo no ha llegado a ser posible sino a partir de este primer despojo del productor.

208

El détournement es lo contrario de la citación, de la autoridad teórica siempre falsificada por el solo hecho que ella ha llegado a ser una citación; fragmento arrancado de su contexto, de su movimiento, y finalmente de su época como referencia global, y de la opción precisa que ella constituía al interior de esta referencia, exactamente reconocida o errónea. El détournement es el lenguaje fluido de la anti-ideología. Aparece en la comunicación que sabe que no puede pretender poseer ninguna garantía en sí misma ni definitivamente. Es, en el grado más alto, el lenguaje que ninguna referencia antigua ni suprahistórica puede confirmar. Es, por el contrario, su propia coherencia, en sí misma y con los hechos practicables, lo que puede confirmar el antiguo centro de la verdad que éste devuelve. El détournement no ha fundado su causa en nada exterior a su propia verdad como crítica presente.

209

Lo que, en la formulación teórica, se presenta abiertamente como détourné, desmintiendo toda autonomía durable de la esfera de lo teórico expresado, haciendo allí intervenir por esta violencia la acción que perturba y barre todo orden existente, hace recordar que esta existencia de lo teórico no es nada en sí misma, y no puede conocerse más que con la acción histórica, y la corrección histórica que es su verdadera fidelidad.

Guy Debord (La sociedad del espectáculo, 1967)

Traducción: Rodrigo Vicuña Navarro

Selección: Maxi Postay

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