La vaca manchada

Jacques Errant había sido encerrado en un calabozo negro como una cueva; no veía a nadie, a excepción de las ratas y del carcelero, con el que no hablaba. No sabía de que estaba acusado, en el caso del que estuviera acusado de algo.

Se decía a menudo:

“Es curioso que me hayan detenido de esta forma, sin darme ninguna razón, y estar desde hace un año supeditado a un proceso cuya causa ignoro. Sin dudas, debo haber cometido un crimen importante… pero ¿cuál? Lo pienso a menudo, escudriño mi vida pasada, reveo mis acciones en todos mis sentidos, y no descubro nada… es cierto que soy un pobre diablo, sin inteligencia ni malicia… quizás lo que tomo por actos virtuosos, o al menos permitidos, son en realidad grandes contravenciones contra la ley”.

Recordaba haber salvado, un día, a un niño que se ahogaba en el río. Otra vez, encontrándose muy hambriento, le había dado toda su comida a un miserable que se moría de inanición al costado del camino.

“Quizás sea eso”, pensaba. “Quizás sean actos terribles y prohibidos… pues, pensándolo bien, sino hubiera hecho nada, no estaría en este calabozo desde hace un año”.

Este razonamiento lo aliviaba, echaba un poco de luz sobre sus dudas. Jacques era de los que creen que la Justicia no puede equivocarse y que los jueces hacen bien todo lo que hacen.

Y, cuando sus angustias volvían, se repetía:

“Es eso, doy por cierto que es eso… o quizás algo que ignoro. Pues no conozco nada, ni a nadie, ni a mí mismo. Soy demasiado humilde, demasiado pobre; no alcanzo a distinguir el bien del mal… pero, alguien tan miserable como yo, difícilmente pueda cometer crímenes”.

Una mañana se atrevió a preguntárselo al carcelero, que era un buen hombre, aunque un poco feroz.

-Veamos – le respondió-; quizás te han olvidado aquí. -Y lanzó una carcajada estrepitosa, que levantó sus largos bigotes como un viento infla las cortinas de una ventana entreabierta –. Hay uno bajo mi custodia, el 814, que está aquí hace veintidós años, en prisión preventiva. – El carcelero preparo su pipa metódicamente y la encendió-. ¡Qué quiere! Las prisiones están atiborradas de gente en este momento, y los jueces no saben hacia dónde mirar. La situación los desborda totalmente.

-Pero ¿Qué es lo que ocurre? – preguntó Jacques-. ¿Hay una revolución?

– Peor que eso. Hay montones de descerebrados peligrosos que andan proclamando verdades a lo largo de las rutas. En general se los juzga y condena enseguida, pero siempre hay nuevos. No se sabe de dónde salen. ¡Ah, todo esto va a terminar mal, muy mal! –remató, lanzando una bocanada de humo.

El prisionero tuvo una duda:

-¿Yo también -preguntó, muerto de miedo- anduve por los caminos proclamando verdades sin saberlo?

-Es poco probable -contesto el carcelero-; no tienes el aspecto de esos tipos. Puede que seas un asesino, un estafador o un simple ladrón. Lo que no sería nada, en verdad, o incluso sería bueno. Pero, si hubieras sido de esos, ya habrías sido juzgado y condenado a muerte hace rato…

– ¿Los condenan a muerte?

– ¡Pues claro! Bueno sería que los promovieran a ministros o a arzobispos, o que les dieran una medalla de la Legión de Honor. ¡Caramba! ¿Qué tienes en la cabeza?.

Más tranquilo Jacques Errant murmuro:

-En fin… espero no haber andado por ahí proclamando verdades. Eso es lo esencial.

– …y no tener una vaca manchada. Porque eso tampoco es bueno en los tiempos que corren. – dijo el carcelero, y se alejó.

“No tengo que estar inquieto, dijo Jacques. “No proclame ninguna verdad ni tuve nunca una vaca manchada así que puedo estar bien tranquilo”. Y esa noche, durmió sereno y feliz.

El 17° día del segundo año de su prisión preventiva, Jacques fue sacado de su calabozo y conducido por dos gendarmes a una sala cuya luz destellante lo encegueció, al punto de casi hacerlo desmayar. El incidente fue lamentable, y el desgraciado escucho voces que murmuraban:

-Debe ser un criminal importante.

-Debe haber proclamado verdades en los caminos…

-Más bien tiene aspecto de tener una vaca manchada…

-La justicia del pueblo debería juzgarlo.

-Miren que pálido esta…

-¡Pena de muerte!

Al despabilarse, Jacques escucho a un joven hombre que decía:

-¿Por qué se ponen en contra él? Parece pobre y enfermo…

Vio bocas que se torcían de ira, puños levantados, y el joven, tras recibir varios golpes, fue retirado de la sala, cubierto de sangre, mientras la multitud seguía gritando:

-¡Pena de muerte!

Detrás de un inmerso cristo sangrante, hombres vestidos de rojo con birretes bizarramente ribeteados esperaban sentados, ante una mesa con forma de mostrador.

-Jacques Errant -pronuncio una voz nasal y cascada procedente de alguno de los birretes-, usted está acusado de poseer una vaca manchada. ¿Qué tiene para responder?

Jacques respondió suavemente, sin vergüenza alguna:

– Su señoría, ¿cómo me sería posible poseer una vaca manchada o sin manchas, no teniendo establo para albergarla ni campo para alimentarla?

-Se desvía usted de la pregunta -le reprocho severamente el juez- y, haciéndolo, testimonia un inaudito cinismo y una abominable perversidad. Nadie lo acusa de poseer, sea una establo, sea un campo, incluso siendo ambos crímenes clasificados, audaces y horrorosos que esta Corte, por una excesiva indulgencia, no eleva contra usted. Usted está acusado de poseer una vaca manchada. ¿Qué tiene para responder?

– ¡Pues no! No tengo ninguna clase de vaca. De hecho, no tengo nada sobre la tierra. Y juro que, en ningún momento de mi vida, por nada en el mundo, he proclamado una verdad.

-¡Suficiente! –bramo el juez con voz tan estridente que Jacques creyó que las puertas de la prisión perpetua se les cerraban en a la cara-. Todo está muy claro. Puede sentarse.

Hacia la noche, luego de muchas palabras intercambiadas por personas que no conocía, y en las que sin cesar aparecían su nombre y la vaca manchada entre las peores maldiciones, Jacques fue condenado a cincuenta años de cárcel por el crimen irreparable y monstruoso del que había sido acusado.

La multitud, decepcionada con una sentencia que encontraba muy dulce, clamó por la pena de muerte. Casi despedazan al pobre diablo, que los gendarmes con mucho esfuerzo lograron proteger de los golpes y retirar de la sala, entre abucheos y amenazas.

-Estoy muerto -dijo Jacques, acabado-. ¿Cómo es que yo, que no tengo nada en el mundo, tengo, sin saberlo, una vaca manchada?

-¡Nadie sabe nada! –dijo el carcelero preparándose la última pipa de la noche-. Tú no sabes porqué tienes una vaca manchada, yo no sé porqué soy carcelero, la muchedumbre no sabe porqué pide pena de muerte y la tierra no sabe porqué da vueltas. -Y encendió su pipa, que fumo en silencio.

Octave Mirbeau (1898)

Traducción: Claudio Iglesias

 

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