Las trampas de la historiografía dominante

 

El pensamiento mágico adultera la historiografía clásica de la filosofía. Por alguna extraña razón, los apóstoles de la razón pura y de la deducción trascendental  comulgan con la mitología que crean, y luego la reproducen a la fuerza cuando enseñan, redactan artículos, transmitiendo, escribiendo y publicando las fábulas que, de tanto repetirlas, se vuelven verdades y palabras sagradas. El plagio, la cita encubierta, la regurgitación conceptual del caldo ajeno y otras jocosidades de la corporación controlan el mundo de los redactores de enciclopedia, los creadores de vocabulario y demás autores de la historia de la filosofía, y los manuales para el último año del bachillerato.

La comparación de las producciones en este campo revela una uniformidad apabullante: las mismas referencias, los mismos textos de los mismos autores, los mismos contenidos en las reseñas biográficas de los manuales, a veces la misma iconografía… Las enciclopedias se compilan a menudo con el plagio de reseñas de obras que el editor pretende desarrollar y que el autor, mal pagado en el momento del  trabajo, despacha  rápidamente actualizando una bibliografía en la que no deja de agregar una buena cantidad de llamadas a sus opúsculos y artículos de escasa circulación. De uno a otro libro, se reproducen los mitos sin ponerlos nunca en duda, ni una sola vez.

Entre las fábulas que se han convertido en certezas admirables, se encuentra la siguiente: la filosofía nace en el siglo VII a. C., en Grecia, con los presocráticos. Esta frase contiene por lo menos tres errores: la fecha, el lugar y el nombre. Porque mucho antes de esa fecha ya se pensaba en Sumeria, Asiria, Babilonia, Egipto, en la India, en la China y en otros lugares bárbaros desde el punto de vista de los griegos. En cuanto a los presocráticos, es un concepto comodón muy útil para evitar mirar más de cerca.

¿Qué dice en realidad la palabra en sí misma? De hecho, parece referirse a un momento anterior a Sócrates. Tomemos la fecha de su nacimiento: hacia 469, o la de su muerte, 399. O incluso la de su apogeo: alrededor del año 350. Desde el punto de vista lógico, puede llamarse presocrático un suceso –Tales cayendo en su pozo–, un libro –el poema Sobre la naturaleza, de Empédocles–, un filósofo –Heráclito, Parménides, Demócrito–, un pensamiento –el atomismo abderiano–, un concepto –el Uno de Parménides–, anterior a esas fechas. En último caso, y a fin de cuentas, no se puede llamar presocrático a nada de lo que sigue a la muerte del maestro de Platón…

¿Cómo entender, por lo tanto, la inclusión de Demócrito en esta constelación donde se codean a través de varios siglos materialistas absolutos e idealistas cabales, atomistas y espiritualistas, partidarios del mito y defensores de la razón, geógrafos y matemáticos, milesios y jonios, entre tantas otras discrepancias? Mejor aún: ¿quién puede explicar por qué el filósofo de Abdera es el presocrático cuyo corpus existente es el  más vasto, a sabiendas de que, según los cálculos, fue casi contemporáneo del nacimiento de Sócrates, al que sobrevivió tres decenios? Por lo tanto, ¿por qué este flagrante error, avalado pero no corregido por Jean-Paul Dumont en su edición de la Pléiade?

Otra fábula: el nacimiento blanco y europeo de la filosofía.

Sin duda alguna, reconocer una filiación bárbara, consentir una genealogía a partir de esa genealogía mágica, supone la consagración de amarillos, negros y mestizos. No encontraremos nada demasiado blanco en la piel de esos racistas que fueron los griegos, a los que gustaba tan poco la democracia… Otro lugar común: ¡los griegos, inventores de la democracia! Ellos, que alababan el linaje puro, única legitimación de cualquier participación en la vida de la ciudad. Las mujeres, los metecos, los extranjeros residentes y los blancos no nacidos de raza pura eran excluidos de esa famosa democracia, existente sólo en la ciudad de Atenas…

El Logos cae del cielo, milagro griego… ¿Qué pensar de los viajes de Pitágoras a Egipto y de los saberes y sabidurías allí descubiertos? ¿Qué pensar de las expediciones del mismo Demócrito a Persia, entre los indios, los etíopes y los egipcios?

¿Qué pensar de sus encuentros con los astrónomos caldeos, los magos persas, los gimnosofistas indios, ya sea en su tierra o durante los viajes de éstos por Grecia? La pureza blanca griega desprecia las mezclas de hombres y de ideas. ¿Que la impureza cosmopolita construida con bárbaros desempeña un papel determinante? Ni pensarlo…

En el reino de la filosofía oficial, triunfan las fábulas. No se ponen en tela de juicio las producciones de la historiografía  dominante. ¿Cómo podríamos hacerlo, además, si la  historiografía no se enseña nunca como parte del corpus de estudios de la filosofía? En ninguna parte se dedica tiempo a esta  tarea: no se filosofa acerca de la construcción de las limaduras en  la historia de la filosofía. ¿Por qué limar las asperezas y obligar a lo diverso a convertirse en formas que sirvan para reprimir la vitalidad de los pensamientos a fin de adoptar un único discurso autorizado?

La epistemología de la disciplina parece inoportuna, pero sonreímos ante una historia marxista leninista de la filosofía… o ante un proyecto similar firmado por un autor cristiano. ¿Por qué la historiografía que se enseña en las instituciones debería ser neutral? ¿En nombre de qué no obedece también ella a posiciones ideológicas? En especial, las que produce una civilización marcada desde hace dos mil años por una visión cristiana del mundo. Cuando se escribe la historia de cualquier disciplina, la episteme de nuestra cultura no debe ser eludida. La historiografía se constituye sobre dos mil años, con actores conscientes y decididos, o no, con copistas y archivistas de buena fe, o no, con los avatares de la historia: base documental, incendios, catástrofes naturales, fragilidad de los soportes, precariedad de los medios de conservación, buena o mala voluntad de los actores, iniciativas personales o decisiones ideológicas estatales, intervención de falsificadores, movilización de incompetentes, etc. Todo ello contribuye a la producción de un corpus primitivo en el que se intenta poner orden.

¿Quién escribe la historia de la filosofía? ¿Según qué principios? ¿Con qué objetivos? ¿Para demostrar qué? ¿A quién? ¿Desde qué perspectivas? ¿Cuándo comienza la práctica  de la Historia, de la Enciclopedia, del Léxico, del Manual? ¿Quién edita, distribuye, difunde? ¿Dónde? ¿Para qué público, qué lectores? Cuando una obra semejante cae en nuestras manos, una legión de personas más o menos bienintencionadas, más o menos dotadas, honestas e inteligentes, se encuentra en las  sombras, detrás de nosotros…

 

Michel Onfray (La potencia de existir, 2006)

Fotografía original: Penna Prearo

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