Licuadora vs. Cubetera

La licuadora y la cubetera representan dos modelos epistemológicos históricamente enfrentados.

Se odian, se repelen, se repugnan.

La licuadora constituye el ícono epistemológico por excelencia del abolicionismo de la cultura represiva (ACR).

Ícono epistemológico, vale aclararse, de una “epistemología ACR” que no es episteme ni lógica; de una “epistemología ACR”, por lo tanto, cuidadosa y perpetuamente entrecomillada.

La cubetera, por su parte, simboliza el positivismo epistemológico más nítido, mediocre y previsible.

Un positivismo epistemológico que hace de la experiencia desbordante del “conocer” un gran ritual matemático en el que la mutación constante (característica, definitoria) del río heraclitiano (corriente de agua en permanente transición) deviene estatismo (cubo congelado, agua encerrada, agua congelada con forma de caja, agua congelada fóbica al calor -al calor, en tanto ebullición y conflicto-).

Un positivismo epistemológico que sí es episteme, que sí es lógica. Que, claramente, no necesita ser entrecomillado.

El modelo licuadora fomenta que el conocimiento se mezcle.

El modelo cubetera fomenta divisiones tajantes en clave disciplinaria. Divisiones tajantes generadoras de especialistas. Divisiones tajantes generadoras de discursos insulares. Divisiones tajantes incapaces de asociar libremente medusas con mandarinas, mandarinas con murciélagos, murciélagos con la toma de la Bastilla.

La licuadora apuntala el uso de recursos tales como las aproximaciones insólitas surrealistas, la paranoia crítica de Salvador Dalí y/o el reconocimiento irremediable de una soberana incapacidad para reglar nuestros pensamientos/sentimientos, cual artículos constitucionales o versículos bíblicos.

Bello como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección.

Quien no puede visualizar un caballo al galope sobre un tomate es un idiota.

Las cubeteras no pueden visualizar un caballo al galope sobre un tomate.

Volcán irremediable.

Pensamos muchas cosas a la vez. No somos máquinas. Somos vísceras.

La licuadora promueve una suerte de sinceramiento y/o reconciliación con el funcionamiento más habitual de nuestro cerebro (o mejor dicho, de nuestro cuerpo, de nuestra sensibilidad reflexiva, de nuestra sangre).

La licuadora se opone a la antinaturalidad naturalizada que supone dividir para pensar; ordenar, para pensar mejor.

Mientras la cubetera dirá, por ejemplo: “Usted es antropólogo, usted no puede tomarse con seriedad textos gastronómicos y/o historietas sudafricanas”; la licuadora sugerirá exactamente lo contrario.

Para la licuadora el conocimiento se mezcla y pierde identidad.

Pierde ser. Adquiere siendo. Pierde sello de obra canónica y adquiere interpretación subjetiva, movilidad, torrente/rizoma.

El modelo licuadora produce la “muerte del autor”. Produce la muerte de la propiedad privada de las ideas.

El conocimiento es herramienta, cuerpo, carne.

El conocimiento es devenir. El conocimiento es incompletitud.

La séptima velocidad de la licuadora, aquella reconocida mundialmente como el súmmum del abolicionismo de la cultura represiva, destruye con asombrosa facilidad los cubos de hielo más tercamente producidos.

Para la cubetera el conocimiento es “materia”. Materia manejable. Materia manipulable.

Para la cubetera el conocimiento tiene un principio y tiene un fin.

La cubetera tiene un cierre por boca. La cubetera adora el intercambio diplomático, prudente, anestesiado.

La licuadora tiene labios carnosos adictos al conflicto, adictos al enchastre. Adictos a “la palabra como arma”. Adictos al juego y al placer.

La licuadora es hedonista y lúdica.

La licuadora destruye.

La cubetera detiene. La cubetera juega a la “estatua”.

La licuadora tritura.

La cubetera piensa siempre lo mismo y está orgullosa de hacerlo.

La cubetera es coherente.

En la caja de herramientas que se presenta a continuación el curioso internauta habrá de estar preparado para la improvisación, el vértigo y el vuelo aleatorio del mosquito.

Habrá de estar predispuesto a reconocerse tránsito.

Habrá de estar predispuesto a reconocerse pregunta abierta.

Habrá de estar predispuesto a reconocerse.

Porque una banana dentro de una licuadora deja de ser banana, casi de inmediato.

Porque una manzana dentro de una licuadora nunca más será manzana.

La licuadora se enciende y el ruido es ensordecedor.

Diógenes de Sínope, Michel Foucault, San Isidoro de Sevilla, Luis XIV, el Malón de la Paz, Valerie Solanas, Flor de piedra, Anaximandro, Pepito Cibrián, Charles Baudelaire, una dentadura postiza, un examen desaprobado, la virgen maría disfrazada de “hombre de la bolsa”.

Un candelabro, la concha sagrada, la razón de mi vida, la dictadura del proletariado.

Bello como el encuentro fortuito entre Maldoror y Zaratustra sobre una mesa de ping pong.

Tengo ganas de que llegue el otoño.

Tengo cáncer de colon.

Cómo me gusta coger con avestruces.

Pulga, perro, codicia, Artaud, indigencia, sexo por el culo.

Dionisio es el dios del placer (y de la duda).

Etimologías.

El lenguaje siempre es excluyente.

Una vez me dijeron “vos vas a llegar muy lejos”. Me mintieron. Me quedé dormido sobre un banco de vagón de subte (línea b). Nunca superé los límites de las estaciones de cabecera. Alem, Rosas. Rosas, Alem. Alem, Rosas. Rosas, Alem. Así diez días.

Mikjail Bakunin. Corcho quemado. Kill Bill I y II. Abracadabra.

La sidra está tibia. Voy a vomitar.

La licuadora y la cubetera representan dos modelos epistemológicos históricamente enfrentados.

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.