Manifiesto en lenguaje claro

A Roger Vitrac

Si no creo ni en el mal ni en el bien, si siento en mí tales disposiciones para destruir, si nada hay en el orden de los principios a lo que razonablemente pueda acceder, el principio mismo de todo esto radica en mi carne.

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Yo destruyo porque, en mi, todo cuanto proviene de la razón no se sostiene. Ya no creo sino en la evidencia de lo que agita mis medulas, no de lo que se dirige a mi razón. He encontrado estratos en el campo del nervio. Ahora me siento capaz de discernir la evidencia. Para mi existe una evidencia en el terreno de la carne pura, y que nada tiene que ver con la evidencia de la razón. El eterno conflicto entre la razón y el corazón se resuelve en mi propia carne, pero en mi carne irrigada de nervios. En el campo de lo imponderable afectivo, la imagen que traen mis nervios adopta la forma de la más alta intelectualidad, a la que me niego a arrancar su carácter de intelectualidad. Así es como asisto a la formación de un concepto que lleva en si la fulguración misma de las cosas, que llega sobre mí con un ruido de creación. Ninguna imagen me satisface, salvo que no sea al mismo tiempo conocimiento, que lleve consigo sustancia junto con su lucidez. Mi espíritu exhausto de la razón discursiva pretende verse llevado en los engranajes de una nueva, una absoluta gravitación. Para mí es como una reorganización soberana donde únicamente participan las leyes de la ilógica, y donde triunfa el descubrimiento de un nuevo sentido. Ese sentido extraviado en el desorden de las drogas, y que encarna una inteligencia profunda en las visiones contradictorias del sueño. Ese sentido es una conquista del espíritu sobre si mismo, y, aunque irreductible por la razón, existe, pero tan solo en el interior del espíritu. Es el orden, es la inteligencia, es la significación del caos. Pero no acepta ese caos tal cual, lo interpreta, y como lo interpreta, lo pierde. Es la lógica de la ilógica. Y está todo dicho. Mi lucida sinrazón no teme al caos.

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No renuncio a nada de lo que es el espíritu. Sólo quiero transportar mi espíritu a otra parte con sus leyes y sus órganos. No me entrego al automatismo sexual del espíritu, sino que, por el contrario, en ese automatismo trato de aislar los descubrimientos que la razón clara no me ofrece. Me entrego a la fiebre de los sueños, pero no para extraer de ello nuevas leyes. Busco la multiplicación, la delicadeza, el ojo intelectual en el delirio, no el vaticinio azaroso. Existe un cuchillo del que no me olvido.

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Pero es un cuchillo a mitad de camino de los sueños, y que mantengo dentro de mí mismo, al que no dejo de acudir a la frontera de los sentidos claros.

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Lo que es el dominio de la imagen es irreductible por la razón, y debe permanecer en la imagen, so pena de aniquilarse.

Sin embargo, hay una razón en las imágenes, hay imágenes más claras en el mundo de la vitalidad imaginaria.

En la profusión inmediata del espíritu hay una inserción multiforme y brillante de animales. Esa polvareda insensible y pensante se ordena según leyes que extrae del interior de si mismo, al margen de la razón clara y de la conciencia o razón atravesada.

En el dominio sobreelevado de las imágenes, la ilusión propiamente dicha, el error material, no existe, y con mayor razón la ilusión del conocimiento; pero con mayor razón todavía, el sentido de un nuevo conocimiento puede y debe descender en la realidad de la vida.

La verdad de la vida radica en la impulsividad de la materia. El espíritu del hombre está enfermo en medio de los conceptos. No le pidan que se satisfaga, tan solo pídanle que se tranquilice, que crea que realmente encontró su lugar. Pero únicamente el loco está realmente tranquilo.

Antonin Artaud

Fotografía original: Guglielmo Marconi

IMPORTANTE: Como en toda la obra de Artaud la palabra “espíritu” DEBE despojarse de cualquier connotación religiosa . “Espíritu” será entonces sinónimo de voracidad/curiosidad irrefrenable, éxtasis sensorial, impulso disruptivo o estado existencial de latente destrucción. Jamás un estatismo.  Jamás un determinismo. Jamás una categoría dogmática, rígida o esencialista.

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