Manifiesto LTF

I

La puerta sigue abierta, como siempre. Patología virósica. La parca se maquilla en los pasillos afiebrados de un tridente advenedizo. Catorce columnas se destruyen a sí mismas. De mármol, las gargantas sodomizan renacuajos. Los relámpagos de porcelana son acordes triturando exilios. Un pedazo de madera se transforma en escorpión y –a paso lento- las hormonas entronizan a las sombras. La ronda es alma. El alma es trueno. El cielo, orilla. La palabra, bifurcación.

Agazapada, la maldición resiste. Decapitada, la tempestad despierta. Somos un pasadizo empedrado reposando en silencio sobre el abdomen de una libélula. El grito mudo de una epidermis soberana. Seres mitológicos que comparten el pan en alquimias esotéricas. Chamanes galácticos politizando magia. Laberintos de fuego, artesanos de epopeyas.

Noche a noche, al llegar la madrugada, eyaculamos en con­junto sobre el pálido muslo de una comunidad sin rostro. Ri­tual de iniciación perpetuo. Fieles adoradores del placer, anhelamos la refecundación de Dionisio como quien anhela la fotografía del silencio.

Selectivos, elitistas, intolerantes y autoritarios, prohibimos el acceso a nuestro éter fosforescente a una extensísima lista de entelequias carbonizadas: burócratas carreristas, positivistas sin sangre, parnasianos métricamente sulfatados, hediondos sabelotodo, artistas funcionales al establishment, calculadores crónicos, realistas obtusos, sumisos frente al orden estable­cido, redactores de diccionarios, obsecuentes ante toda auto­ridad, evangelistas del castigo, fundamentalistas de la verdad, repetidores de frases hechas, fóbicos al caos, apologistas del encierro, filántropos pseudo transgresores, anatomías resigna­das, moralistas antiescándalo, promotores del progreso, geno­cidas de metáforas,  etc. etc. etc.

Sí. Adivinaron. Somos una secta. La secta más sectaria de la galaxia toda. Una secta temeraria. Una secta marginal. Una secta lujuriosa. Una secta incorregible. Somos una secta. Claro que lo somos. Somos lo que claro. Que lo claro somos.  Lo so­mos claro que.

II

Nos encontramos como grupo (o, mejor dicho, como secta) por primera vez -hace tres siglos y un minuto- sobre el lomo desgarbado del perro de Diógenes de Sínope (pelo número trescientos mil cuatrocientos cuarenta y tres, orientación no­roeste).

Clarividencia oracular de una pulga octogenaria. Manda­miento, profecía, interpelación:

“La cultura represiva debe ser abolida. Ni modificada ni mejorada ni suavizada ni reformulada. Abolida. No re­sulta para nada suficiente el cuestionamiento parcial de algo tan pero tan asqueroso. Aunque suene imposible, aunque suene irrealizable, aunque suene remoto, ese debe ser vuestro principal factor movilizante.

La crítica a medias anestesia imaginaciones y maximiza conformismos. Incluso en contra de la propia voluntad del sujeto que la realiza, el resultado de su elucubración tangible es inevitable. Reafirma, legitima y potencia el objeto criticado, le otorga inmunidad, prolonga su vida útil. Hace que propios y extraños confundan el quid de la cuestión. Instala una suerte de endeble purgatorio donde el único favorecido es el statu quo.

Sabemos que la complejidad del entramado represivo denunciado y la consciencia de la inexistencia de un todo material en relación a él, volverá paradójicas y contradic­torias muchas de vuestras intervenciones. ¿Debería im­portarles esto? Por supuesto que no. La paradoja y la contradicción, hoy enemigas – al menos en apariencia-, pronto devendrán aliadas incondicionales. Sólo es cuestión de tiempo.

Sean pacientes. No ingresen nunca en el terreno de la desesperación ni crean en la falsa dicotomía entre lo ´urgente´ y lo ´importante´. Sean astutos, dinámicos, im­predecibles. Pulpos pugilistas. Cirujanos del impacto. No deben golpear sólo una vez, deben vivir golpeando. No deben golpear por golpear. Deben golpear para lastimar. Gerundio, decisión, certeza incierta. Abolir, aboliendo. De eso se trata. Toda transformación se transforma -incluso a sí misma- transformando. Ya lo verán. BASTA DE TI­BIEZA”.

Al terminar su discurso la pulga gritó con furia. Su voz re­tumbó, insolente, en todo el Ágora. Colocó un revolver sobre su sien, apretó el gatillo y falleció en el acto.

Cuentan pitonisas y amazonas que desde aquel momento Alejandro III de Macedonia, alías “el grande”, tiene pesadillas y sufre de insomnio. Sonámbulo, rasca sus axilas con psicótica ferocidad.

III

Odiamos los cimientos represivos de la sociedad que nos ro­dea. Odiamos cada uno de sus sellos, de sus signos, de sus re­presentaciones. Odiamos cada una de sus semillas, cada uno de sus pistilos y cada espermatozoide de su potencialidad re­productiva.

Desde la morfología recalcitrante del hospital en el que na­cemos hasta el instinto mercadotécnico de los cementerios. Desde la educación que forma plastilinas para entretener al leviatán, hasta la familia normalizada y su distribución de roles alrededor de una mesa/organigrama. Desde la cárcel, los es­tigmas, los prejuicios, el manicomio, la simbología urbana, la estandarización del sexo, los geriátricos, la inercia y las metas preestablecidas por marionetistas sin pasión; hasta el terror divino, la cofradía patriarcal, los aplausos sordos, la arquitec­tura higienista, la idiotez nunca curada del filósofo, la beatifi­cación de Apolo y la robotización desmesurada de la subjetivi­dad y sus múltiples matices.

Simbiosis perfecta entre la magnitud de un atlas, la voracidad multiplicadora de una avalancha y la persistencia expansiva de una mancha de humedad. No nos asustan las batallas asimétri­cas. Cuanto más grande advertimos que es la cultura represiva cuya abolición pretendemos, más grande es también nuestra irreverencia frente a ella.

Hedonistas lúdicos en estado terminal. Somos profunda­mente irrespetuosos, genéticamente disruptivos, antijerárqui­cos y antiverticalistas.

Odiamos toda prepotencia eréctil, amamos toda ebullición multiorgásmica. Odiamos a los jefes, amamos a las ninfas. Odiamos a los santos, amamos a los sátiros. Odiamos a los cónsules, amamos a los eructos. Odiamos a la prudencia, amamos a los sarcophilus harrisii. Odiamos a los reyes, ama­mos a las ratas.

No hay blasones, títulos nobiliarios, diplomas académicos, apellidos patricios, rangos ecuménicos, fortunas económicas, cargos electorales, cucardas, medallas, premios ni pergaminos que dobleguen y/o condicionen nuestra forma de interpretar el devenir del mundo.

Caricaturas de sí mismos, serviles payasos de una abreviatura o una etiqueta pomposa, los herederos anfibios de la pedan­tería pandémica nos resultan completamente desagradables.

Estamos dispuestos a destruir cada uno de los obeliscos exis­tentes sobre la faz de esta tierra. Con martillos, con dinamita o –de ser necesario- con nuestras propias manos. Desde el horroroso obelisco de la ciudad de Buenos Aires -construido en 1936- hasta el mismísimo obelisco de la Plaza San Pedro del Vaticano, robado a los egipcios durante el mandato del tiránico emperador Calígula en el año 36 d.c. y trasladado a su ubica­ción actual por un voluminoso grupo de esclavos obligados a mantener silencio durante la gesta (bajo amenaza de muerte), a pedido del papa Sixto V, en 1586.

¡Muerte al gobierno dictatorial del falo! ¡Vida eterna al clito­riscentrismo!

IV

En clave no punitiva, abordamos un conocimiento no cono­cido, conociendo –básicamente- que no conoceremos jamás. No hay nada que nos resulte menos interesante que llegar a conclusiones definitivas. La pretensión de “abarcarlo todo” en materia de saber y/o conocer responde al paradigma episte­mológico positivista, con el cual no tenemos nada en común.

Si existe algo así como una epistemología y/o gnoseología que nos identifique como abolicionistas de la cultura represiva, la bandera que represente simbólicamente tamaña afrenta contra la academia petulante (sus lógicas, sus manías y sus divismos) deberá tener en su centro una licuadora de siete velocidades.

Proeza de centauros mancos en la que confluyen las tormen­tas con el átomo más antiguo, residual y pasajero de la duda de un murciélago. Catarsis surrealista que lee y distorsiona, que apropia y no recita, que encarna y no idolatra. Combina­ción imperfecta de tres musas, reinterpretadas de la manera más descarada y menos ortodoxa posible por un ejército de enanos trovadores que al “viento” lo apodan “confusión”:

1° La vertiginosidad del rizoma de Gilles Deleuze y Félix Guat­tari. Su impronta de vuelo de mosquito. Su antagonismo con el árbol-raíz. La imposibilidad de su definición conceptual. Sus líneas de fuga. Sus multiplicidades. Su pantera rosa. Sus babui­nos y sus orquídeas.  Sus no-interpretaciones. Su empedernida vinculación con la experimentación. Su relación con el libro y con los libros. Su relación con los muertos. Su relación con la no-muerte del libro. Su relación con la línea recta y con el punto. La infinitud y la inquietante astronomía del macrocosmos del jengibre.

2° Los suelos y los subsuelos de José Ortega y Gasset, asocia­dos indefectiblemente al peso -en kilogramos- de las quimeras y la indiferencia bodeleriana y la emergencia memoriosa de Fedor Dostoievski (después de décadas de tendinitis, artritis y pubalgias subterráneas de innegable repercusión coyuntural). El contexto, las circunstancias y su constante movilidad como variables constitutivas de la imposibilidad material de la objetividad, la imparcialidad, la neutralidad y/o mentiras sinoními­cas. La relevancia de la historiografía personal, el caudal anec­dotario y el sincretismo antipropedéutico.

3° La máxima de Isidore Ducasse “la poesía debe ser hecha por todos”. Su carácter impositivo (cuasi totalitario). La poesía como obligación. La poesía como salvación. La poesía como herramienta insurgente, como rescate de la sensibilidad sis­temáticamente anulada. Como búsqueda constante de rela­ciones prohibidas. Como semilla, como trinchera, como elec­troshock. La poesía como reacción emancipatoria frente al aplacamiento generalizado, a la idiotización a gran escala de los esqueletos durmientes sobre el trazo monocorde de una cadena de montaje taylorista. La relevancia superlativa que a ella le asignan (y supieron asignarle) una imponente cantidad de cadáveres exquisitos (degustados por la secta los días mar­tes, miércoles y viernes, a partir de las 19 hs.).

¡Qué viva el ca­nibalismo!

V

Estamos absolutamente convencidos de que quien abusa de citas al pie de página o de referencias textuales compulsivas, adora a su madre un poco menos que a los espejos. Presume y oculta. Compite y anestesia. Hace de la inseguridad personal un tatuaje en la frente y del aburrimiento, un tótem.  Tacaño y mercenario, cree en la propiedad de las ideas, en su intangibi­lidad atemporal, en su petrificación ad infinitum. Venera el “copyright” y sueña con vivir en “doctrinalandia”.

Si se trata de citas, los sectarios abolicionistas preferimos tenerlas en bares, callejones suburbanos, la última fila de un cine o en plazas oscuras y poco concurridas, idóneas para la pausa, la interpelación fortuita de los besos, la conversación romántica y/o –mucho mejor- el manoseo. Si se trata de regis­trar “genialidades”, no cuenten con nosotros para ello. Prefe­rimos afirmar que “toda idea se protege compartiéndola”. Por otra parte, si  –por esas casualidades- tenemos la desgracia y/o la mala suerte de toparnos en la calle con algún “genio”, de inmediato  devolvemos al fulano errante a la lámpara de aceite de la que nunca debió salir, evitando –bajo todo concepto- cualquier ademán de frotamiento.

CASO VERÍDICO: un profesor universitario (R.G.) califica como “muy pobre” el trabajo escrito presentado por uno de sus alumnos (E.B.). E.B. curioso, pregunta el motivo. R.G. res­ponde: “la mayoría de tus palabras ya fueron escritas por otro, faltan las citas, tu trabajo es muy poco serio”. El alumno, perplejo, jura y recontra jura haber escrito cada palabra por sí sólo. El profesor insiste, y no conforme con lo dicho, reduce aún más la nota del estudiante. Días más tarde, con motivo de la firma de libretas y el cierre del  ciclo lectivo, R.G. y E.B. vuel­ven a encontrarse. E.B. trae en sus manos un libro. R.G. lo es­pera indiferente sentado en su escritorio. E.B. toma asiento, mira fijamente a R.G., baja los ojos con calma y comienza la lectura -en voz alta- de uno de los fragmentos de la obra que trae consigo:

Uno de los motivos de la atmósfera asfixiante en que vi­vimos sin escapatoria posible y sin remedio –y que todos compartimos, aun los más revolucionarios- es ese respeto por lo que ha sido escrito, formulado o pintado y que hoy es forma, como si toda expresión no se agotara al fin y no alcanzara un punto donde es necesario que las cosas es­tallen en pedazos para poder empezar de nuevo. Debe terminarse con esta idea de las obras maestras reserva­das a un círculo que se llama a si mismo selecto y que la multitud no entiende; no hay para el espíritu barrios re­servados como para las relaciones sexuales clandestinas. Las obras maestras del pasado son buenas para el pa­sado, no para nosotros. Tenemos derecho a decir lo que ya se dijo una vez, y aún lo que no se dijo nunca, de un modo personal, inmediato, directo, que corresponda a la sensibilidad actual, y sea comprensible para todos”.

E.B cierra el libro bruscamente e increpa al catedrático: “¿Sabe usted, estimado profesor, quien fue el personaje tan ´poco serio´ que escribió esto?”. El profesor empalidece. Traga saliva y firma la libreta, algo atolondrado. El profesor nunca en su vida había leído a Antonin Artaud.

Estamos absolutamente convencidos de que quien escribe sobre falacias lógicas, verificacionismo, falsacionismo, principios rec­tores y reglas interpretativas y –además- tiene tendencia a publicar libros de más de ochocientas o novecientas páginas, necesita –con urgencia- un trasplante de corazón.

Nuestro género literario favorito (obviamente, más allá de la poesía) es el ensayo. Ensayo suena a teatro. A evento artístico. A telones, a bambalinas. A escenografías volando por los aires en constante transición.  Queremos vivir ensayando. Ensayar viviendo. Rodar escenarios nebulosos. Dramatizar, desdramati­zando. Nuestro género más odiado –sentir inevitable- es la monografía. Suena mal, hace mal y borra sonrisas.

Sabiduría de banana ecuatoriana que pretende vida eterna: “Los ensayos son de los actores; las monografías, de los mo­nos”.

VI

La fatalidad (y/o el egocentrismo de algún cartógrafo discí­pulo de Anaximandro de Mileto) nos depositó/vomitó/escupió en el margen occidental/sur del globo terráqueo. Costado sombrío y profano donde un crucifijo fue guillotina, cámara de gas, inyección letal, silla eléctrica y excremento en la lengua, en la garganta y en el esófago.

Hijos de una violación a gran escala iniciada en 1492. Abuso sexual -con acceso carnal- abordado eufemísticamente como “descubrimiento”. Hijos de un genocidio. Hijos de la peste, la difteria y la fiebre tifoidea. Hijos de jesuitas, franciscanos y virreyes pestilentes. Hijos de la financiación del desarrollo económico-material europeo a costa del saqueo monumental y sostenido en el tiempo (ni más ni menos que cinco siglos) de las virtudes minerales de la Pachamama. Hijos del hipócrita paternalismo de Bartolomé de las Casas y la ostensible animo­sidad virulenta de Francisco de Carvajal. Hijos que prefieren la orfandad.

Abortos malogrados, odiamos -muy especialmente- todo aquello que nos huela a nuestro árbol genealógico cultural. Papá Cristóbal Colón, sus leyes, sus credos y sus mecenas. Los estados nacionales, el mercantilismo/capitalismo emergente y Tomás de Torquemada, Pedro Arbués, Gaspar Juglar y la sofis­ticación de los castigos.

También –por supuesto- repudiamos a nuestros abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y choznos. Conscientes de que la casuali­dad poco tiene que hacer en esta dramaturgia, entrecruzamos eslabones perdidos, cual detectives sabuesos.

Vandálicos y agitadores, les sacamos las máscaras a los far­santes del pasado. Los desnudamos en público y les colocamos sobre sus cabezas guirnaldas azules en forma de turbante. Nos burlamos de ellos con notable saña. Y junto con ellos, de todos y cada uno de los historiadores profesionales que –sin ponerse colorados- se proclaman “virginales” (y harto más aptos que la media) a la hora de recuperar/recortar/interpretar/reinterpretar anales, registros y/o crónicas pretéritas.

Esta es – ¿qué duda cabe?- una de las actividades preferidas de la secta. Cuanto más los descubrimos, más nos repugnan. Cuanto más los conocemos, más queremos matarlos. Matarlos. Sí. Queremos matar a toda esta casta putrefacta de “familiares” históricos. Pedimos las disculpas del caso y lamentamos –¿genuinamente?- vernos obligados a decirlo en estos términos: además de sectarios (selectivos, elitistas, intolerantes, autoritarios, etc.), nosotros también somos asesinos.

VII

Hace aproximadamente tres mil quinientos años que la creencia religiosa dominante en nuestro tiempo y en nuestro espacio –la tradición judeo/cristiana- viene –con sutiles matices, pero con franca persistencia- sistemática y organizadamente martillándonos la cabeza.

Su proceder fue descubierto por la secta: primero nos achatan el cráneo con una morsa plana giratoria y nos vuelven cuadrados utilizando moldes de caucho; luego nos convierten en rebaño y nos transforman en bacterias (cocos, bacilos, espirilos o vibrios, según el caso); finalmente nos desangran valiéndose de aspiradoras hemoglobínicas y al minuto nos rellenan las arterias con hipoclorito de sodio.

El texto más vendido de la historia universal, la Biblia, es la prueba más fehaciente de lo que aquí se plantea. Desde el Pentateuco, libro primero del Antiguo Testamento, hasta el Apocalipsis, capítulo final del Nuevo, mil ochocientas páginas de pura opresión e hipocresía, grafican el plan macabro –sin recurrir a eufemismo alguno-.

Un dios perfecto, único y universal, dirige nuestras vidas utilizando como principales herramientas el terror y la amenaza.  Anula nuestra sensibilidad, no deja un mínimo resquicio de su composición en pie. Ataca nuestras dudas, nuestra diversidad, nuestras inquietudes más básicas, nuestro ánimo libertario.  Él es el “camino” y si no se lo se lo sigue (con devoción y estrictez), el castigo será ejemplar:

“Si no me obedecen y no cumplen con todos estos mandamientos y si desprecian mis preceptos y muestran aversión por mis leyes; si dejan de practicar mis mandamientos y quebrantan mi alianza, yo, a mi vez, los trataré de la misma manera: haré que el terror los domine –la debilidad y la fiebre que consumen los ojos y desgastan la vida-. En vano plantarán sus semillas, porque las comerán sus enemigos. Yo volveré mi rostro contra ustedes y serán derrotados por sus enemigos; quedarán sometidos a sus adversarios y huirán aunque nadie los persiga” (Levítico 26.14)

Comandante en jefe de un ejército magnánimo, con brillante solidez táctico-bélica, nos llena de tabúes, traumas y prejuicios, con el principal objetivo de volvernos obedientes. Fomenta la otredad y el culto sacro a la naturalización del sometimiento. Fomenta nuestro exterminio, nuestra destrucción y nuestros límites, y a cambio –irónicamente- nos pide que tengamos “fe”.

El génesis nos deja bien claro que el pecado original no es el sexo, sino el “deseo” de conocer, el no conformarse con la palabra de dios, con la comodidad del edén ni con la frivolidad paradisíaca de la repetición coreográfica. El éxodo nos enseña a despreciar al extranjero. A denostar a los que no pertenecen al “pueblo elegido”. El levítico divide el planeta en puros e impuros. Para unos, la salvación; para otros, la purificación o la muerte. Los Números y el Deuteronomio maximizan la misoginia, el odio a los jóvenes rebeldes y a los travestis.  En términos generales se demoniza la menstruación, las enfermedades venéreas, la lepra y –muy especialmente- el placer.  Se condena la homosexualidad y el sexo con animales: “No te acostarás con un varón como si fuera una mujer: es una abominación; no tendrás trato sexual con una bestia, haciéndote impuro con ella; y ninguna mujer se ofrecerá a un animal para unirse con él: es una perversión” (Levítico 18.22). Se condena el  incesto, la eyaculación con fines no reproductivos, la masturbación en todas sus formas, etc. etc. etc.

La biblia chorrea vinagre. La biblia exuda veneno. La biblia exhala rencor. Y estos son, apenas, algunos ejemplos.

VIII

Con la incorporación a escena de Jesús de  Nazaret -su crucifixión y resurrección posterior, la santísima trinidad y el incansable propagandismo de sus apóstoles- se producen sutiles modificaciones que obligan a la secta a aumentar al máximo su perspicacia analítica y a complejizar –todavía más- las técnicas de espionaje historiográfico hasta ahora utilizadas.

Con brillante sentido del oportunismo, se propone poner la otra mejilla frente a la agresión de un tercero y prescindir –deliberadamente- del harto controvertido iuris talionis; se pone mayor acento en la humildad, el ascetismo y el amor al prójimo y se designa a “los pobres”, cuanto menos discursivamente, como los principales interlocutores de la naciente “iglesia”.

Sin perjuicio de ello, el paisaje de fondo se mantiene inalterable. Leamos los “evangelios”, leamos los “hechos”, leamos las “cartas paulinas”. Leamos, por favor, con muchísima atención.

El dios que todo lo puede y todo lo hace sigue atemorizando a propios y extraños recurriendo a métodos cada vez más excéntricos y más sofisticados. Se impone, se extorsiona, se coopta, se tortura psicológicamente y se siembra “culpa”: “Porque si después de haber recibido el pleno conocimiento de la verdad, pecamos deliberadamente, ya no hay más sacrificio por los pecados. Sólo resta esperar con terror el juicio y el fuego ardiente que consumirá a los rebeldes” (Hebreos 10.26).

Todos debemos creer en lo mismo. No hay margen para tolerar la diferencia. Si creés en otra cosa sos un extraño, un sobrante, un raro, un desnaturalizado, un enviado de las tinieblas o un hereje. Te marchitan, te persiguen, te atosigan. Fumigan tus creencias “alternativas”. Desde Huitzilopochtli hasta las valquirias y los elfos; desde Antonio Mamerto Gil Núñez hasta Babalú Ayé. Lo quieren todo. Lo buscan todo. Hasta la oveja número cien. Por más que tengan noventa y nueve de su lado.

DETALLE IMPORTANTE: a ninguno de estos sujetos se le ocurre confrontar con la autoridad política. Religiosos sí. Kamikazes no. Los apóstoles son fanáticos, fieles seguidores del señor, pero de tontos, nada. Podés creer, podés rezar, podés implorar, pero “al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22.21).

La autoridad política se coloca en pie de igualdad con la autoridad divina, se reivindica la esclavitud, las relaciones de poder vigentes y Pablo de Tarso nos afirma -hasta el hartazgo- que a la autoridad dominante hay que seguir pagándole los impuestos.

¿Azar? Claro que no. A la secta abolicionista no es fácil engañarla. La biblia que hoy conocemos es recopilada por un tal Jerónimo de Estridón, a pedido del papa Ambrosio y del emperador Teodosio I hacia el siglo IV d.c. Parece que el Imperio Romano necesita renovarse, parece que su crisis económica es notable, parece que la amenaza bárbara/germánica crece a ritmo veloz, parece que un tal Arrio cuenta cada vez con más adeptos, parece que los evangelios “apócrifos” dicen cosas incómodas. Parecen una mafia y una mafia es lo que son. Asco, mucho asco.

IX

Pero no conformes con eso, también nos dicen como tenemos que pensar y nos ridiculizan si pensamos diferente. Ya no sólo si tenemos ideas distintas, sino que también van a desacreditarnos por la forma específica en la que llegamos a ellas. Desde el origen mismo de la filosofía helénico-occidental con personajes como Tales de Mileto, Pitágoras, Anaxímenes o Empédocles o algunas décadas más tarde con los mega-villanos Sócrates, Platón y Aristóteles.

Soberbios y arrogantes, a su “saber” le llaman verdad. Se preocupan por el origen del universo, inventan teorías híper ambiciosas y a los sofistas que creen que el hombre es el origen y el fin de todas las cosas los tratan como perfectos charlatanes. Que el fuego, que el agua, que los números, que la suma de los cuatro elementos (agua, fuego, aire y tierra) y/o bravuconadas del estilo. ¿Sentir? Bien gracias. ¿Placer? Emoción menor.

A la inquietud genuina la encierran detrás de conceptualizaciones precisas. Inventan preguntas tontas para jerarquizarse a ellos mismos y empequeñecer a sus eventuales compañeros de discusión. “¿Qué es la justicia?”, “¿Qué es el amor?”, “¿Qué es la ética?”. Onanismo explícito.

Los artistas y los poetas son especialmente confrontados por estos sabiondos, cosa que –a esta altura- no debería sorprendernos. Otra vez el excitante jeroglífico de la sensualidad se lleva las más brutales agresiones por parte de los patriarcas de la cultura represiva.

Platón, traidor de traidores que en su adolescencia fue un artista, directamente propone expulsarlos de su “estado ideal”. Sócrates, por su parte, con idéntico ensañamiento, habla con Adimanto sobre la urgente necesidad de censurar a Homero para evitar que los hombres de la polis, seducidos por las palabras del poeta, le teman a la muerte y -a consecuencia de ello- decidan negarse a ir a la guerra. No conforme con esto, llega a promover –sin pudor alguno- la abierta manipulación hermenéutica (va de suyo, en aras de proteger el orden establecido):

“Si un poeta canta las desgracias de Níobe, o la de los Pelópidas, las gestas de Troya, o algún otro tema semejante, no se le debe permitir que explique estos males como obra divina. En todo caso, si lo dice, tendrá que idear alguna interpretación parecida a la que estamos ahora buscando y decir que las acciones divinas fueron justas y buenas, y que el castigo recayó justamente en el culpable”.

Hallazgo arqueológico de la secta. Primicia astronómica. Información clasificada. Comunicación maligna:

Platón: “Abraham, necesito a los querubines”.

Abraham: “No sé si estarán disponibles. Desde que pasó lo de Adán y Eva que no tengo noticias de ellos. Algunos incluso han logrado jubilarse”.

Platón: “Por favor Abraham, los necesito urgente. ¿Podrías hablar con Dios para que me los preste?”.

Abraham: “No te aseguro nada, pero lo intentaré. Contá con eso Platón”.

Platón: “Gracias infinitas amigo profeta. Te debo una.”

Abraham: “Seré curioso, ¿cuál es el motivo de tu urgencia respetadísimo filósofo? Quizás a Dios le interese saberlo”.

Platón: “Despreocupate Abraham. Él -mejor que nadie- sabrá comprenderme. Los necesito para que custodien las puertas de la Academia”.

X

Las notorias coincidencias existentes entre ambas tradiciones (el monoteísmo judeo/cristiano y la filosofía helénico/occidental) hacen que su alianza fáctica se vuelva inevitable. Amantes de un mundo controlable (y controlado) afirman que “la unión hace la fuerza” y no vacilan en seguir maltratando, con despiadada vehemencia, a aquellos que -de una u otra forma- deciden desobedecer.

El uno. Lo único. El único. Lo divino. Lo sagrado. Lo verdadero. Aquello siempre inmune a las “miserias humanas”, al estrato terrenal, al imprevisto transitar del barro. Lo perfecto como aspiración. Lo intangible como sofisticación. El envase, el frasco, el recipiente. La subestimación de los márgenes y la total anulación de lo que se ubica por fuera del perímetro. Lo imperfecto como objeto de transformación. La perfección como objetivo. El objetivo como deseo. El error como obstáculo. Lo tangible como distracción superflua. La docilidad como causal de limosna.

Las conversaciones entre estas “corrientes” se mantienen en secreto durante siglos. La secta lo sabe y los sigue de cerca. Hacia el siglo III y IV d.c., acorralados por un contexto en permanente ebullición, publicitan el pacto con un fuerte apretón de manos.

Plotino, sus amigos neoplatónicos y Agustín de Hipona, trabajan incansablemente para consumar el encierro cultural soñado por sus jefes. Deliran recreando en sus cabezas el retorno de Pangea. El triunfo estrafalario de la globalización definitiva de las ideas y las creencias.

En sus nucas llevan tatuada la palabra “disciplina”. Simulan peleas internas, pero siempre terminan juntos. La edad media los separa parcialmente. Sólo una ilusión óptica. Un golpe de efecto. Una puesta en escena meramente transicional.

Carlomagno –el franco- se hace cargo de evitar todo tipo de sobresaltos. Ejerce su liderazgo a sangre y fuego. De príncipe a rey, de rey a emperador. Todo ocurre en pocos años. Su ascenso político se materializa a la velocidad de la luz. Protege al papa e incinera el santuario de Irminsul, el árbol sajón que –según la leyenda- une la tierra con el cielo. Trabaja para dios y agrede con bravura a los paganos. Somete a los plebeyos, hambrea al campesinado, hace de la guerra y la conquista su principal divertimento e impulsa una suerte de transformación cultural burocratizante a través de la instalación de escuelas episcopales. La academia se burla de nosotros (una vez más) y, hacia el siglo XIX, al adoctrinamiento compulsivo que significó lo antedicho lo denominan “renacimiento carolingio”.

Tomás de Aquino y el fantasma del mismísimo Aristóteles revigorizan el acuerdo hacia el siglo XIII d.c. Con la publicación de la Suma Teológica, la razón y la fe nunca más serán nociones antagónicas. Lo naturalmente innato en la razón es tan verdadero que no hay posibilidad de pensar en su falsedad. Y menos aún es lícito creer falso lo que poseemos por la fe, ya que ha sido confirmado por Dios. Luego como solamente lo falso es contrario a lo verdadero, como claramente prueban sus mismas definiciones, no hay posibilidad de que los principios racionales sean contrarios a la verdad de la fe”. La suerte está echada.

Cruzadas, Marco Polo, concilios eclesiásticos, paranoia generalizada frente al paulatino crecimiento de la amenaza mora, concentración territorial, concentración económica, la aparición de las primeras universidades, la consolidación de la exaltación de los tabúes sexuales desde la liturgia monacal, la desaparición de las ordalías, las inquisiciones, la apropiación de la regulación de los conflictos por parte de la autoridad oficial, la acción penal pública, los verdugos, los procuradores, la profesionalización del oficio de castigar, las invenciones tecnológicas al servicio de la expansión a gran escala de la cultura represiva, etc. etc. etc. El panorama general es desolador.

XI

Asamblea extraordinaria. Sobre el filo transparente de la sombra de un susurro, un ciempiés matemático, un tulipán recolector de sinfonías y los integrantes en pleno de la secta más sectaria de la galaxia toda, ven aparecer, estupefactos, tras la ventana de una habitación sin casa, al mismísimo fantasma de la pulga suicida.

Hermosa y algo más grande, valiente y algo más sabia, sin pedir permiso y sin dar explicación alguna sobre su resurrección milagrosa, pronuncia un segundo alegato, esta vez, sobre el lomo musculoso del bulldog de Maldoror:

La cultura represiva no va a detenerse por sí sola. Insisto. Hay que abolirla. Crece a ritmo frenético. Se expande con la conquista de América y la explotación de África -gracias a la mortuoria tarea de personajes nefastos tales como Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Vasco da Gama o Bartolomé Díaz y a la imperdonable complicidad de traidores locales-. Se expande y se transforma. Se expande, se expande y se expande. Simula rupturas pero expresa continuidad. Lutero es tan represivo como los cristianos que critica. Pregúntenle a Thomas Müntzer si es que todavía tienen dudas o –mejor- pregúntenles a los campesinos alemanes que –por entonces- intentan rebelarse. Lo mismo sucede con Calvino o con Enrique VIII. Son apenas luchas internas. Disputas de poder que como central denominador común tienen, precisamente, la postergación sistemática de las grandes mayorías excluidas, o –en su defecto- controversias ególatras o arrebatos caprichosos e individualistas por parte de los poderosos de turno. 

Los discursos ateos posteriores tampoco son demasiado diferentes. La razón ocupa el lugar de dios. Se le rinde pleitesía. Se la sacraliza. Se la coloca en ostentosos altares y se le reza. No existe diferencia alguna entre las tablas de piedra que dios entregó a Moisés en el monte Sinaí y la ortodoxia cartesiana del método científico. No existe diferencia alguna entre la rigurosidad del decálogo judaico y la minuciosidad de la enumeración de los ´pasos a seguir´ para elucubrar una investigación con rigor erudito. Los obispos de antaño son los jurados del ´tribunal de tesis´ de la contemporaneidad.

Estamos encapsulados. No tenemos más alternativa que luchar por la abolición de toda esta basura. Se dejan de perseguir herejes, se persiguen brujas. Y cuando la fundamentación de la persecución de brujas se torna demasiado ´clerical´, se inventan ficciones laicas tales como el contrato social o, años más tarde, la democracia representativa. ¿Así que el hombre es el lobo del hombre? ¿Así que sin la autoridad, el hombre no sabe organizarse por sí solo? ¿Así que el rey es necesario? ¿Así que el rey es imprescindible? ¿Alguna vez se preguntaron para quien carajo trabaja Thomas Hobbes? Adivinaron. Lo hace para el rey.

Se jerarquiza la ciencia, la medicina y el empirismo, se buscan chivos expiatorios acordes y se inventan los hospitales generales y luego los manicomios. ¿Loca yo? Locos todos. Vagos, mendigos, leprosos, deformes, hermafroditas, putas, ladrones, etc.

La religión le cede espacios a la monarquía, la monarquía le cede espacios a la burguesía, la burguesía le cede espacios a la burbuja financiera o a las empresas multinacionales contemporáneas. ¿O acaso creen que 1789 es un año para celebrar? Que te echen y que te paguen. Que te echen y que te paguen. Que te echen y que te paguen. Esa es la gran mentira de la ilustración”.

XII

Respiración continua, ritmo cardíaco en ascenso. La pulga y el bulldog gimen virulencia. Emancipan sus instintos al ritmo sigiloso de una catarata de café. Expulsan de su boca los escondites del plomo, la concupiscencia dilatada de la soledad de los barómetros. Motivan a la secta, al tulipán y al ciempiés. Motivan y se motivan. Se preparan para pelear:

“Siglo XVIII y siglo XIX. Toma de la Bastilla. Revolución de cartón. Falsas aproximaciones humanistas. Falsa evolución. Falsas independencias latinoamericanas. Se propone la abolición de la esclavitud, de la pena de muerte, de la tortura, pero paralelamente se desarrollan las penitenciarías modernas y se potencia la revolución industrial, la jornada laboral de 14 o 16 horas diarias, el trabajo infantil y todos sus excesos. ¿Acaso no les resulta extraño que la cárcel sea un invento simultáneo a la jerarquización de la protección de la propiedad privada en los códigos penales, a la exaltación de la narrativa delictiva en los medios de comunicación –como si se tratara de novelas de Agatha Christie- y también a la consolidación por separado de los cuartos de baño o el ascenso iconográfico del –siempre bien ponderado- inodoro?

No nos dejemos engañar. No nos dejemos vender humo. ¿Garantías? ¿Derechos humanos? ¿Distribución de poderes? ¿La mano invisible del mercado? Cesare Lombroso trabaja para ellos, Cesare Lombroso se ensaña contra los compañeros anarquistas, los compañeros anarquistas son los únicos que –por aquellos años turbulentos- plantean críticas de fondo frente a toda esta debacle. ¿Hace falta que les recuerde el nexo causal entre Cesare Lombroso, Edmundo Mezger y Adolfo Hitler? ¿Hace falta que hablemos de los experimentos de Josef Mengele, de  la teoría de la superioridad racial de los arios o, sin rodeos, del holocausto?

¿Hace falta que hablemos del resto de los pormenores del siglo XX? ¿De la revolución rusa posteriormente burocratizada o del sanguinario despotismo de Stalin y sus gulags o de la crisis del 29´ y el patético doble discurso del estado de bienestar o del determinismo psicoanalítico de los freudianos? ¿Hace falta que hablemos de la muerte de León Trotsky o del asesinato del Che Guevara o de las feroces dictaduras latinoamericanas o del neocolonialismo en Asia y África? ¿Hace falta que les recuerde que la ´gente de bien´ quiere transformar a los ´malos´ a toda costa a través de resocializaciones, reinserciones, reeducaciones y readaptaciones multicolores? ¿Hace falta que hablemos de la crisis migratoria, de la demonización del islam o del ascenso indiscriminado de la venta de cámaras de seguridad? ¿Hace falta recordarles que un presidente negro en Estados Unidos y un papa latinoamericano en Roma no son suficientes, que son pura demagogia, detalles meramente decorativos que se burlan alevosamente de nuestra inteligencia al definirse a sí mismos como auténticas transgresiones? La cultura represiva es una mierda. BASTA DE TIBIEZA.

Y una cosa más, a modo de posdata. Recuérdenlo siempre. Son muchos, son poderosos. Parecen imbatibles, parecen indestructibles pero siempre hay fisuras. Admiro vuestra valentía compañeros sectarios. Los admiro profundamente. Admiro su temple en el combate y que en ningún momento se sientan amedrentados. Pero –sépanlo- no están solos. Yo les aseguro que no están solos. Busquen, escarben, resuciten, profanen tumbas. Jueguen a la Ouija. Contáctense con médiums. Veneren a Hécate y su rueda serpentina. Viajen en el tiempo. Si quieren tener alguna mínima chance frente a este gigante que llamamos cultura represiva, es hora que promuevan una auténtica -y muy abolicionista- guerra de guerrillas espectral”.

XIII

Con la inefable colaboración de una familia de apatosaurus, enemistada desde hace siglos con los tyrannosaurus rex, recorremos –insurrectos- la órbita pluriforme de la circunvalación de un abanico espiralado. A estos fines, la compañía del Tiaso dionisíaco se presume imprescindible. Ménades y Silenos apuntalan nuestra gesta en nirvanas fenoménicos. Amor por el descuartizamiento, la embriaguez y la introspección espiritual condensan en su hipocentro mensajes escritos con lava y una por demás inquietante sucesión de mantras órficos ajusticiados por luciérnagas.

Buscar en los rincones del pasado algún atisbo de complicidad, colaboración, apoyo, un impulso, una palabra, una mano fraterna o –cuanto menos- una esperanza, es otra de las actividades favoritas que realizamos como secta.

La alianza es variopinta: barbelognósticos y sofitas; herejes, brujas y hechiceras; bagaudas, mártires, magos, duendes, sacerdotisas prostitutas y gorgonas; revueltas campesinas, alzamientos antimonárquicos, quilombos, jaqcuerias, panteras negras, comunas ácratas, hippies, tribus matrilineales, propagandistas por el hecho, beatniks, indígenas indómitos, punks y poetas malditos; sediciosos predadores de “costumbres”, “orden público”, “moral colectiva” y “bien común”.

La historia revelada en los manuales que, como estúpidos, nos obligan a leer a lo largo de nuestra formación/deformación primaria, secundaria y universitaria, no es la única existente; y si bien las bases fundacionales de la cultura represiva son milenarias, las expresiones de resistencia contra ella también lo son.

Mientras Alejandro Magno multiplica sus dotes imperiales hasta transformarse en el hombre más rico y poderoso del planeta; Diógenes de Sínope se niega a poseer cualquier tipo de bien material. Vive con su perro en un recipiente de barro, similar a un tonel o una tinaja, sólo viste un tribonium y hasta se niega a utilizar una vasija para beber agua, al advertir que sus dos manos son perfectamente idóneas para ello.

Mientras “crucifican a Jesucristo” en el Monte Calvario; en Sri Lanka, el rey Amandagamani –monarca entre los años 21 y 30 d.c.-, siguiendo los principios de la filosofía budista, prohíbe la pena de muerte.

Mientras Cesare Lombroso nos muestra las características físicas del “hombre delincuente”, su peligrosidad latente y la necesidad imperiosa de controlarlo, vigilarlo y castigarlo (buscando darle aparente rigor científico a la histórica disputa entre italianos del norte e italianos del sur); Mikjail Bakunin afirma que mientras permanezca un alma en prisión él nunca podrá ser libre, deja inconclusa su obra magna “Dios y el Estado”, priorizando el activismo asambleario, y hasta tilda de autoritario al mismísimo Carlos Marx.

Mientras Enrico Ferri sostiene que las personas que habitan lugares con temperaturas tropicales tienen mayor tendencia al “delito” que aquellas que pueblan zonas frías (en obvia referencia despectiva para con los sudamericanos y caribeños); Piotr Kropotkin, desde París y para el mundo, vomita discursos en contra de la cárcel.

Mientras Adolfo Hitler, Joseph Goebbels y Heinrich Himmler se aproximan al poder en Alemania; Max Horckheimer y Theodor Adorno, también en Alemania, encabezan la Escuela de Frankfurt y desarrollan la siempre corrosiva “teoría crítica”, oponiéndose en términos equivalentes al autoritarismo soviético y al capitalismo salvaje exportado por los Estados Unidos de América.

XIV

Reclutamiento sectario. Elegir no es sencillo. Elegir importa una enorme responsabilidad. No obstante, a medida que crece nuestro equipo, son las propias incorporaciones fantasmagóricas las que terminan materializando el arduo (e interminable) proceso de selección.

Hiparquía de Maronea es sorprendida teniendo sexo al aire libre con Crates. Ambos, discípulos de Antístenes, se suman a la secta con extático entusiasmo. Junto a ellos también llega Metrocles –hermano de Hiparquía-; y con él, una densa cantidad de centímetros cúbicos de flatulencias y un telegrama de renuncia -escrito a mano- dirigido a la comisión directiva del liceo peripatético.

Fluido vaginal entibiecido, cucharadas de semen, caca, pis, mucosidades, deseos incestuosos, serpientes, langostas y cucarachas monógamas conocen a Espartaco y a sus compañeros de lucha en un bacanal prohibido por decreto por el senado de la república romana, en el año 186 a.c. La clandestinidad los erotiza visiblemente. Peces en el agua, evaden la ley seca con cócteles, transitan paraísos artificiales pergeñados por Charles Baudelaire y disfrutan de una inestimable cata de clítoris, gracias al aporte de Rufino de Éfeso, Melita, Ródope y Rodoclea. Cerca de ellos, el Marqués de Sade, Justine y Juliette, potencian las virtudes del intercambio tríadico valiéndose de sogas, vendas y fustas y Safo de Mitilene susurra versos lésbicos en los oídos de Atis, Anactoria, Rosa Luxemburgo, Fanni Kaplán, Ema Goldman y Simone de Beauvoir.

El veredicto sectario es unánime: todos merecen ser parte de la guerra de guerrillas.

Arístipo y Epicuro intercambian reflexiones sobre el ´disfrute´ en una fiesta Saturnalia. Pietro Aretino recita sonetos lujuriosos, bajo la atenta mirada de Wat Tyler, Frederick Douglass, Nelson Mandela y Toussaint-Louverture. Tupac Katari aprecia la oratoria del poeta italiano y recuerda -conmovido- sus proezas contra el genocidio español y los levantamientos en La Paz, en 1781. Tupac Amaru, recoge uno por uno los pedazos de su cuerpo descuartizado y ruge virulento: “lealtad eterna a mis compañeros de rebelión”. 

Joseph Jacotot irrumpe en escena abruptamente y propone un brindis por la igualdad de la inteligencia de todos los seres humanos del planeta. Luego de beber su copa de un solo trago, deja sobre la mesa un libro escrito en idioma desconocido para que los allí presentes intenten interpretarlo. Sin más, se va a su casa.

Ravachol no deja un solo segundo de promocionar sus ideas libertarias, mientras Robin Longstride y Diego Corrientes Mateos persisten en redistribuir la riqueza por sí mismos, sin esperar que ningún político oportunista lo haga por ellos.

Desde una mesa contigua, abolicionistas del sistema penal, oriundos de Noruega y Holanda, intentan sumarse a la tertulia. Reconocen que sus planteos son parciales pero afirman, entusiastas, que muchas de sus ideas nos serán útiles. Están en lo cierto. “El delito no existe”, vociferan en evidente estado de ebriedad. Por su parte, Thomas Szasz y Franco Basaglia hacen lo propio, junto con un puñado de jóvenes del mayo francés de 1968 que, esta vez, decide no tomarse vacaciones. El mito de la salud mental, la experiencia desmanicomializadora de Trieste y la “imaginación al poder” llenan las paredes de grafitis y hacen el amor y no la guerra.

De todos los nombrados, sólo uno no consigue ingresar a la secta. Compañero Epicuro: ¿cómo es posible que se te haya ocurrido racionalizar el placer?

XV

Pobre de aquel que no sea capaz de ver un caballo galopando sobre un tomate. Pobre de aquel que no reconozca que pocas cosas son más bellas que el encuentro fortuito de una máquina de coser y de un paraguas sobre una mesa de disección. Pobre de aquel que no comprenda que una maestra enseñe el significado de la palabra “lago” refregando sus pezones sobre la boca de sus alumnos. Pobre de aquellos búhos de cráneo transparente. Pobre de aquellos rectores de universidades que desprecien las bondades alucinógenas del peyote. Pobre de aquel que olvide que el amor es redondo, o que matar es tan sólo una costumbre. Pobre de aquel que olvide que la existencia es un ojo reventado en la hora en que los adoquines se transforman en vidrios oscuros.

Paranoicos críticos, invocan a Dadá, practican la hipnosis, dejan de escribir abruptamente con tan sólo diecinueve años y recortan una mesa en forma de teclado cuando la autoridad materna les prohíbe tomar clases de piano. Son cuatro a falta de uno. Exploran el dandismo. Se enamoran de prostitutas tuberculosas. Se suicidan. Vuelven a nacer. Los internan en neuropsiquiátricos. Vuelven a nacer. Los encarcelan. Vuelven a nacer. Los censuran. Vuelven a nacer. Los banalizan. Vuelven a nacer.

Son hélice de cambio, no se dan por vencidos ni aún vencidos, adoran las pubertades de Satán. Afirman que la soledad es apenas una tumba con un pequeño hueco y que el diablo los sigue noche y día porque tiene miedo de quedarse solo. A Claude Debussy le enseñan que un poema tiene música por sí mismo. Sin necesidad de armonizaciones exógenas. Sin necesidad de una guitarra, de un violín o de un oboe. Sin necesidad de partituras.

Poetas. Los que no se venden. Los que no especulan. Los que no transforman su palabra en mercancía, en fetiche de culto snob o en mera estratagema pendular. Los que creen que ser puntual es una pérdida de tiempo. Los que atiborran temulencias y corren maratones de cuarenta y tres kilómetros con tortugas ecuestres. Los que roban vacas manchadas. Los que no roban vacas manchadas. Poetas. Los que cuando el mundo pide tubos de ensayo y ciencia exacta, al mundo le entregan emoción e inexactitudes varias.

Poetas. Los que enamoran, los que perturban, los que acarician, los que raspan, los que retuercen. Los que constipan la fatiga emancipada de la llaga flácida. Los de la turba. Los del garito. Los del tugurio. Los de la noche. Los de anteanoche. Los de pasado mañana. Los que rompen cristales con los dedos. Los que rompen dedos con tornillos. Poetas. Los que inventan vidas muertas y muertes vivas. Los de la ruptura sensorial. Los adelantados, los románticos, los simbolistas, los enemigos de David Hume y Augusto Comte, los decadentistas, los de las vanguardias, los incomprendidos. Los que dejan caer un pelo anudado por el agujero de un lavabo. Los que sueñan con encontrarlo. Los que, finalmente, lo encuentran.

André Bretón, Conde de Lautreamont, Enrique Molina, Aldo Pellegrini, Antonin Artaud, Malcolm de Chazal, André Frederique, Louis Aragón, Pierre Unik, César Vallejo, Salvador Dalí, Tristan Tzara, Paul Eluard, Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Fernando Pessoa, Alejandra Pizarnik, Jacobo Fijman, Gregory Corso, Jack Kerouac, Gonzalo Escudero, Pedro Bonifacio Palacios, Francis Picabia, Stephane Mallarmé, Saint Pol Roux, Oscar Wilde, Joaquín Castellanos, César Moro, Octave Mirbeau, José Martí, Bertolt Brecht, Julio Cortázar.

XVI

Dos rodillas de espantapájaros y un iceberg deshidratado presumen solidez frente a una placa de telgopor resquebrajada por un ciclón. ¿Serán de piedra los minutos que se aproximan? ¿Serán de amianto las preguntas que ya no son? ¿Serán tus ojos el reflejo vivo de la infinitud de los glosarios o el destello muerto del campanario melancólico de los desvíos? No.

Las nodrizas asfixian criaturas con almohadas. Una pantomima bulliciosa canta el himno de un apátrida. Los juglares medievales se divierten solitarios, repudian la propina y los banquetes. Sarcásticos, escupen fuego sobre la calva dictadura occipital de un oligarca tieso. Un opiáceo parricida suple oasis cibernautas en el coitus interruptus de tu ombligo maloliente.

La pulga se presenta por tercera vez frente a la secta y una explosión atomizante resquebraja el cielorraso con quirúrgica eficacia. Fantasma o no fantasma, poco importa. Un halo de tinieblas fúnebres acicala su silueta sifonáptera cada vez más gigante, cada vez más heroica. Megáfono en mano, logra la atención de los sectarios sin demasiado esfuerzo. Junto a ella, Loukanikos –alias, “el perro de Bakunin”-:

“Brillante compañeros. Han reavivado la guerra de guerrillas contracultural y antirrepresiva más extraordinaria de la historia del no-tiempo. Han despertado fantasmas rebeldes sedientos de venganza y han  preocupado (y mucho) a fantasmas sumisos, poderosos y serviles, acostumbrados a estar perpetuamente del lado de los vencedores. Han logrado que estos rufianes no duerman, que teman vuestra presencia, que piensen en ustedes y lloren como hienas desconsoladas. ¡Qué ridículos se ven sin sus disfraces Platón, Moisés y Domingo Faustino Sarmiento! ¡Qué patéticos se ven sin la pomposa protección de los discursos oficiales! Vuestra labor es digna de todo elogio, pero claro… sólo con esto no basta… tanto ustedes como yo muy bien sabemos que sólo con esto no basta…”.

Pausa extensa. Medio minuto o quizás minuto entero. Brisa suave. Pupilas dilatadas. La pulga toma aire, infla el pecho como el pico de un tucán y continúa con la arenga, elevando notoriamente el tono de su voz:

“Vibren piel adentro. Supuren estridencias zodiacales. Materialicen el vértigo. Sean ustedes mismos motor, sujeto y objeto de revolución constante. Vuelen. ¿Se puede volar sin alas? Salten como saltan las pulgas: hasta doscientas veces el tamaño de su cuerpo. Imaginación no punitiva y militancia.

´Hacer´ desde la comodidad de los atriles mayoritarios es sumamente fácil (y, como consecuencia de ello, por demás tedioso). Lo difícil (excitante, adrenalínico, enardecedor) es ´hacer´ desde la nada misma. Desde el cero y el ladrillo. O mejor aún, desde el menos uno y la arcilla pre-cocida.

Convenzan. Propaguen. Circulen. Caminen por la calle repartiendo panfletos. Hagan del collage y el eclecticismo una marca registrada. Háganse oír, copen el espacio público. Intervengan. Proclamen a viva voz su abolicionismo. Incidan. Molesten. Destruyan. Colapsen. Sean espías. Agentes encubiertos. Cuerpos-bomba. Aguafiestas. Ilusionistas”.

Dicen los grandes no-maestros que pocas cosas son tan efectivas como enseñar (y/o no-enseñar) a través del ejemplo. La pulga se acerca a un aljibe. Toma con sus garras un ejemplar de bolsillo del código penal argentino y lo coloca dentro del balde encordado con el que habitualmente se recolecta el agua. Manipula las sogas, hace descender el recipiente por el pozo y luego de unos segundos lo regresa a la superficie. Para sorpresa de todos, el plexo normativo ya no existe. En su lugar, la primera edición de “La sirena violada” de Juan José Ceselli (año 1957, Editorial Americalee) firmada y dedicada por el autor.

XVII

Escenario UNO: Los reyes católicos nos dan arcadas y  el 12 de octubre es, para nosotros, un día funerario. Ni día de la raza ni día del respeto a la diversidad cultural. Sólo bazofia ionizando radioactividad con parsimonia miserable. Sin embargo, vaya paradoja, en este mismo instante estamos comunicando nuestras convicciones utilizando para ello el idioma de los conquistadores, la herramienta más representativa (junto con la cruz) de la dominación imperial. No hablamos aymará, quechua ni mapuche. Hablamos castellano (castillo, casta, castigo, castidad, noble, hidalgo, caballero, alcaide).

¡Malditos traidores! ¡Malditas sectarios!”. Un ejército de potus nos increpa, prepotente, desde una terraza al aire libre en la isla de Kaffeklubben.

Escenario DOS: El ecosistema académico nos genera claustrofobia. La idea de que un profesor se crea capaz de proporcionar “luz” a los “alumnos” nos parece patética. Que sólo una persona hable y cuarenta o cincuenta personas se limiten a escuchar y asentir con palpable sumisión, también. Repudiamos el atril, los programas curriculares, los parciales, los finales y los “trabajos prácticos”. Las notas de concepto, los promedios y los reconocimientos “cum laude”. Repelemos la palabra “universidad” (significado y significante) y, también –por supuesto-, la idea de lo “universal” (total/univoco) que de ella se desprende. No obstante, cosa curiosa, no tenemos problema alguno en impulsar cursos o seminarios (universitarios incluso) para dar a conocer nuestras ideas, promover nuestra militancia sectaria o, directamente, para decirle a la academia -en su propia cara- todas y cada una de las cosas que pensamos de ella.

“¡Malditos traidores! ¡Malditos sectarios!”.  Los potus se pronuncian por segunda vez, en esta oportunidad desde la heladera central de un frigorífico localizado en pleno centro del barrio porteño de Liniers.

Escenario TRES: Aborrecemos al Estado, pero si, por ejemplo, –cual judocas foucaultianos- podemos/queremos impulsar/apuntalar/visibilizar proyectos de ley para contribuir, cuanto menos lateral y subsidiariamente, a la desarticulación de alguna de sus instancias más represivas, vamos a hacerlo sin pruritos. Por más que seamos absolutamente conscientes de la esterilidad congénita de la dimensión parlamentaria. Por más que seamos absolutamente conscientes de la miserabilidad característica de diputados y senadores. Por más que seamos absolutamente conscientes de que nunca jamás (jamás nunca) la sanción de una ley puede transformarse en el núcleo vital de ninguna militancia. O, al menos, de ninguna militancia que aspire a transformaciones de fondo. Tenemos documentos de identidad, usamos cinturón de seguridad y respetamos los semáforos (sí, los sectarios detienen su marcha frente al rojo). Repudiamos la concentración hegemónica de los medios masivos de comunicación, pero si el diario de mayor tirada regional nos da un espacio para expresar libremente nuestras ideas, vamos a aprovecharlo (sí, los sectarios se asumen -sin tapujos- como propagandistas inescrupulosos).

“¡Malditos traidores! ¡Malditos sectarios!” Los potus, ya sin voz, a los insultos adicionan naranjazos.

Vamos a decirlo de una vez y que lo escuche quien lo quiera escuchar (los potus, los no potus, o los mitad potus/mitad orangután): a criterio de la secta NO es para nada excluyente criticar radicalmente a la cultura represiva -como lo venimos haciendo- y pretender transformar paulatinamente algunas de sus pequeñas (o gigantes) manifestaciones materiales.

Ustedes, nosotros, ellos, él, ella, pertenecemos a la cultura represiva cuya abolición pretendemos. Todos. Todos y siempre. ¿Actuar desde un dogma puritano/purista 100% libre de cultura represiva? IMPOSIBLE. Quien afirme lo contrario miente. Nos miente y, lo que es aún peor, se miente a sí mismo.

LÉASE CON ATENCIÓN: Decálogo práctico de intervención sectaria (Potus: “¿Un reglamento ustedes?”; Sectario: “Sí”; Potus: “¡Represores con disfraz de asamblearios!”; Sectario: “¿Estás seguro de que toda regla es represiva?”):

a) La secta puede intervenir en cualquier ámbito.

b) La secta decide cuándo, cómo y dónde intervenir.

c) A la agenda de la secta la diseña la secta (es ultra secreta).

d) Desde que una persona se transforma en sectaria automáticamente se ve obligada (sí, obligada) a intentar transformar en sentido contracultural y antirrepresivo cada uno de los microclimas en los que interviene a diario.

e) Toda transformación es por definición parcial. No existe posibilidad alguna de intervenir “totalmente”, pues el “todo” no existe.

f) Cada propuesta deberá ser formulada como medio y no como fin en sí mismo.

g) Cada propuesta deberá erigirse en mecanismo reductor de cultura represiva y, bajo ningún punto de vista, en fusible legitimante.

h) A cada propuesta debemos acompañarla (como condición sine qua non) de la crítica cultural (de fondo, milenaria e integral) a la que venimos haciendo referencia.

i) Cada propuesta debe traer consigo la influencia -directa o indirecta- de alguno (o algunos) de nuestros fantasmas aliados.

j) A cada propuesta la tenemos que acompañar con el sello característico de nuestra secta, convencidos de que al hacerlo, estamos generando las condiciones necesarias para que –en un futuro post mortem- nosotros mismos nos convirtamos en fantasmas guerrilleros.

“¿Cómo la zeta del zorro?”,  pregunta un potus converso. Sí. Algo así.

XVIII

Locos, tumberos y faloperos. Los tontos fatídicos. Las trampas fatales. Llamas, termómetros y fonoaudiólogas. Lombrices, tiburones y focas. La tarima ficticia. Los tesoros felinos. Limbos, torbellinos y flamencos. Lagartos travisten flores. Llegaron torpedos feos. Limaron torrentes fecales. Libres también fracasamos.

Lacayos tropiezan fisurados. Libros turbando fosas. Llovieron terrones furibundos. Llaves talaron fábricas. Luciérnagas, tarzanes y fisioterapeutas. Lentitudes, torpezas y finisterres. Legendaria tribuna forestal. Lúmpenes, terciopelos y fratricidas. Lagartijas, tortugas y feromonas. Lecciones tampoco finalizamos.

Legumbres tornasoladas fósiles. Lubrican tántricas filigranas. Letanías, terremotos y feligreses. Limbo tartamudo famélico. Lentejas, tallarines y frutillas. Lamentos triturando fantasías. Lobizones tristísimos fornican. Líricos timbres flagelando. Luminosos tapiales forasteros. Lacerando tecnicismos y fanfarrias.

Ladinos tapizan funcionarios. Longitud transitada fácilmente. Luxaciones te faltan. Labios tajando filamentos. Las traidoras falsas. Los traidores finlandeses. Llaman tantos forasteros. Lupa troquela furias. Longanizas, tucanes y funerales. Linaje turbio y falso. Limitaciones tornando felaciones. Licores timoratos y funcionales.

Lupanares tumefactos fagocitan. Lunáticas trocando facultades. Libidinosos, tarahumaras y fanáticos. Leprosas trompeando frígidas. Latigazos tocando fibras. Lechuzas tejiendo forúnculos. Liturgias temprano finiquitan. Laringes, tungstenos y fenicios. Los truenos fulguran. Locuaces tensamos ficciones.

XIX

O LTF a secas. LTF, sin más. LTF. LTF. LTF. Meditación, combate, desafío. LTF.

¿Podrán decir “LTF” los cobardes del traje y la corbata, sin vacilar, sin sentir pánico, sin sentir un nudo en la garganta, sin asfixiarse? ¿Podrán decir “LTF” “vuestras excelencias”, sin tener un infarto, sin pensar en meternos en jaulas, sin desear que callemos por siempre? ¿Podrán decir “LTF” sin ensuciar sus pantalones los amantes de la picana y el gatillo, del “sí señor” y el uniforme? ¿Podrán decir “LTF” los que discriminan, los que tienen un “amigo judío”, los que dicen tolerar la homosexualidad (pero la quieren bien lejos), los que le tocan el culo a sus secretarias, los que en una entrevista de trabajo le piden “experiencia laboral” a adolescentes recién egresados del colegio secundario?

¿Podrán decir “LTF” los que le desean la muerte a “los negros de mierda”, los que disfrazan a sus mucamas para que quede clarísimo que la esclavitud aún existe y ellos son los “putos” amos? ¿Podrán decir “LTF” los que construyen murallas, los que afirman que los pobres son pobres porque no quieren salir de su pobreza, porque así están cómodos, porque les encanta dormir en la mugre, inundarse y comer fideos y arroz todos los días? ¿Podrán decir “LTF” los que viven de la estadística de cadáveres, los que hacen de la desesperación general un negocio y del discurso de la “emergencia” una excusa para nunca (nunca, nunca) ir hasta el hueso?

¿Podrán decir “LTF” los que subestiman sistemáticamente al abolicionismo de la secta? ¿Los que se burlan de nosotros, los que nos mandan a leer y no saben ni leerse el horóscopo, los que se citan entre ellos, los que se juntan en congresos a chuparse las medias, los que transan con el poder porque son el poder, los que no nos conocen y opinan, los que sí nos conocen y distorsionan, los que ni se preocupan en conocernos, los que simulan simpatía, los que golpean por atrás, los gusanos que al ser pisados se retuercen para que no los vuelvan a pisar?

LTF. LTF. LTF. ¿Podrán decirlo los arrodillados, los proxenetas del dedo índice o los traficantes oficiales de la mediocridad? ¿Podrán decirlo los que no se comprometen, los que no se involucran, los que no se ensucian, los que agachan la cabeza, los que sueñan con el lujo, los que desprecian la osadía, los que ascienden pisando compañeros, los que quieren humanizar lo inhumanizable, los que se jactan de su caridad, los que se mofan de los distintos, los que ignoran el dolor de los que sufren, los vivos muertos, los zombis, los eunucos, los hombres y mujeres grises, los imbéciles que se creen privilegiados, inmunes  a todo, superiores a todos?

LTF. La sigla de la secta. El código, la contraseña, el sonido fugaz. L-T-F. Pausado. Letra por letra. De a poco. Muy de a poco. Mística. Sirenas se masturban y relojes se emancipan. Mística. L-T-F. LTF sustantivo. LTF adjetivo. Abolicionistas de la cultura represiva. Militantes poetas. LTF.

Maxi Postay

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva. 

Escrito originalmente en Villa Urquiza, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, entre los meses de septiembre y octubre de 2015

Primera edición en papel: diciembre 2015 (como parte del libro “La sábana desnuda”, Ediciones Aula 28, Espacio LTF).

Primera edición digital (autónoma): diciembre 2016