Metodología del flatómano

Muchos filósofos creen en la eficacia de la dialéctica, del silogismo, de la retórica o de la erística. Es una nueva teología. Juegan con el axioma y el postulado, con la deducción e inducción, con la negatividad y la síntesis. Finalmente obtienen sus verdades, no sin violencias teóricas, pero ¡en qué estado!

Uno de ellos efectúa la crítica de la razón pura que desemboca, inesperadamente, en un paisaje devastado pero prometedor de modernidad, y como no soporta el vacío recurre a los postulados de la razón pura práctica.

Otro se propone dudar de lo real, pero aclara ante todo que dispensará a la religión de su rey y de su nodriza y luego a las costumbres de su país. Queda poco de qué dudar… Elabora el concepto de duda metódica a fin de distinguirlo de la duda sistemática -demasiado nihilista- y se contenta con algunos malabarismos que evitan lo esencial.

Un tercero postula que el hombre es naturalmente bueno, pero nada dice sobre las razones por las cuales ese mismo hombre, bueno en sí mismo, puede estar en el origen de tantas cosas malas como la desigualdad, la propiedad o la injusticia. ¿Cómo es posible, pues, que tantos resultados negativos puedan proceder de tan radiante ser positivo?

La historia de las ideas está llena de estas supercherías destinadas a ocultar el horror del vacío y de la nada, el temor de destruir y de tocar las mitologías, tan característicos de los filósofos.

Por un Diógenes o un Nietzsche, ¿cuántos Kant y Descartes hubo? Es como si el razonamiento tuviera que someterse a ideas ya descubiertas, o mejor, a ideas postuladas arbitrariamente, aunque haya que dar la impresión de que proceden de un rigor lógico y una certeza matemática.

El filósofo recuerda todos los principios metodológicos para dar un porte riguroso a las arbitrariedades transformadas en dogma. Aunque así pudiera colegirse una suma de pruebas de la existencia de Dios, no por ello se obtendría una sola conversión…

El pensamiento occidental teme al vacío y a lo irracional y se desvela por excluirlos recurriendo a la autoridad de tópicos o formulaciones silogísticas. Así desaparece la subjetividad pura bajo un montón de demostraciones y de operaciones austeras. Y se recobra la paz del alma.

Desde Platón, el modelo matemático se vuelve obsesivo cuando habría que restaurar en sus prerrogativas el modelo poético y perentorio que se halla en el pensamiento de algunos sabios presocráticos.

Todo conocimiento es impuro, quienquiera que avance sin ocultamientos pondrá empeño en reivindicar la impureza de su pensamiento destacando cuáles son sus intereses. Así se impediría que ciertas ideas fijas desaparezcan bajo engañosos megalitos con el pretexto de que han experimentado la mediación de un silogismo, del materialismo dialéctico o de cualquier ley de los tres estados.

Hoy no es posible permanecer indiferente al llamamiento que lanza Paul Feyerabend en Diálogo contra el método, una obra que propone una teoría anarquista del conocimiento en la que la contrainducción, las validaciones irracionales y el elogio del pensamiento primitivo se imponen a las arquitecturas de pretensiones científicas, que no son sino otros tantos sustratos teológicos.

El propósito esencial consiste en sustituir tal lógica científica por un método poético.

Los cínicos, con el gusto que se les conoce por la provocación, dejaron de lado el modelo  matemático -del que Platón es un destacado representante- para preferir en cambio una metodología de lo perentorio y lo poético, de la intuición y el entusiasmo.

Antístenes y Diógenes hablan en una Atenas considerada democrática, donde la palabra ha adquirido un rango fundamental: con frecuencia el discurso es la vía de acceso a la eficacia, las palabras preceden a las cosas, el saber conduce al poder.

Los retóricos y oradores enseñan las técnicas del lenguaje más persuasivo, los artificios con los cuales se logra la convicción, aunque sea al precio de la mentira.

El razonamiento se pone al servicio de causas que a menudo carecen de nobleza, se trata de obtener la mayor cantidad posible de sufragios, la cantidad reina y no deja ninguna oportunidad a la calidad.

El pensamiento lógico y el nacimiento de la Ciudad son contemporáneos. Con el advenimiento del pensamiento positivo, en Grecia “el hombre se encuentra elevado por encima de todos los demás pueblos, como un predestinado; en él el logos se hizo carne”.

Puesto que casi es hija de la Ciudad, la razón no puede contentar a Diógenes, quien considera exorbitantes sus pretensiones. Demasiado imperiosa y autoritaria, la lógica griega tiende excesivamente a lo abstruso y termina por olvidar lo real más inmediato. Diógenes cree en la idiotez de lo real.

De ahí surge el nominalismo de los cínicos: negarse a honrar a los nuevos ídolos que son la Razón y la Retórica, las Esencias y la Dialéctica.

Las agudezas de Antistenes y de Diógenes apuntan a ser algo más que un método. Se oponen a toda una concepción del mundo, proponiendo al mismo tiempo una nueva poética: “La dificultad planteada por los discípulos de Antístenes y otros ignorantes de la misma especie no carece de cierta oportunidad -escribe Aristóteles-. Según ellos, no es posible definir la esencia de una cosa, pues la definición no es más que palabrería: lo más que se puede hacer es decir qué clase de cosa es. La plata, por ejemplo, no podrá decirse qué es en sí misma, pero sí que es como el estaño. En consecuencia, no hay más que una sola especie de sustancia que admite ser enunciada en una definición: la sustancia compuesta, ya sea inteligible, ya sea sensible. Pero los elementos primarios de los que está formada esta sustancia no pueden definirse, porque una definición implica relacionar dos elementos y en esa relación uno debe comportarse como la materia y el otro como la forma de la definición”.

Dios, ¡cómo se complica Aristóteles al comprobar que no se puede nombrar más que lo impuro, lo complejo y lo compuesto!

Mientras que para los cínicos no podría haber otra cosa que no fueran modificaciones múltiples de una única sustancia, a saber, la materia. El nominalismo cínico también es materialismo…

Lo real cínico es moderno porque es monista y atómico, cuando lo real aristotélico es teológico, dualista y -aunque se diga lo contrario- espiritualista.

Donde la lógica se subordina a los intereses metafísicos, Antístenes reivindica una falsa ingenuidad y admite que puede ver perfectamente a los hombres pero no a la humanidad, tal como podría haber confesado no ver a la divinidad pero sí contentarse con mónadas locas que van cada una por su lado.

Se podría terminar hablando de un sistema cínico si se pusiera en perspectiva su nominalismo, su materialismo: así se comprenderían sus opciones solipsistas e individualistas.

Sólo existen fragmentos perdidos en un mundo a la deriva.

El gallo despojado de su plumaje, sus penas y demás faneros, altanero sobre sus garrones, lo demostró un día.

Así como se niega a atribuir un valor objetivo a los conceptos, Antístenes se niega a admitir la validez del principio de contradicción. No cree que uno pueda convencer de un razonamiento opuesto al suyo a un individuo que profesa una opinión descabellada. “Sería un error contradecir a un contradictor para reducirlo al silencio: antes bien, conviene ilustrarlo. Pues uno no cura a un maníaco haciéndose loco ante él”.

Desde una perspectiva solipsista, hay que admitir que el crédito del lenguaje se reduce al mínimo: hablar equivale a agravar la incomunicación.

Mientras los filósofos clásicos se dedican con devoción a la lingüística para emplear de la mejor manera las palabras, la retórica o la demostración, los cínicos prefieren otras vías pues “es propio del ignorante hablar mucho y, para quien así obra, no saber poner freno a su parloteo”.

Las soluciones son limitadas: o bien se llega a la conclusión, como Wittgenstein, de que “sobre aquello de lo que no se puede hablar, debe callarse” -con lo cual uno se condena al mutismo y el silencio perpetuo-, o bien se opta por buscar nuevas fórmulas que, a veces, compensan la impotencia del lenguaje mediante gestos que aunque se realicen en silencio lo superan ampliamente.

Por cierto, los cínicos no optaron por la solución del mudo…

Por las necesidades de la causa filosófica y porque el lenguaje es impotente, los cínicos se convierten en bufones, inventores de nuevas metodologías.

Volvamos a Antístenes; lo encontramos asistiendo a una fantástica demostración verbal: mediante razonamientos que aparentan una absoluta seriedad y rigor -la lógica no faltó a la cita-, un hombre muestra la imposibilidad del movimiento. Imagínense las aporías de Zenón: flechas que permanecen  inmóviles en el espacio, tortugas a las que Aquiles nunca puede alcanzar y otras pamplinas muy bien envueltas en papelitos de colores.

El lógico había demostrado la imposibilidad fundamental del movimiento, y uno de los jóvenes asistentes cargaba las tintas -éste es el precio que hay que pagar por las promociones…- y completaba la argumentación con una serie de observaciones con respecto a cinco aspectos bien delimitados.

La respuesta de Antístenes no se ubica en el mismo registro: seguramente, el cínico podría haber encontrado las palabras para contradecir el razonamiento de Zenón -al contrario de lo que afirma Eliano Claudio, autor del fragmento que relata la anécdota-, pero como no creía en la virtud de esta operación mediante el discurso, “se puso de pie y comenzó a andar, convencido de que una demostración de hecho era mucho más efectiva que cualquier equivalente verbal”.

Fiel a su maestro, Diógenes habría repetido a su vez la respuesta para oponer al mismo discurso…

En otra ocasión, el mismo Diógenes encontró a un individuo que rendía homenaje a las divinidades lógicas. Con ayuda de proposiciones mayores, menores y premisas, el hombre intentó confundir al cínico. Le dijo: “No has perdido lo que tienes; ahora bien, no has perdido los cuernos, por lo tanto, tienes cuernos”.

Esto podría confundir a algunos pero no a Diógenes, quien buscó una refutación que no necesitara palabras, o que requiriera de muy pocas: Diógenes replicó tocándose la frente y agregando: “y bien, yo no los veo”.

Al atacar la inmovilidad, los cínicos se oponían a Parménides y sus argumentos. Contra el filósofo de Elea, los cínicos también podrían haberle presentado batalla al Uno y las maneras de decir que rayan en el ejercicio de estilo: “el  no-nato”, el “sin comienzo ni fin fuera de sí mismo”, el “no fue ni será porque es a la vez entero en el instante presente” son razonamientos suficientes para irritar a un Diógenes que prefiere un gallo desplumado o buscar ingenuamente un par de cuernos en su frente…

Metrocles el cínico debería ser considerado entre los dignos representantes de la escuela: a él le debemos el desarrollo de una metodología que llamaremos del flatómano…

Metrocles de Maronia pertenecía a una familia que merece consideración: era, en efecto, el hermano de Hiparquia, la que no vacilaba en dejarse amar por Crates en la plaza pública. Benditos sus padres por haber engendrado progenie tan preciada para la historia de la filosofía…

Cuando era joven, Metrocles fue iniciado en la filosofía peripatética, la de Aristóteles, llamada así porque se la enseñaba andando y no de otro modo. Diógenes Laercio, quien cuenta la anécdota, cree conveniente precisar  que la enseñanza aristotélica lo había estropeado… Y realmente estaba arruinado Metrocles si hemos de creer la historia que se cuenta sobre él.

Diógenes Laercio la presenta de este modo: “Un día, estando en medio de un ejercicio oratorio, a Metrocles se le escapó una ventosidad involuntariamente. Sintióse tan avergonzado que se encerró en su casa decidido a dejarse morir de hambre”.

Ciertamente, el flatómano no se andaba con rodeos: la muerte por un poco de aire viciado…

Crates el libidinoso, pedagogo por añadidura, a quien un viento -que se me perdone la facilidad- le había traído el chisme de la desventura, preparó su refutación o al menos su consuelo de manera por demás extravagante: en lugar de elaborar un florido discurso inspirado en Demóstenes, se atracó con un plato de habas… Ahora bien, todo el mundo conoce las virtudes carminativas de la legumbre fetiche de Pitágoras. ¡Qué manera más original de construir una diatriba!

Así cargado con el gas culpable, el cínico se presentó en el domicilio de un Metrocles contrito y deprimido.

Apelando primero a la tradición, Crates hizo un discurso en el cual explicaba que era ridículo mortificarse hasta tal punto por tan poca cosa, que el pudor era una falsa virtud, que no se cometía ningún pecado digno del Hades por dejar escapar inadvertidamente una ventosidad.

El flatómano persistía en la amargura y la melancolía.

Crates le explicó que aquello era natural, que todos estaban sometidos a estas leyes elementales de la física gastronómica y que de vez en cuando eran víctimas de ellas, incluso el mismo Alejandro.

El hermano de Hiparquia se mantenía en sus trece: la vergüenza se había abatido sobre él y ya le sería imposible recuperarse…

Veamos como un elogio del flato podría encontrar nobles avales en la historia y la literatura:

Hipócrates, por ejemplo, en su apartado titulado De las ventosidades escribió: “Ciertamente, la fuente de las enfermedades no debe buscarse en otra parte (más que en las ventosidades), ya sea porque resulten excesivas o demasiado escasas o que entren en el cuerpo con demasiada precipitación o contaminadas de miasmas morbíficas”. Aquí ya tenemos un aval médico.

Si éste se revela insuficiente, se podría recurrir a la historia de las ideas políticas.

Leamos un poco a Suetonio, olvidemos las fechas y juguemos con la cronología. En las páginas que el historiador dedica al emperador Claudio, nos informa que el predecesor de Nerón “pensó en publicar un edicto por el cual daría permiso para emitir ventosidades y flatos durante una cena porque había descubierto que alguien se había enfermado por retenerlos y por respetar las convenciones”.

Por supuesto, no había ningún consuelo de efecto retroactivo, pero Metrocles ¿no se habrá sentido reconfortado?

De todos modos, si persistía en el marasmo podrían convocarse algunas celebridades más tardías, como Erasmo. “Si un flato sale sin hacer ruido, está bien… sin embargo, más vale que salga con ruido que retenerlo”.

O bien Aristófanes, quien pone en escena a Estrepsíades, gran genealogista de los pedos: “En seguida me atormenta, se revuelve, ruge como un retumbo y después estalla con estrépito. Primero hace, con ruido apenas perceptible, pax; luego pappax; en seguida, papappax, y cuando hago mis necesidades es un verdadero trueno, parappappax, lo mismo que las nubes”.

Otros habrían invocado al Gitón del Satiricón: “Levantaba a cada instante la pierna y llenaba el camino de ruidos invonvenientes y al mismo tiempo de hediondez”.

Y por último está Crepitus, a quien Flaubert quiso elevar solemnemente al rango de Dios del Pedo, y muchos otros…

Mientras tanto, Metrocles continuaba sin convencerse: no lo persuadían ni la impotencia manifiesta y característica de los discursos y las palabras, ni las demostraciones. Seguía sintiéndose culpable, y ser un “baritronador del culo”, como decía Rabelais, le parecía la peor de las inconveniencias.

La letanía de los filósofos de la ventosidad  no había logrado arrancarle una sola sonrisa al desdichado…

Fiel al método cínico que prefiere el gesto a la palabra, el acto y el hecho a los dichos, Crates abandonó los libros y aprovechó la ingestión de habas: “Al fin de cuentas. Crates se puso a su vez a ventosear así reconfortó a Metrocles dándole consuelo con la imitación de su acto. A partir de aquel día, Metrocles se convirtió a la escuela de Crates y llegó a ser un hombre de valor en filosofía”. (Cf. Diógenes Laercio).

Destinos irónicos: bastaba un espíritu pagano para convertir a un peripatético siniestro en un cínico regocijado.

Michel Onfray (Cinismos, Capítulo 7, 1990)

Traducción: Alcira Bixio

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