Mi palabra

Doy un paso al frente y esgrimo la palabra.

La descargo de torrentes siderales. De tugurios mezquinos donde supo morar.

La desprendo de los cuerpos que ocupan el suelo,

ordenados como cadáveres que se apilan luego de un bombardeo.

Doy un paso al frente y esgrimo la palabra.

La dejo volar. Tan libre así, tan alta así, como lo hacen las gaviotas augurando tierra firme.

Como lo hacen los que desprecian a los sumisos devotos del silencio.

Silencio-Iglesia

Silencio-velatorio

Silencio-claustro

Silencio-universidad.

Silencio-jaula

Silencio-confesión

Silencio-paz.

Silencio de misa.

Silencio-oración.

Silencio

Prohibido reírse

Silencio-hospital.

Doy un paso al frente y mi cuerpo, dominado por el vértigo, se comba, se contrae

para por fin escupir de un sacudón mis palabras en tu rostro.

Mi palabra-flecha. Mi palabra-lanza. Mi palabra-martillo, estaca.

Escupir mis palabras en tu rostro.

En tu rostro inerte de momia sepultada en vida.

En tu pálido rostro de burócrata lamebotas.

En tu obsesionado rostro de leguleyo suicida.

En tu rostro rutina. En tu rostro trabajo. En tu rostro juzgado.

En tu rostro futuro juez hijo de puta.

Doy un paso al frente y esgrimo la palabra

Harto de los que se jactan revolucionarios. De los que oscilan entre el silencio cómplice

y el pragmático discurso coyuntural, siempre funcional al establishment.
Harto de los slogans. De los slogans-discurso.

Harto de su chatura y de la automática crítica que lo sigue por detrás, volviéndose banal y, por lo tanto, inofensiva.

Harto de las consignas. De las consignas elaboradas por los de arriba para ser irreflexivamente repetidas por los de abajo. De las consignas binarias.

De las consignas asesinas de matices.

De las consignas que desprecian la diversidad de voces. Que homogenizan. Que masifican.

De la consigna jerarca.

Consigna, dos puntos, orden que un jefe dirige a un subordinado.

Doy un paso al frente y esgrimo la palabra

Que no es decoro. Que no es caricia. Que no es guirnalda.

La palabra, antaño, propiedad de ellos: los nobles, los justos, los santos.

Ahora mía, solo mía.

Mi palabra.

Que optó por el destierro para volverse cicuta.

Para volverse margen, escoria, crimen.

Mi palabra.

Una podrida bola de pelos lanzada desde las entrañas.

Llena de bichos, llena de bacterias, llena de pus. Rebosante de pus.

Mi palabra.

Un desconcierto de vísceras desparramadas sobre los blancos manteles de los altares.

De los altares donde se guarecen los formadores de la moral, los que portan la toga y el martillo,

los inmaculados promotores del terror.

Mi palabra.

Una catapulta de excremento.

Dinamita. Llena de mierda, llena de caca, llena de hastío.

Mi palabra.

Un torbellino iracundo que sólo se nutre de sangre.

De la sangre derramada por los silencios que han sido guillotinados.

Alejandro Castellani

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.

 

 

 

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