Morir, dormir o romper el sueño para accionar

Ser o no ser, esa es la cuestión:

Si es más noble para el alma soportar las flechas y pedradas de la áspera fortuna o tomar las armas contra un mar de adversidades y en dura pugna darles fin.

Morir: dormir, nada más. Y con el sueño, poner fin al sufrimiento y a todos los males que son una consecuencia de la misma carne, sería una conclusión que piadosamente deseo.

Morir, quedar dormido, dormir, tal vez soñar. Sí, ese es el gran obstáculo; pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno ya libres del agobio terrenal, es una consideración que frena el juicio y da tan larga vida a la desgracia.

Pues, ¿quién soportaría los azotes e injurias de este mundo, la infamia del opresor, la afrenta del soberbio, las penas del amor menospreciado, la tardanza de la ley, la arrogancia del poder, los insultos que sufre la paciencia, pudiendo cerrar cuentas uno mismo con un simple puñal? ¿Quién lleva esas cargas, gimiendo y sudando bajo el peso de esta vida, si no fuera por el temor de lo que se oculta tras la muerte, esa tierra inexplorada de cuyas fronteras ningún viajero vuelve, que perturba la voluntad y nos decide a soportar los males que conocemos antes que huir hacia otros que ignoramos?

Y así… la conciencia nos hace cobardes, el color original de nuestro ánimo se debilita bajo la pálida sombra del pensamiento, y así es como empresas de gran peso y entidad se desvían de su curso por considerarse como tales y sin acción murieron.

William Shakespeare (La Tragedia de Hamlet, Príncipe de DinamarcaEscena IV, 1603)

Traduccion: R. Martinez Lafuente

 

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