Pehor

Nerviosa y magra, fantasiosa y famélica, Douceline fue precozmente proclive a las caricias y los abrazos. La divertía pasar sus manos a lo largo de las mejillas de los niños y de los cuellos de las niñas, que se abandonaban como gatos a sus ternuras. Sin razón aparente, besaba las manos de su madre mientras tejía. Puesta en penitencia, se divertía dándose ruidosos besos en las manos, en los brazos, en las rodillas, que iba desnudando en orden y observando con detenimiento. Tan curiosa era que no sentía pudor alguno. Pero de tantos engaños recibidos (groseramente mordaces, por otra parte) desarrolló un apego contradictorio por el rincón más despreciado y prohibido de su cuerpo: las manos sólo siguieron a los ojos. Conservó este vicio durante toda la vida, sin confesarlo jamás. Lograba disimularlo, incluso, en las más agudas crisis de nervios.

Los preparativos de la primera comunión la volvieron loca. Mendigaba imágenes sacras, o monedas para comprarlas, o robaba las que sus compañeros tenían en sus libros de catequesis. Las santas vírgenes le gustaban poco y nada; prefería los Jesús, suaves, con mejillas veteadas de rosa, barbas en llamas y ojos azules enmarcados en la difusa luz de la aureola. Uno de ellos aparecía con una monja a sus pies, mostrándole su corazón rutilante, y la monja decía: “Mi bien amado es todo mío, y yo soy  toda suya”. Bajo otro Jesús de mirada tierna, un poco bizco, se leía: “uno de sus ojos ha golpeado en mi corazón”.

De un Sagrado Corazón herido por un puñal corría sangre color de tinta rosa, y la leyenda, degradando una de las más bellas metáforas de la teología mística, decía: “¿Qué mejor puede dar el Señor a sus hijos, que este vino que fecunda a las vírgenes?”. El Jesús del que brotaba el chorro de carmín tenía un rostro tierno y esperanzador, un vestido azul iluminado con florecillas de oro, traslúcidas manos delgadas en las que estallaban dos grosellas en forma de estrella. A Douceline le encantó apenas lo vio, hizo un juramento y escribió al dorso de la imagen: “me entrego al Sagrado Corazón de Jesús, como él se entregó a mí”.

A menudo, entreabriendo su libro de catequesis, contemplaba el rostro tierno y esperanzador, y murmuraba llevándoselo a la boca: “tuya, soy tuya…”.

En cuanto al misterio de la Eucaristía, no lo entendió en absoluto. Recibió la hostia sin emoción, sin remordimiento por sus vicios, sin simular pasión: todo su amor se dirigía al rostro del Sagrado Corazón.

Como sucedáneo de su libro de catequesis, se le dio a leer “El escudo de María”. Se interesó por un pasaje referido a la preferencia de Jesús por las almas nobles y su desprecio de los bellos rostros. Se miraba horas enteras en el espejo, juzgándose bella con tristeza y rezando con furor, esperando volverse fea. Le dio fiebre; una mañana despertó con el rostro lleno de ampollas. En el delirio que siguió sólo profería palabras de amor. Curada, agradeció a Jesús por las marcas blancas que le agujereaban la frente y se entregó a la masturbación. Eyaculaba profusamente, de rodillas sobre piedras agudas, detrás de una pared. Sus rodillas sangraban. Besaba las heridas, succionaba la sangre y se decía: “esta es la sangre de Jesús, pues él me entregó su corazón”.

Debilitada por la anemia, Douceline había olvidado su vicio, pero con las semanas volvieron sus movimientos nocturnos habituales. Solía despertarse en medio de una polución y enseguida volvía a dormirse. Una mañana encontró sangre en sus dedos; se asustó, saltó de la cama y descubrió que todo su cuerpo estaba ensangrentado. Su madre dormía. Fuertemente atemorizada, arrancó la imagen consagrada del misal en el que la había cosido, salió de la casa en camisón, temblando, y enterró el objeto de su devoción en un profundo pozo. Llorando, volvió a acostarse y se desvaneció.

Las explicaciones de su madre tuvo que creerlas. Sin embargo, el fenómeno era muy poco natural. Douceline acusó al Jesús que instintivamente sepultara bajo tierra, bajo la tierra que acoge en su silencio a los difuntos. El Jesús sangrante estaba muerto. Douceline se calmó cuando su madre vino a arroparla y le dejó una antología de vidas de santos para que leyera.

La leyó, recolectando todos los nombres extraños que le venían a los oídos mientras se iba durmiendo, como el tañer de las campanas.  Un nombre repiqueteaba particularmente en su cabeza, más ruidoso que las campanas de misa: Pehor, Pehor, Pehor…

Los demonios, como los perros, viene cuando se los llama. Pehor adora a las muchachas y recuerda a menudo los días en los que hacía vibrar de pasión a Cozbi, hija de Zur, la real madianita. Pehor vino y amó a Douceline por el amor de su pubertad fresca y ya mancillada. Se hospedó en el altar del vicio, seguro de recibir mimos y caricias, seguro de los obscenos juegos de las manos afiebradas, sin temor de la espada de Phinees, que cortara de un golpe los placeres de Cozbi y de Zambri, cuando el hijo de Salu fornicaba con la hija de Zur (Números XXV, 1-14).

En plena noche, la habitación se iluminó; los objetos adquirieron una peculiar aureola, como si de ellos irradiara luz. Entonces, en una sombra rojiza que impedía ver, él venía. Douceline lo sentía llegar con tranquilidad; escalofríos eléctricos comenzaban a recorrer su piel, primero casi imperceptibles, luego más nítidamente localizados. Las luces mensajeras atravesaban la sombra roja, insinuándose en todas sus fibras; se apagaban y, de golpe, vividos rayos de luz dulce caían a ritmo precipitado. Por último, una explosión como fuegos artificiales, un estruendo que torneaba los nervios, la espina dorsal, los huesos, las mucosas, la punta de los senos y toda la epidermis carnosa de Douceline; todo su vello erizado, como un campo de hierbas bajo un viento rasante. Luego del último sobresalto, pequeños estremecimientos interiores: por los orificios entreabiertos de su cuerpo el placer destilaba a través de las venas, hacia todas las células y papilas. Entonces Pehor salía de su escondite; se presentaba como un macho joven y bello que Douceline, sin sorpresa, veneraba con amorosa desesperación. Y lo acostaba a su lado, pegado a ella, consciente tan sólo de que tenía entre sus brazos a Pehor.

Durante el día, se complacía con el recuerdo de las noches. Se deleitaba con la impudicia de las fases del goce, la agudez de las caricias, los besos fulminantes de Pehor, quien permanecía invisible e intangible mientras duraba el placer y surgía, como por un golpe de magia, luego de la explosión perfumada de la dicha. ¿Quién era Pehor? Douceline nunca lo supo, despreocupada de todo menos de gozar, atontada por la multiplicidad de orgasmos, Psyche virgen de hombres viviendo en un sueño carnal, culpable de sus propios vicios, abandonada al ángel oscuro en la sombra rojiza o en el fulgor de la luminosidad cerebral; sin voluntad, sin reticencias.

Cumplía quince años cuando, en el establo en el que cuidaba de la vaca de la familia, un vendedor ambulante abusó de su imaginación de muchacha enervada. Sin sentir dolor, Douceline lo dejó hacer, ya cabalmente desflorada por  Pehor, el ángel de imaginación tan audaz. Las muecas pasionales del hombre le parecieron ridículas y, cuando él la miraba, erguido, con ojos amorosos, se levantó, estalló en carcajadas y se alejó levantando los hombros. Pero su lascivo abandono fue castigado: Pehor no volvió a visitarla.

Pasando el tiempo junto a su vaca, en el establo, Douceline soñaba ahora con el vendedor, no sin vergüenza. Luego de semanas, la asaltó un miedo repentino. Habiendo visto a mujeres embarazadas que le prendían cirios a la virgen para tener un buen parto, ella pinchó uno en un candelero, para no quedar encinta.

Su ruego fue escuchado y Douceline, profundamente agradecida, se consagró a las plegarias. Pasaba las cuentas de un largo rosario, de rodillas en el suelo, ante la imagen benefactora a la que le encontraba, como antes al Jesús, el rostro tierno y esperanzador.

Sin embargo el vicio, incluso sin Pehor, la carcomía. Sus mejillas se ahuecaron, tuvo ataques de tos, desmayos que la tumbaban bajo los cascos de la vaca, que sólo atinaba a olerla y mugir. Una mañana, temblaba tan fuerte que no logró vestirse. Volvió a acostarse y sintió un dolor en el vientre: los ovarios inflamados palpitaban bajo el pinchazo de innumerables agujas.

En el tedio desolador de ese lecho, la visitaban imaginaciones de una candidez inopinada, recuerdos de la primitiva inocencia. Vio sucesivamente, en falsos éxtasis, al buen Dios todo blanco, similar al Premonstratense que una vez había predicado la cuaresma: pequeños san juanes de plata jugando sobre la hierba de bosques celestiales con becerros de pelaje ensortijado, adornados con cintas, un Nuestro Señor todo de oro, con una barba roja muy larga, una Santa Virgen nubosa y azulada.

Los últimos días, perdió el consuelo de estas apariciones, como si el Cielo se hubiera negado a sostener una complicidad mayor. La hipocresía infernal fue vencida y la pecadora impenitente devuelta a quien sus locuras infames eligieron como amo eterno. Pehor volvió a hospedarse en el asilo secreto del vicio consentido y Douceline se sintió invadida por caricias dolorosas, floraciones lentas de cardos, intensos paseos de hormigas sobre la turgescencia casi pútrida de su sexo que se resquebrajaba como un higo maduro. Y escuchaba, en esas horas de irrevocable agonía, la risa de Pehor en su vientre como el tañido de la noche de Jueves Santo, que parece salir de las tumbas. Pehor se consagró a la risa de la algarabía diabólica y, por bromear, se hinchaba como un odre en medio de los vientos pestíferos que, de golpe, dejaba salir ruidosamente. Penetraba a su víctima, y un irónico mordisco sustituía al orgasmo. Douceline gritaba, pero Pehor gritaba más fuerte, llenaba de estridencias su abdomen que temblaba bajo las vibraciones… sintió un gran trastorno en su vientre inmundo, luego una sensación terrible de repletud y ahogo en el epigastrio: Pehor subía por sus vísceras. Y al subir le clavaba las garras en el corazón y destrozaba sus pulmones esponjosos. Luego el cuello se infló como el de una serpiente a punto de vomitar la presa que viene de englutir; largos babeos sanguinolentos brotaron en un hipo ignominioso. Douceline respiró, casi desvanecida, con los ojos cerrados y las manos remando entre las olas fláccidas del naufragio que envía a la condenada al abismo.

Un beso de purulencia excremencial se imprimió en sus labios exactamente cuando su alma abandonó este mundo, bebida desde las entrañas por el demonio Pehor.

Remy de Gourmont (Historias mágicas)

Traducción: Claudio Iglesias

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