Pertenencia

Me callaste por primera vez un martes a la tarde. Yo tenía ocho años y un padre muerto.

Vos veintinueve y un rótulo blanquecino que se hundía entre tu seno, mutilado por el cáncer y la culpa.

Me habías llevado a la psicopedagoga. Al salir esperaba tu discursito de siempre. Ese sermón obligatorio que brotaba de tu boca cada vez que repudiaba tus cruces.

Tu diagnóstico fue inmediato: “Dibujar un oso pedófilo no es normal”, dijiste.

Gritabas queriendo que te mire a la cara, que confesara mis pecados, que te ponga una sotana y me mandes a rezar.

Me abrazaste con la fuerza con la que sostenés tus estampitas los domingos.

Tus dedos contra mis labios me dejaron sin respiración.

Imaginé a un niño enterrando sus pulgares en mi boca.

Fantaseé con sus dedos –categóricos-, humedeciéndome el labio inferior.

Comenzaba a excitarme, a sentir mi clítoris dilatado.

Nunca te lo dije, pero ese día acabé…

Julia Rodríguez

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.

Fotografía original: Aneta Bartos

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