Platón (alias “el traidor de poetas”)

Filósofo ciento por ciento funcional al poder.

Pensador servil.

Felpudo, garante, policía.

Patovica-cagón.

La complementariedad de sus discursos con la retórica monoteísta de la verdad única, garantiza su popularidad y posición de privilegio a lo largo de los siglos.

Que hoy Platón sea el filósofo occidental más referenciado de todos los tiempos sólo se explica desde la comprensión acabada de este pequeño gran detalle.

San Agustín, en el siglo V d.c., es quien lo recupera/reposiciona en forma definitiva.

San Agustín, a partir de lo esbozado en su obra máxima “Civitas Dei”, es quien asegura y apuntala su “fama” a nivel mundial.

Pionero, Pablo de Tarso, coquetea con su figura (implícitamente) cuatro siglos antes.

Platón cree en la existencia de una única verdad (universal/esencial), situada en una especie de plano superior al que suele denominar “mundo de las ideas”.

Platón afirma que no existe punto de comparación entre lo que sucede aquí abajo, en la tierra, y lo que sucede allí arriba, en ese plano superior.

Platón cree, por lo tanto, que lo que vivenciamos en la tierra es una mierda. Algo menor. Sin demasiada importancia. Algo, por definición, defectuoso. Defectuoso en los términos de alguien como Platón. Defectuoso como sinónimo de “desechable”.

Platón cree que existe una “mesa ideal”, un “perro ideal”, una “justicia ideal”.

Platón afirma que “conocer” (“adquirir conocimiento”) es un ejercicio constante, apático y repetitivo, con un objetivo claro, delimitado de antemano: tratar de acercarse, lo más que se pueda, a ese plano superior.

Platón afirma que “conocer” (“adquirir conocimiento”) es “mirar hacia arriba”.

Platón ama “mirar hacia arriba”, pero ama todavía más que otros lo miren “desde abajo”.

Platón está convencido de que él es “el arriba” al que los demás tenemos que mirar.

Platón inicia la lamentable tradición del conocimiento jerárquico.

En el año 387 a.c. funda la Academia.

Allí Platón se recibe de carcelero.

Lleno de pedantería elitista, desarrolla una institución que pasaría a la historia como la más influyente (en su rubro).

Dos mil quinientos años después del punto germinal de aquella experiencia, infinidad de centros de estudios (identificados con las más diversas tradiciones ideológicas) se enorgullecen de autodenominarse “academias”.

La academia tiene dos características centrales: encierra el conocimiento y lo vuelve un privilegio para pocos.

Lo encierra en reductos sofocantes, hoy conocidos como “aulas”, en los que un puñado de estúpidos con veleidades de grandeza se creen legitimados para definirlo “todo”.

Lo vuelve un privilegio, a partir de excluir en forma sistemática a aquellos que –según criterios, por demás arbitrarios- no dan la talla. SU talla. La talla de los iluminados.

En aquellos primeros años quedan afuera de la Academia las personas que no poseen conocimientos básicos de geometría. En la actualidad, quedan afuera de la Academia, las personas que por obra y gracia del sistema apuntalado por Platón, están más preocupado por “comer” (sobrevivir) que por “pensar”.

Platón desprecia todo lo que tenga que ver con la experimentación sensorial.

Platón desprecia el placer.

Platón desprecia el cuerpo.

Su cuerpo, los cuerpos, “EL” cuerpo como categoría reflexiva.

Para Platón el cuerpo es una cárcel. La cárcel del alma. El alma, claro está, es un ideal. El alma es esencia. El cuerpo, existencia. El alma, en cuanto esencia, es perfecta. El cuerpo, un cúmulo interminable de “errores” desagradables.

Platón odia a los poetas.

Paradójicamente, y para sorpresa de muchos, en su pasado lo fue.

Conoce a Sócrates en su adolescencia, deja la poesía y empieza a interactuar asiduamente con la élite de la filosofía ateniense.

Platón cambia el relativismo de Cratilo (su primer maestro) por la desesperada búsqueda de categorías universales tan característica en Parménides, Tales de Mileto y personajes similares.

Platón es tan pero tan miserable que se siente completamente idóneo para decirnos con lujo de detalles qué es el amor y/o qué es la justicia.

Platón es tan pero tan miserable que divide el “mundo del saber” en, por un lado, “pensadores matriculados” capaces de desarrollar algo bastante similar a lo que siglos más tarde se denominaría “conocimiento científico” y, por el otro, meros “opinólogos” mundanos, obrantes por intuición, sin metodología ni rigor aparente.

Platón divide el “mundo del saber” en epistemes y doxas.

Para Platón razonar es mil veces mejor que sentir.

O, todavía peor, para Platón razonar y sentir son cosas que pueden transitar por separado.

Platón deviene “un resentido”.

Su campaña antipoética recuerda los peores escenarios del culebrón venezolano.

Platón odia tanto pero tanto a los poetas que, incluso, llega a proponer su expulsión de “La república” (modelo ideal de organización política, diseñado por el propio Platón e inmortalizado en las páginas de su libro más importante, en los que –por supuesto- las figuras más destacadas son “los filósofos”).

Platón odia tanto pero tanto a los poetas que, incluso, no tiene empacho alguno en proponer la censura de los textos poéticos que, por su calidad estética y/o potencialidad subversiva, puedan corromper la armonía necesaria para mantener libre de inestabilidades el “statu quo”.

Para Platón los poetas son facciones peligrosas a las que hay que contener, disciplinar y domesticar.

Hipótesis posible, matiz complementario:

Platón odia tanto pero tanto a los poetas porque, sin más, es un pésimo poeta.

Lo antedicho resulta fácil de ser corroborado.

Para ello se sugiere la atenta lectura de los únicos dos poemas de Platón que sobreviven hoy día, cual reliquias arqueológicas.

Pese a haber intentado destruir por completo su obra lírica, Platón no pudo borrarlo todo.

He aquí su milenario karma.

Los que afirman, con mirada arrogante y rigor erudito, que existen “varios platones” (a propósito de la supuesta diferencia que habría entre la mayoría de sus obras filosóficas y aquellas escritas durante sus últimos años) son platones disfrazados en busca de autoprotección y módica piedad.

La secta desestima de plano tan estrepitoso artilugio.

Sus ilusos continuadores plantean, con ridícula precisión aritmética, que Platón nació en el año 427 a.c. y murió en el año 347 a.c.

Sus ilusos continuadores mienten.

Platón está completamente vivo.

Por ende, matarlo resulta obligación.

Maxi Postay

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva

Diseño original: LTF

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