¿Qué es un lago?

Por la mañana llegaban los niños, a menudo traían un presente para la maestra, flores, ranas colgando de un hilo, una gran luciérnaga dentro de un cucurucho de papel. Camila les revelaba las fórmulas para llegar al corazón del pan, para transformarse en caballo o en avispa. La clase comenzaba. Según el sistema de la época, deletreaban las palabras: “Ele… a: LA; ge… o: GO. L-A-G-O-“. ¿Qué es un lago?, preguntaban. Una planta, un hueso del cuerpo humano, un animal acuático, respondían según su intuición. Camila les enseñaba entonces el significado por asociación directa, tomaba entre sus dos manos uno de sus pechos y avanzaba hacia los alumnos, lo veían cada más próximo, más imperial a medida que se desplazaba hacia ellos, lo tocaban, pasaban fascinados la punta de los dedos por la punta del pezón, restregaban sobre su sedoso volumen las mejillas y la boca,  lo olían, veían a través de él una blanca llanura de leche, las nubes y la luna, aprendían que esa forma cálida, redondeada, terminada en un vértice rojo, se llamaba LAGO. Ya nunca lo olvidarían. Los niñitos deliraban, eran acometidos por fiebres que les provocaban visiones. Este estado ideal solía durar semanas. Señalaban una gallina, decían surubí; una botella, decían sombrero. Camila sonreía orgullosa, sus alumnos ordenaban el caos, salían al primer día de la creación, creaban nuevos códigos semánticos, establecían relaciones mágicas, fundaban la realidad.

Enrique Molina (Una sombra donde sueña Camila O’Gorman, 1973)

 

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