Que nazcan regicidas y que muera la tibieza

Siempre voy a estar del lado de quiénes se indignan contra la autoridad y el poderoso. De quiénes sienten rabia. De quiénes no especulan. Me encantan los proclives a pudrirla, los sacados, los inadaptados, los señalados por los que creen que discutir con prudencia es siempre mejor que discutir a los gritos. Adoro a los que se la juegan, a los que apuestan, a los que pierden todo (o casi todo)  y, pese a ello, tercos y obstinados, vuelven a apostar. Adoro a los que creen que es un insulto que te digan “pragmático”. Admiro a los puteadores, a los rompesillas, a quienes se les marcan las venas de la frente cada vez que un rico se aprovecha de un pobre y –muy especialmente- a quienes no guardan ningún respeto por la estatua de Colón o la fachada del Cabildo.

Sí, debo confesarlo: guardo una especial debilidad por los que odian a los patrones, a los banqueros, a los curas, a los policías y a los jueces. Me encanta enterarme de sus pequeñas gestas épicas. De sus saqueos, sus boicots, sus blasfemias, sus desacatos. Me encanta enterarme de sus pequeñas venganzas.

Me gustan los excesos de la gente irreverente. Me gustan las cornisas que transitan, me gustan las hazañas de las que se jactan.

Mi cuerpo se erotiza frente al opresor vapuleado. Frente a los escombros de sus grandes estructuras de control, dominación y vigilancia, mi cuerpo experimenta el mejor de los orgasmos. El más intenso. El más furtivo.

Qué nazcan regicidas y que muera la tibieza.

Me gustan los Rimbaud, los Artaud, los Radowitzky. Me gustan los Vaillant, las Fanny Kaplan, los Caserio. Me gustan los esclavos que nunca se resignan. Que odian sus cadenas igual que a su esclavista. Me gustan los contestadores crónicos, los que proceden “sin filtro”, los inconformistas necios. Me gustan los Houdinis que se fugan de su cárcel y los delirantes/paranoicos/obsesivos, orgullosos de sus mundos paralelos.

Desprecio profundamente a los amantes del orden, las instituciones y las normas, a los que nunca se cagaron a trompadas, a los que nunca los echaron de una fiesta. Desprecio profundamente a los pechos congelados, a los siempre prolijitos, a los siempre contenidos; a los que nunca se quedaron sin voz gritando una injusticia, gritando un atropello; a los que siempre se quedaron sin voz cantando el himno, buchoneando a un compañero, pidiendo en una plaza “encierro, mano dura y represión”.

Porque la piedra que construye, construye fortalezas protectoras. Protectoras de confort, privilegios y riquezas.

Porque la piedra que destruye, por su parte, es la piedra que se injerta en el brazo intransigente de los pueblos que resisten.

Que resisten, insurrectos, a la auténtica violencia (la más profunda, la más cruel, la más dañina) de los que verdaderamente merecen el escarnio popular

 

Maxi Postay (21 de diciembre de 2017)

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.

Fotografía original: Belén Maletti

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