¿Qué se puede hacer con los curas?

El envilecimiento de nuestros contemporáneos es tan absoluto y tan completa su sumisión a todo lo que aumenta este envilecimiento, que son incapaces de ver la repugnante “concordia” entre todas las fuerzas represivas.

Este régimen, con ser intolerable desde su aparición, nunca había logrado aunar los esfuerzos de todos los enemigos de las libertades más elementales. Fue preciso algún tiempo para dar al cura una situación excepcional. Como consecuencia de un error, rápidamente remediado, el anticlericalismo se desarrolló durante cierto tiempo, pero se lo liquidó con urgencia calificándolo de primario.

Las crónicas de tribunales al final del siglo XIX , eran verdaderamente reconfortantes de leer. Solamente en el año 1879 doscientas cuarenta y dos condenas, algunas de importancia, se pronunciaron contra los curas:

El hermano Raymond, maestro de escuela congregante que sodomizó a niños, es condenado a ocho años de trabajos forzados. El hermano Serafín, director del orfanato de Notre Dame des Rocher, a trabajos forzados a perpetuidad, “su orfanato era un serrallo de efebos donde la mayor parte de los huérfanos sodomizados habían contraído enfermedades venéreas”; por la misma causa, igual condena al hermano Agustín Seguy, marista de Montauban, y al hermano Henri, maestro congregante de Argentré, que sodomizó a sus alumnos; diez años por hechos parecidos al hermano Joseph Guiraud, maestro congregante de Cadillac; el reverendo padre Cailletoz, marista de Orleans, cuatro meses de prisión, porque mamaba a las nodrizas bajo el pretexto de aconsejarlas, y diez años de reclusión a monseñor Maret, camarero secreto del Papa, canónigo honorario de Burdeos, Agen, Coutance y Aviñon, misionero apostólico, presidente de la archicofradía de la Inmaculada Concepción por haber “contagiado una enfermedad venérea a una niña a cuyo padre acababa de enterrar; se encontró en el domicilio del inculpado una colección de pelos cuidadosamente etiquetados con el nombre de sus más ilustres penitentes”.

Por más que este anticlericalismo hubiera sido provocado únicamente por el deseo republicano de aprovechar las sumas concedidas a los curas, y por mucho que creyese que para destruir a la Iglesia no había más que anunciar su fin, denunciaba, sin embargo, violentándola, la ignominia de la “clericanalla”.

Después de cincuenta años los curas han cambiado bastante; prueba de ello es que ya no les persiguen los tribunales y son por esta causa para todo el mundo, al igual que los guardias, buena gente. Y cómo no lo iban a ser si la prensa no hablará nunca de las condenas que los jueces nunca pronunciarán, pues nunca el juez de instrucción les enviará delante de los tribunales y la policía nunca les detendrá: son buena gente.

Nadie sabe que los monaguillos tienen siempre de ocho a catorce años, edad en que la firmeza de sus convicciones es menor que la de sus nalgas. Pero yo sé que cuando tenía doce años uno de esos cerdos me persiguió por todos los tranvías, me espero a cada salida del instituto hasta el día que le aplasté los dedos de los pies de un taconazo.

Lo característico de la política laica de estos últimos años es el restablecimiento de las relaciones con el Vaticano y el retorno de las Congregaciones. Los curas y los republicanos han tenido que llegar hasta hoy para darse cuenta de que persiguen los mismos fines.

En las colonias los misioneros aparecen ante los ojos del gobierno como singularmente dotados para torturar, embrutecer y envilecer a la francesa. Así puede verse al señor Briand seguir emocionadamente el entierro de Su Excremencia el Cardenal Dubois. Y se sorprenden cuando los diarios informan de que en China, en octubre, tres misioneros belgas, entre los que se contaba un obispo, fueron asesinados. Le Matin intenta dar una idea del vandalismo bolchevique, informando que en la URSS acaban de decidir la demolición de varias iglesias, olvidando que en 1913 en París, “para facilitar ciertos trazados urbanísticos”, fueron tomadas idénticas decisiones.

En esta época de “concordia” entre los enemigos de todas las libertades, los curas, calumniadores profesionales, disponen de todos los recursos para conducir a los hombres hasta el grado de embrutecimiento que les hace manejables entre las manos de Foch, Poincaré, Chiappe, Citroen. Para conducir a los obreros todos los domingos, después de seis días de cárcel, a sus iglesias a aprender resignación; a sus asociaciones a preparar la guerra; a sus sindicatos a preparar la traición.

La mayoría de los obreros sólo sienten frente a la religión la indiferencia que indica que no habrá sitio para ella en el Estado Obrero, pero frente a los principales causantes de su sometimiento solamente es eficaz el odio más inexorable. Por otra parte todos aquellos que no obstaculizan la acción religiosa en cada ocasión y por todos los medios, se arrimarán pronto a la Santa Mesa. Es más fácil dejar ir, por comodidad, la esposa a la misa y los hijos a la asociación, pero no es ésta la manera de hacer comprender a los curas que su clientela sólo está formada por patrones y criados, débiles mentales y cadáveres, y que todo lo que está vivo vomita en su podrida cara su “Jesús”, su “Dios”, su “cielo”.

Cada vez que encontréis en la calle un servidor de la Mierda Barbuda de Nazaret, debéis insultarle con ese tono que no deja dudas sobre la calidad de vuestra repugnancia. Además, si vuestra boca no rebosa de insultos viendo una sotana, es que sois dignos de llevar una.

Pero insultar a los curas no tiene otro fin, aparte de la momentánea satisfacción moral que esto os produzca, que manteneros en el estado de espíritu que os permitirá, cuando seáis libres, abatir diariamente, como jugando, dos o tres toneladas de estos peligrosos malhechores.

Esperando ese día estos señores no deben vivir en paz en sus madrigueras. Alrededor de ellos, interesa mantener constantemente la atmósfera de odio situada a la medida de su abyección, haciéndoles prever (están deseando mártires) un terrorífico final.

Robar objetos sagrados, mancillar iglesias, son las acciones esenciales más aptas para crear esta atmósfera. Las iglesias son grandes, abiertas y ricamente adornadas de objetos cuya desaparición alertará a sus guardadores, tanto por su santidad como por su valor, pues los que dan por el culo en las sacristías saben perfectamente que cada vez que un objeto de culto cae entre nuestras manos, su destino es la profanación, mientras nos quede vida, y cuando se trata de hostias consagradas que gustosamente nos procuramos, la profanación nos interesa más. No se desdeñan, sin embargo, los crucifijos, que son empuñaduras perfectamente adaptadas a las cadenas de nuestros retretes; los copones para el papel higiénico, las reliquias en los lugares de más efecto decorativo. Los sacrilegios en los propios lugares de culto, proporcionan gran ventaja práctica dada la rareza de los retretes públicos y la desaparición de los urinarios. Ochenta y cinco iglesias y setenta templos de diversos cultos están a disposición de los parisienses, y si no fuera por los esfuerzos para evitar estos lugares, que personalmente siempre utilizo, hace tiempo ya que la humareda de incienso habría sido sustituida por la de la mierda.

Estos tres sacrilegios: insultar a los curas, mancillar los lugares sagrados, robar objetos de culto deben ser las tres principales acciones que acometa habitualmente un hombre probo cuando su actividad se inclina hacia la religión. Pero tiene a mano bastantes recursos para defenderse de los malhechores eclesiásticos, recursos variados que oscilan desde la broma de mal gusto al vil sacrilegio y que cada uno encontrará según sus aptitudes para la práctica del anticlericalismo.

Se puede, por ejemplo, como muchas veces se hizo en Notre Dame des Champs, llamar repetidamente por la noche a la campanilla para los Santos Sacramentos, hasta que el portero deja de atender y algunos creyentes, ante la desesperación de su familia, revientan sin recibir los Excrementos de la Iglesia.

En el Metro, a la hora de mayor afluencia, si os encontráis al lado de un cura no le ataquéis inmediatamente, pero al cabo de una o dos estaciones comenzad a gritar dándole un puñetazo en plena boca: “Viejo cerdo, acabarás alguna vez de sobarme”. La gente escucha y entonces declaráis: “Es la tercera vez en esta semana que me hace proposiciones un cura. Y pensar que todavía enviamos los niños al catecismo”. Así podéis insultar, e incluso apalear, a un cura sin ser linchado y a la vez dais ejemplo a algunas personas de la innoble hipocresía de los curas. Quizás esto pueda, en ciertas ocasiones, influir en los actos de estas personas contra ellos.

Está bien hecho todo lo que se haga contra los curas y sólo puede fallar la intención de perjudicarles. Que todos aquellos que carezcan de esta intención tengan su cara cubierta con nuestros escupitajos.

Jean Koppen (1929)

Traducción: Ángel Pariente

 

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