Reivindicación semántica

Lunes. Feriado nacional. En la televisión un aviso comercial me recuerda que el imperio puede ser extremadamente creativo y llegar a emocionarme. Su cinismo me resulta encantador. En mi casa hace frío. Mucho frío. Más de lo habitual. Una estufa tiro balanceado me resulta insuficiente. La vida se deshace en profecías magnéticas. Los segundos distorsionan mi patético romance con la comodidad. Los minutos atiborran rulemanes aceitosos. Todo suma. Todo resta. Todo sangra. ¿El infierno? Dante alquila. Dante ocupa. Dante pasa por allí, ve luz y entra. El infierno no conoce de escrituras. El infierno no es de Dante. Génesis autodidacta. Mártires de vacaciones.

Martes. Jornada laboral. Compañeros y compañeras atraviesan mis sentidos con notable indiferencia. Flemáticos, me miran sin ver. Miran lo que quiero que miren. Quieren creer que eso es todo. Quiero creer que soy todo: la pubertad de los chacales, la ingratitud de las abejas,   la inspiración de las orugas, la seducción de las jirafas, el porvenir de los batracios, la última copulación de los suicidas, el séptimo canto de Maldoror. Todo. Barro. Rocas. Otra vez. Aturdido.

Miércoles. Lentamente para de llover. Continuidad. Una mujer en el subte canta con cierta melancolía a cambio de unas cuantas monedas de cincuenta centavos. Un libro entre mis manos vale menos que su voz. Con naturalidad asumo que mi conclusión es un tanto demagógica. “¿Cuánto tardará el bendito sistema en señalarte como hormiga, rata o cenicero?”. Mi pregunta la sorprende. No lo suficiente. Sonríe. Asume su destino. En silencio, sigue cantando. El infierno no es de Dante.

Jueves. Dormir poco se hace costumbre. Insomnio. Sonambulismo. Trasnoche crónica. Vuelve a llover. La vanidad de los apóstrofes sicarios disecciona los matices innominados de mi apática vinculación con las tarántulas. La hostilidad climática no me condiciona. Tomo un paraguas y salgo a caminar en busca de relámpagos de humo. “¡Francotiradores edénicos, dispárenme!”. El agua transita en paralelo al cordón de la vereda. Junto a ese río minúsculo, mucha basura. Demasiada. Poca gente. Casi nadie. Cada tres o cuatro minutos algún auto interrumpe la postal. Bajo un toldo de chapa, descubro entre el torrente a un agente de la policía metropolitana. Su melodrama es patético. Me mira a los ojos y con ficticia cordialidad susurra un credo que ni él mismo profesa: “Buenas noches vecino”, parece decirme casi rezando.

Viernes. Dos perros callejeros se ladran, furibundos, en la esquina de Ceretti y Olazábal. Se olfatean con recelo. Tiran tarascones al aire y gruñen como sólo saben hacerlo las fieras en estado de trance salvaje. Desconozco el motivo de la riña pero evidentemente algo los enemista. Algo los exaspera. En busca de un poco de paz, me acerco a ellos con el deseo de finiquitar su conflicto. Pésima idea. Mi intromisión les molesta enormemente, los irrita, los ofende. Olvidan por un instante su disputa canina y se alían para mirarme desafiantes. Me muestran los dientes. Se preparan para atacarme. Siento miedo. Mucho miedo. “¿Has dicho ´cinismo´ maldito loro verde con apariencia humanoide?”. Diógenes me alimenta de carne podrida. Se burla de mí.  Un “delincuente”, acusado de matar a su sobrino, exhibe atolondrado al “hombre de Platón”, desplumando una gallina en algún sombrío pabellón en la cárcel bonaerense de Sierra Chica.

Maxi Postay (La sábana desnuda, Ediciones Aula 28)

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva. 

Fotografía original: Maxi Postay

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