Situacionismo

Rebeldes. Terroristas. Agitadores. Promotores del escándalo. Resignificadores urbanos.

“Una leyenda de libertad”.

Entre 1957 y 1972, en el marco de lo que ellos mismos denominaron “Internacional Situacionista” (I.S.), conformaron, quizás, el grupo más transgresor e intransigente de todo el siglo XX.

Su influencia aún pervive.

Difundieron sus ideas en la revista homónima.

Supieron oponerse tanto a ser catalogados como “ismo” como a la posibilidad de convertirse en “dogma”.

Jamás hubieran permitido ser asociados con las vanguardias de la época. Creían que “vanguardia” era un término sospechoso, ridículo, digitado por la burguesía, a la que siempre resultaba funcional.

Vanguardia, avant garde, estar delante (¿de quién? ¿dónde? ¿cuándo? ¿para qué?).

Vanguardia, formación militar. Mecanismo eficaz para asegurar/conquistar territorios, doblegar resistencias y garantizar que los que vengan detrás arrasen con todo. Vanguardia, dominación. Vanguardia, instrumento de poder.

Los situacionistas nunca trabajarían para el rey.

Tampoco para representar lo “innovador”, el último producto de un mundo que constantemente busca sustituir “insatisfacciones artificiales”.

Integrado mayormente por artistas e intelectuales, la I.S. buscaba transformar la “realidad” a través de la compulsiva “construcción de situaciones”.

Al inicio de su primer documento escrito, titulado Memorias, sintetizaron sus propósitos: “En primer lugar creemos que hay que cambiar el mundo”.

No perdían oportunidad para expresar su desprecio por el arte devenido religión y el artista sacralizado:

No podemos vivir sin belleza pero el arte ya es incapaz de proporcionarla. El arte es la mentira de que ya no estamos viviendo, y ése es el engaño, la falsa promesa de belleza, la compensación por la destrucción de la armonía y la verdad que evita que todos vivan. Como engaño, el arte debe suprimirse, y como promesa debe realizarse, y ésta es la clave de la revolución. El arte debe ser reemplazado, y nosotros, que hemos suprimido el arte en nuestro espacio y en nuestro tiempo, podemos hacer que suceda. La nueva belleza sólo puede Ser la belleza de la situación, es decir, provisional y vivida

Aún cuando contó con numerosos miembros, el único de ellos que permaneció durante toda la existencia de la I.S. fue Guy Debord. La historia lo describiría como filosofo, pensador y revolucionario. Él, sin embargo, prefería definirse como “estratega”.

El antecedente inmediato del movimiento es la Internacional Letrista (I.L.), organización que pasaría a la historia por el episodio conocido como “el escándalo de Notre Dame”.

En la misa de Pascuas de 1950, uno de sus integrantes, Michel Mourre, ingresó a la famosa catedral parisina disfrazado de cura. Aprovechó un momento de oración, se subió al altar y proclamó un sermón anunciando la muerte de dios.

Mourre fue apresado.

Años más tarde, habiendo soportado incluso un intento de internación psiquiátrica, se volvió un escritor eclesiástico a sueldo.

Al día siguiente de lo sucedido en Notre Dame, los letristas ni siquiera fueron defendidos por los medios y organizaciones de izquierda.

Nunca olvidemos que ciertos sectores de izquierda todavía proclaman, orgullosos, la estúpida teoría del “cristo revolucionario”.

El 13 de octubre de 1952, los letristas presentaron la experiencia cinematográfica “Aullidos en favor de Sade”, ideada y dirigida por Guy Debord.

Un grupo nada despreciable de parisinos se amucharon en el interior del cine de la Calle Latina de la Vanguardia de París. Minutos después de comenzar la función los espectadores pasaron de la confusión al enojo y  luego, al repudio.

La pantalla sólo mostraba un cuadrado blanco tras un cuadrado negro que se sucedían mutuamente, y lo abarcaban todo. Los momentos blancos -cuantitativamente inferiores- mezclaban frases a priori inconexas. Los momentos negros, mucho más extensos, reproducían vacío y sonido ambiente.

Con frecuencia Debord se reiría de las multitudes estupidizadas por las puestas en escena grandilocuentes. Más tarde las criticaría, con énfasis, en su libro más conocido: “La Sociedad del Espectáculo”.

Tuvieron una influencia inestimable sobre los acontecimientos de Mayo del 68, siendo también inspiración ineludible para el emergente punk.

En cuanto al primero, en 1966 escribieron un panfleto “anónimo”, junto a los estudiantes de la Universidad de Estrasburgo, que daría inicio a una serie de rebeliones académicas.

En 1968 colaboraron en la ocupación de La Sorbona.

El grupo propuso numerosas técnicas para lograr su objetivo, la construcción de situaciones, entre las que se pueden enunciar el détournement, la deriva y el juego.

Delincuentes intelectuales, reivindicaban el poder subversivo de la tergiversación.

“¿Cómo consigue el pueblo hacer historia partiendo de unas condiciones preestablecidas que procuran disuadirle de intervenir en ella? El pillaje es la respuesta natural a la sociedad de la abundancia. Nos vemos enfrentados a «la realidad de un capitalismo y una tecnología que deja al individuo sin poder, a menos que sea ladrón o terrorista”.

Invitaban a descontextualizar. Desviar. Deformar lo creado. Quitarles la voz a los voceros autorizados para burlarse de ellos. Desacralizar la obra. Traerlos por la fuerza desde su territorio, al propio y hacerles hablar a través de sus propias bocas.

Definieron a la deriva como un modo de comportamiento experimental ligado a las condiciones de la sociedad urbana, una técnica de paso ininterrumpido a través de ambientes diversos. También utilizaban el término para designar la duración de un ejercicio continuo de esta experiencia.

En su propuesta, la manipulación de los espacios y la psicogeografía ocupaban un lugar central.

Intentaron reinventar el territorio. Separarlo de su carga represiva, de su funcionalidad. Destruir. Reconstruir. Redescubrir. Permitirse el extravío. Perderse por caminos desconocidos. Proyectar futuras ciudades que controviertan las lógicas que fundaron las presentes.

Planearon la destrucción de museos y la toma de la UNESCO.

Asger Jorn ya escribía en Potlatch “Utilidad y función serán siempre el punto de partida para cualquier crítica formal; se trata simplemente de transformar el programa funcionalista. Los funcionalistas ignoran la función psicológica de los ambientes… La apariencia de los edificios y de los objetos que usamos y que forman nuestro entorno tienen una función que está separada de su uso práctico”.

Hicieron uso del juego, que en este caso no respondería a la concepción clásica, cuyo acento estaba puesto en la competencia, delimitando su separación de la vida. El juego situacionista, por el contrario, proponía la maximización de los momentos trascendentales.

Predicaban que con las nuevas tecnologías, se acercaba el momento propicio para aumentar el “tiempo libre” y convertirlo en “tiempo de calidad”.

Propugnaban la abolición del trabajo y la educación oficial.

La revolución pretendida, era, también, la revolución de la vida cotidiana.

Belén Maletti

LTF. Abolicionismo de la cultura represiva.

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